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045 Ritos de transición, ritos de crisis: perspectivas para la movilidad poblacional en las sociedades mayas clásicas. M. Charlotte Arnauld, Mélanie Forné, Erick Ponciano, Eva Lemonnier, Mauricio Díaz, Gabriella Luna, Adriana Segura y Julien Sion – Simposio 26, 2012

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045 Ritos de transición, ritos de crisis: perspectivas para la movilidad poblacional en las sociedades mayas clásicas.

Charlotte Arnauld, Mélanie Forné, Erick Ponciano, Eva Lemonnier, Mauricio Díaz, Gabriella Luna, Adriana Segura y Julien Sion

 

XXVI Simposio de Investigaciones
Arqueológicas en Guatemala
Museo Nacional de Arqueología y Etnología
16 al 20 de julio de 2012
Editores
Bárbara Arroyo
Luis Méndez Salinas

 

Referencia:

Arnauld, M.-Charlotte; Mélanie Forné, Erick Ponciano, Eva Lemonnier, Mauricio Díaz, Gabriella Luna, Adriana Segura y Julien Sion
2013 Ritos de transición, ritos de crisis: perspectivas para la movilidad poblacional en las sociedades mayas clásicas. En XXVI Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 2012 (editado por B. Arroyo y L. Méndez Salinas), pp. 539-552. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala.

 

Ritos de transición, ritos de crisis: perspectivas para la movilidad poblacional en las sociedades mayas clásicas
M.-Charlotte Arnauld
Mélanie Forné
Erick Ponciano
Eva Lemonnier
Mauricio Díaz
Gabriella Luna
Adriana Segura
Julien Sion
Palabras clave
Petén noroccidental, La Joyanca, movilidad poblacional, ritos, Clásico.

Abstract
This presentation starts from a specific trait largely documented in Maya sites of the Highlands and the Lowlands as well: ceramic vessels, or simple concentrations of sherds or various objects, put together in caches within construction fills, or deposits above floors, also in other contexts like caves. The quantity of objects can be large or limited, those deposits can be composed of whole vessels or scattered sherds and objects, but the shared parameter is that they are usually found in spaces well-defined by those who executed the rite. In turn, the archaeologist observes sealed contexts in fills, or below ruins. By means of several examples of deposits excavated in several recently developed projects, the study scrutinizes some features of these deposits to interpret them along their time dimension. Furthermore, we suggest that they also have a spatial dimension related to the action of building and abandoning one’s house. The hypothesis is that identifying those deposits would contribute to evaluate the mobility of commoners population in Classic Maya societies. In this perspective we present some preliminary results of the La Joyanca-Tuspan B Project 2012 fieldwork season.

 

Depósitos rituales de cerámica, encontrados generalmente debajo de rellenos de construcción, o encima de pisos sin cubrir, han sido objeto de mucha atención recientemente (entre otros, Baudez 1999; Farr et al. 2008; Farr y Arroyave 2007; Fogelin 2007; Kunen et al. 2002; Lucero 2003; Michelet 2010; Ponciano y Pinto 2007; Stanton et al. 2008 ; Walker and Lucero 2000). Categorizarlos es difícil, llevando al arqueólogo a cierta confusión entre conceptos y sobre la intención expresada por el escondite, depósito problemático, sepultura, sepultura de persona sacrificada, etc. (Becker 1992). Nos escapa buena parte de las intenciones de tantos depósitos distintos, que probablemente participan de una misma concepción Maya del universo a la cual, como arqueólogos del siglo 21, nos cuesta acceder.

Esta presentación se enfocará en prioridad en los depósitos de fundación y los de terminación, o de clausura. Hubo en el área Maya (como en Mesoamérica) dos tipos de depósitos resultando de rituales, los primeros hechos debajo de pisos o sea en contextos recubiertos, y los segundos sobre pisos sin cubrir (Stanton et al. 2008). Los extraordinarios escondites olmecas de La Venta serían ejemplos de los primeros. Un contexto ejemplar del ritual de terminación pudo apreciarse recientemente en Waká (Farr y Arroyave 2007; Farr et al. 2008). El caso de la Cueva C48 de La Lagunita (Quiché) podría ser considerado como intermedio, siendo a la vez de clausura y fundación (véase Ichon y Arnauld 1985 : 65). Aquí se trata de enfocar el presente estudio en depósitos más limitados, específicos de contextos residenciales, y asimismo limitarse a ciertos aspectos de sus contenidos materiales, o más bien dicho, de los restos conservados (objetos, fragmentos) que las prácticas rituales dejaron in situ.

En la interpretación de dichos rituales, incide en cierto grado la influencia de lo que los epigrafistas entienden en cuanto a ceremonias de “dedicación” y terminación de edificios, identificados en base a inscripciones glíficas refiriéndose a ciclos calendáricos asociados (McAnany y Planck 2000; Stuart 1998). Sin embargo, la relación entre “dedicación” y “consagración” por un lado, y por el otro “fundación/abandono”, queda todavía por esclarecer: e.g., la consagración de una casa de dioses no debería responder a los mismos ritos que la fundación de una casa de humanos (véase al tanto Pugh 2003: 548). En cuanto a la perspectiva de ciclos temporales, es difícil afirmar que ritos en contextos residenciales estén vinculados con periodos calendáricos. Lo que marcaban los depósitos especiales de fundación como de clausura se puede considerar de modo más general como rupturas en el tiempo compartido a varias escalas sociales. Tales rupturas requerían de ritos de continuidad, que aseguren de alguna manera una transición entre dos ciclos temporales.

Juntar (o romper) y depositar cerámica
Sería imposible proponer un listado de los ejemplos arqueológicos conocidos de depósitos de fundación y de clausura en sitios de Tierras Bajas como de Tierras Altas en esta presentación (véase Lucero 2003 para un listado parcial). Se quiere llamar la atención sobre dos tipos de depósitos en contextos de residencias, que consisten, los unos en objetos, o fragmentos de objetos, depositados con precaución en el relleno constructivo de un edificio (Kunen et al. 2002), los otros en objetos depositados o rotos intencionalmente encima de pisos de ocupación en el interior de casas o en la entrada. En ningún caso estos depósitos se confunden con “ofrendas masivas” (el caso de C48 de La Lagunita y de otros del Preclásico-Clásico Temprano en tierras altas y costa pacífica), con basureros primarios o con amplias concentraciones de material esparcido que representa destrucción ritual o guerrera (Stanton et al. 2008).

Son más bien delimitados, circunscritos en el espacio, adentro de un recipiente cerámico con tapadera, en una depresión, bajo lajas, sellados por rellenos y pisos, en un nicho del cuarto, en su entrada. No responden a ninguna funcionalidad doméstica o de otro tipo. Resultaron de gestos rituales cumplidos en momentos de ruptura, renovación completa de edificios, reconstrucción, o abandono.

Existe probablemente cierta continuidad simbólica e ideológica entre los grandes depósitos con clara estructura cosmogónica (Baudez 1999, 2002; Calligeris 1999; López Luján 1998) y los pequeños depósitos, pero conviene distinguirlos cuando se trata de analizarlos y entenderlos en relación con la finalidad pública o privada del edificio que los recibió. Lucero (2003) y otros insisten en la continuidad que exista entre ritos de depósito en todos los estratos sociales desde el campesino hasta el rey, pero, si bien hay aspectos compartidos, contextos y funciones eran distintos.

Enfocándose en los restos que los ritos de fundación y de terminación dejaron en casas, conviene observar que en muchos casos, los que realizaron el ritual hicieron el gesto de juntar varios elementos, sea de cerámica (vasijas enteras borde a borde, o tiestos), de lítica u otro material, para depositarlos juntos en un pequeño espacio bien circunscrito. O bien, ciertos ritos de clausura consistían en la práctica exactamente inversa: lanzar la vasija al piso en lugar de depositarla debajo del piso, y romperla en partes en lugar de juntar partes, confirmando de alguna manera el significado fuerte de la división de un todo en sus elementos. Pareciera que se escogía materiales que precisamente proporcionan — por su producción o por su consumo y uso a través del tiempo— una gran cantidad de pedazos, siendo el caso más ejemplar el de los recipientes cerámicos. En analogía a la acción de “ligadura de los años” entre los aztecas (o “atadura”, xiuhmolpilli, en el ciclo de 52 años), la recolección de dichos pedazos sería metafórica de la vida cotidiana que estos materiales comunes representan, El depósito de conjuntos de subelementos quizás dibujaba cosmogonías del tiempo cotidiano y del espacio compartido. El acto de juntar y depositar —o su inversión— pareciera ser el mismo en fundación o terminación (véase Michelet 2010: 160): en ambos casos se trata de cerrar y simultáneamente abrir el tiempo, evitando de alguna manera la ruptura (Baudez 2002: 323-330).El depósito recubierto por una construcción posterior puede tener el doble significado de terminación y de fundación (Kunen et al. 2002: 198): el hecho de clausurar el uso de un edificio abre una nueva vida concretizada en la construcción de un nuevo edificio, en el marco de la simbología general de muerte-renacimiento. En La Joyanca, la Estructura 6E12sub, «casa sagrada» (Valdés 2001: 142) construida hacia 600 en un lado de la plaza principal, dio un escondite de fundación colocado en el eje pequeño al pie de la plataforma, debajo del piso 2 exterior justo al final de la construcción del edificio (Elemento 579, Arnauld et al. 2004: 30): consiste en dos cuencos grandes (Grupo Aguila Naranja) colocados borde sobre borde, conteniendo algunos huesos de animales muy pequeños.

En cambio el depósito de terminación fue hecho adentro de una pequeña depresión en el piso interior, también en el eje pequeño (Elemento 585): contenía más de 1400 fragmentos de huesos animales, incluyendo 31 grupos taxonómicos que representan 19 especies, la vasta mayoría de vertebrados. Todos los animales son arbóreos (especialmente voladores) o acuáticos (Arnauld et al. 2004: 101-102; Emery y Thornton 2008). Entre los dos depósitos se extienden dos capas de tiestos con carbón, una debajo del piso interior (Elemento 512) y otra sobre el piso interior (Elemento 574-575, Arnauld et al. 2004: 99-102).

6E12sub fue rellenada y enterrada debajo de la pirámide 6E12, de tal modo que su clausura permitió la incipiente construcción de otro edificio encima: en el momento del ritual se confundieron tiempo y espacio, entre muerte simbólica de un edificio y renacimiento en la pirámide y su templo. Este ritual, realizado en un edificio de carácter semi-público, bien pudo revestir una dimensión comunitaria, marcando una etapa importante en la vida pública de La Joyanca.

El gesto de juntar las partes simbólicas del pasado en espacios bien definidos (recipientes, depresión, capas circunscritas), abría el tiempo y el espacio, es decir un nuevo ciclo en la vida colectiva en un nuevo edificio. La complejidad (en posición y contenido) de los cuatro depósitos de 6E12sub merecería un estudio profundizado (Emery y Arnauld en preparación). Cabe añadir que otra estructura, 6E1, residencia situada en el lado norte de la plaza principal, recibió un depósito de terminación hecho en un nicho —quizás post-abandono— de cuatro cajetes y varias figurinas antropomorfas, que más bien evoca los escondites postclásicos de Santa Rita (véase Baudez 2002: 407-411).

Algunos ejemplos adicionales sugieren que, tanto en los depósitos de fundación como en los de clausura, el gesto fundamental involucrado es el de juntar partes en un espacio bien circunscrito (o su inversión), lo cual es a menudo un simple recipiente de cerámica con tapadera cuyo contenido no siempre se ha preservado. En Balamkú sobre la bóveda caída de una residencia elitista encontramos el depósito de dos vasijas Aguila Naranja, aparente réplica del escondite de fundación de La Joyanca, aunque este claramente en posición de significar la clausura (Arnauld et al. 1998).
En Río Bec, varias concentraciones bien definidas de útiles de pedernal u obsidiana se hallaron sobre el piso, sin cubrir, delante de la entrada, correspondiendo estratigráficamente al abandono de la casa en cada caso (Michelet et al. 2010: 163-164, quien señala huellas de fuego sobre pisos interiores, véase Stuart 1998). En Naachtun, otro ejemplo de depósito de abandono consiste en el hallazgo al pie de la escalinata del edificio 6O4 sobre el piso, sin cubrir, de una pequeña olla miniatura llena de centenares de cuentas de concha Spondylus roja (Nondédéo y Morales-Aguilar 2012: 307); también en la residencia 6O8 cabe señalar una depresión observada en el piso interior llena de deshechos de ocupación, tiestos y huesos (Julien Sion, comm. pers. 2012).

Muchos aspectos de los restos que dejaron los ritos de fundación y terminación merecen el estudio. Aquí nos corresponde enfocar sólo aspectos poco señalados, los que se vinculan directamente con el traslado hacia una vivienda que se construye (fundación), o desde una casa que se abandona (clausura). Dos aspectos en particular nos parecen pertinentes: el aparente contenido de “basura doméstica” (tiestos con carbón, vasijas incompletas, huesos animales…) y la visibilidad de los restos sobre el piso después del abandono.

Identificar la “basura” en contextos de depósitos rituales y entender su uso en tales contextos no son cosas fáciles para el arqueólogo (véase “Garbage of the Gods?” Stanton et al. 2008; Kunen et al. 2002). El descarte de materiales que dejaron de ser usados en contextos rituales por un lado, o de construcción por el otro, es una práctica bien conocida. El mejor ejemplo lo dan las capas de desechos de talla de pedernal y obsidiana halladas encima de tumbas elitistas o reales en Tikal (Moholy-Nagy 1997). El hecho de juntar desechos de talla en contextos tan específicos corresponde a un comportamiento ritualizado (Baudez 2002: 234-235), aun cuando tiene también el fin oportunista de descartar materiales que estorban el espacio de vida en contextos urbanos. El caso de la cerámica sería análogo.

En Río Bec han sido identificadas concentraciones de tiestos del Preclásico o Clásico Temprano dentro de rellenos constructivos de varias viviendas elitistas del Clásico Tardío-Terminal (Arnauld en prensa b). La estratificación y la gran diferencia cronocerámica entre estas concentraciones y el resto de la cerámica de relleno llevaron a interpretar su presencia como el resultado de “canastas” vertidas directamente dentro del relleno, conteniendo tiestos recuperados en los alrededores de viviendas abandonadas. Más allá del requerimiento técnico de descarte de basura, el hecho de juntar “basura” cerámica (u otra) dentro de un relleno constructivo podría marcar un comportamiento consciente de recoger algo del pasado para integrarlo en la construcción del futuro, en un gesto simbólico de cerrar un ciclo y abrir el siguiente.

Viene a la mente el ejemplo etnográfico de las conocidas ceremonias del Wajshakib’ B’atz, en Momostenango (Quiché), y al tanto, un comentario de Christenson (sobre una mención en el Popol Vuh de cerámica rota): “Al final de cada año ritual, recipientes de barro quebrados se dejan en el altar, simbolizando el paso de un ciclo al otro. Recipientes y herramientas nuevos representan el nuevo inicio y la oportunidad de un nuevo comienzo en la vida”. (Cita traducida del inglés; Christenson 2003: 176, nota 433). Ritos de limpieza de la casa al final del año han sido descritos por Sahagún en México (véase Baudez 2002: 386). También, aunque impregnada de elementos católicos, ¿qué decir de la tradicional Quema del Diablo de fin de año en Guatemala? Este ritual particular comprende la misma idea de juntar lo que podemos considerar como basura doméstica, para quemarla e iniciar un nuevo ciclo calendárico.

Depósitos de terminación o clausura dan lugar a interpretaciones más contrastadas. No todos consisten en cerámica rota esparcida sobre pisos; tampoco todos corresponden a “escondites” (Kunen et al. 2002: 198). Las dimensiones de destrucción y de invisibilidad no son tan obvias en muchos casos. Como lo señalan Stanton y colegas, si los objetos fueron escondidos, quizás sus dueños tenían la intención de volver a sus casas abandonadas para recuperarlos.

Michelet considera lo mismo en cuanto al depósito de la olla con cuentas talladas de Spondylus en Naachtun (véase arriba), aunque éste quedó encima del piso exterior, pero poco visible (comm. pers. 2012). Si en su mayoría los depósitos eran visibles hasta la ruina completa de la casa, quizás tuvieron la función mágica de protegerla: de hecho, ciertos depósitos de obsidiana o pedernal podrían intimar a quien pase cerca de la casa abandonada el orden de no acercarse.

Recipientes cerámicos destruidos in situ, visibles, significan ante todo que terminaron su tiempo (vida) de uso y que nadie deba usarlos de nuevo. En todo caso dichos ritos de abandono o terminación, lejos de ser gestos de destrucción y muerte, cierran el espacio del lugar familiar de vida, y el tiempo de la vida del grupo social implicado, en la perspectiva de otros espacio/tiempo. Es razonable considerar que dichos rituales expresan, quizás en base a pronósticos que se referían a ciclos calendáricos, una decisión de traslado calculada y un abandono de casa planificado.

Así que las prácticas rituales de cerrar un ciclo viejo para abrir uno nuevo marcarían momentos importantes en la vida comunitaria, ya sea a escala pública o privada. Limitándose a contextos privados, el estudio de esta ritualidad específica podría contribuir de manera útil a la investigación de la movilidad poblacional en las sociedades Mayas del Clásico, en particular del Clásico Terminal.

Rituales y crisis: perspectivas desde La Joyanca
En vista de las consideraciones anteriores, al identificar los depósitos rituales mencionados en esta presentación, el arqueólogo debería de poder cuantificar traslados, momentos en que se cierran y vuelven a abrirse los ciclos de la vida colectiva o privada. La crisis del siglo IX en las tierras bajas presenta los aspectos siguientes: 1) ruptura en la historia política de la mayoría de las ciudades Mayas, con la caída de los reyes divinos; 2) despoblamiento más o menos gradual o rápido de las mismas ciudades, en cierta medida lo que se puede considerar como desurbanización ya que la mayor parte de la población se trasladó a áreas rurales a distancia de lo que fuera antaño las ciudades reales. Pensando los dos aspectos juntos, ruptura política y abandono de sus casas por la población, podríamos anticipar descubrimientos de grandes depósitos rituales de cerámica de clausura en los epicentros políticos de las ciudades, así como múltiples depósitos pequeños en las casas abandonadas. Aunque tal doble propuesta predictiva es teórica, vale la pena examinarla.

Grandes depósitos rituales públicos parecen escasos para el Clásico Terminal en las ciudades Mayas de tierras bajas en crisis (Stanton et al. 2008). Que sepamos, no se ha encontrado nada similar, de lejos o de cerca a lo que se halló en Takalik Abaj, La Lagunita, Lagartero (Schieber 2002; Ichon y Arnauld 1985) y otros lugares de la Costa y del Altiplano para épocas anteriores (véase Arnauld 2003). Posiblemente habría un consenso entre investigadores para considerar que semejantes depósitos no se encuentran por una sencilla razón: la falta de autoridad política religiosa y moral en las ciudades Mayas del Clásico Terminal para ejecutarlos, ya que la crísis en si precisamente tiene como principal síntoma la caída de las autoridades políticas. Aun así, queda abierta la interrogante en cuanto a grandes ritos públicos organizados como los hubo anteriormente (Arnauld et al. en prensa a).

En cambio, depósitos privados en viviendas de las mismas ciudades se encuentran, como por ejemplo en Balamkú, Naachtun, Río Bec aquí mencionados (véase arriba), lo mismo que en La Joyanca. Los ejemplos de este último sitio dejaban esperar que, al sondear una muestra de residencias en 2012, se iba a colectar una serie de depósitos que ayudaría a caracterizar intenciones y finalidades.

Nuestro proyecto La Joyanca-Tuspan B (Fig.1) enfrenta la problemática de la crisis del final del Clásico por el aspecto de la movilidad de la población urbana. Como lo ha señalado hace algunos años Takeshi Inomata (2004), la población Maya siempre tuvo el recurso de la movilidad en momentos difíciles. Ninguna autoridad política, social o económica, ni aún ideológica o religiosa tenia la fuerza legítima de impedir la salida de campesinos afuera de las ciudades. Dicho de otra manera, el sistema sociopolítico Maya siempre estuvo bajo la amenaza de la movilidad campesina, tanto más efectiva cuando los Mayas tenían la costumbre milenaria de cultivar “milpas” a distancia de la casa (abiertas por roza y quema), además de la parcela circundante a su casa, haciendo que siempre mantuvieron varios lugares de vida (Brown 2002).

Considerando la tendencia general a la dispersión de las unidades habitacionales (Drennan 1988; Feinman y Nicholas 2012), vale decir que la urbanización —o nucleación poblacional— fue un fenómeno limitado al Clásico Tardío en la mayoría de las regiones de tierras bajas. Dicho fenómeno, y su corolario de desurbanización final, es lo que define la problemática que trabajamos en el proyecto La Joyanca-Tuspan B durante la temporada 2012. Detectar una movilidad poblacional por medio de herramientas arqueológicos es un reto serio: esta temporada fue ante todo un experimento.

En base al resultados del primer proyecto (PNO-La Joyanca, 1999-2003), la pequeña ciudad (Fig.2) alcanzó una población estimada de 1500 habitantes concentrada sobre 160 hectáreas, aproximadamente en 800 DC, entre Clásico Tardío (fase Abril 2, 750-850) y Clásico Terminal (fase Tuspan 1, 850-950; Forné 2006, Lemonnier 2009; Arnauld et al. 2004). La densidad de La Joyanca es una de las más elevadas del Petén (Lemonnier 2009, 2011, 2012). Luego la ciudad se despobló gradualmente entre 850 y 1050, y cierta población dispersa siguió ocupando el sector, de acuerdo a la señal palinologica y sedimentaria de presencia humana que recobraron los paleo-ambientalistas, Didier Galop, Boris Vannière y Jean Paul Métailié, a partir de sus análisis multiproxy de dos núcleos sacados de la Laguna Tuspan (núcleos A en 2000, y B en 2005), la cual dista solo 5 km del sitio arqueológico (Fig.3). Esta proximidad le da a La Joyanca y su sector inmediato una relevancia excepcional para estudios demográficos, en especial de movilidad poblacional, ya que disponemos de dos acercamientos paralelos independientes, el paleoambiental y el arqueológico.

En 2004 el primero, por medio del núcleo Tuspan A, confirmado luego por el núcleo Tuspan B, arrojó un resultado sorprendente (Galop et al. 2004; Arnauld et al. en prensa a): el sector de la laguna, es decir el área rural que se extiende al sur de la pequeña ciudad, dejó de ser cultivada con cierto grado de intensidad tres a cuatro siglos antes de la crisis final del siglo IX, bien marcada en el registro ambiental. Muy temprano, es decir ya en 500-550, el pólen de maíz desaparece, así como la señal local de erosión de tierras, mientras que el área se reforesta localmente cerca de la laguna. Mientras que, según la misma secuencia ambiental Tuspan A-B, a nivel regional dichas señales continúan hasta la crisis final del siglo IX, la cual resulta ser bien documentada en Tuspan A y B, con una reforestación masiva correspondiendo al despoblamiento progresivo de la pequeña ciudad. A la fecha no se ha detectado en los análisis ningún artefacto metodológico que explique la fecha tan temprana del cese de la agricultura cerca de la laguna.

Buscando una interpretación más bien histórico-cultural, advertimos que el siglo VI corresponde al inicio del auge de la construcción mamposteada en La Joyanca, especialmente en los conjuntos monumentales Guacamaya, Tepescuintle y Venado (Forné 2006). Por lo tanto, nuestra hipótesis es que hubo una migración de la población rural hacia La Joyanca en el siglo IV durante la fase Abril 1 para iniciar y sostener un ritmo acelerado de construcción mamposteada en La Joyanca (en base a modelos de Abrams, 1994, 1998). Dicha migración, o éxodo rural hacia la ciudad en formación, habría sido determinada por las élites de La Joyanca, o sea grupos sociales instalados ahí desde varios siglos, en competencia y rivalidad entre ellos, deseosos de construir residencias prestigiosas en la cercanía del conjunto real de Guacamaya, donde existía un complejo altar-estela-sepultura desde al menos 485 DC (lectura de la fecha inscrita en la Estela 1 por David Stuart).

Los diez conjuntos monumentales de La Joyanca imitan fielmente el gran conjunto Guacamaya de dicho grupo social, que supo aparentemente instaurar una dinastía local y construir la plaza pública de la ciudad entre 600 y 750, una obra en parte pública que también exigió mano de obra. Los once complejos elitistas de La Joyanca, de acuerdo con los análisis de Eva Lemonnier que tuvimos el honor de presentar aquí en varias ocasiones (Lemonnier y Arnauld 2008), se volvieron los focos de tantos “barrios”, o sub-comunidades internas a la sociedad local de La Joyanca, compartiendo los edificios públicos de la plaza principal, bajo la autoridad de la dinastía de Guacamaya, que la verdad parece haber tenido un glifo emblema más bien relacionado con otra ave, el hoco faisán (Arnauld et al. 2004: 48).

La hipótesis es, por consiguiente, que los barrios de la pequeña ciudad se formaron por una migración desde el sector rural durante el siglo VI, explicando la señal de cese de agricultura en la cercanía inmediata de la laguna. El primer proyecto consiguió fechas para la construcción y la ocupación de los conjuntos monumentales, pero no lo había intentado para los componentes de jerarquía social baja de la ciudad (excepto el Grupo Gavilán, Lemonnier 2009), dejando abierta la cuestión del momento de urbanización, con opciones alternativas para un patrón general: que dichos componentes en cada barrio hayan sido ocupados antes que los conjuntos monumentales, o más bien sincrónicamente con su construcción, o después. Aplicamos una metodología eficiente y rápida de sondeos para fechamiento, realizando de modo simultáneo en el laboratorio del campamento el análisis modal y tipológico del material cerámico obtenido.

Se excavaron uno a dos sondeos en cada unidad habitacional de tipos III y IV de La Joyanca (Lemonnier 2009, Lemonnier y Arnauld 2008) en base a un muestreo hecho por Eva Lemonnier que alcanza entre el 55 al 60 % de las unidades para cada barrio. En total se excavaron 63 sondeos en el ámbito de 46 patios domésticos de bajos rangos, en 62 estructuras, entre las cuales cinco fueron identificadas como abovedadas. Además se hizo un levantamiento de superficie en las orillas y cercanías «habitables» de la laguna Tuspan, esperando averiguar la hipótesis de su abandono en la fase Abril y su ocupación más bien en la fase La Flor del Clásico Temprano. Los resultados son preliminares (la temporada finalizó el 15 de julio), pero adelantamos dos observaciones relevantes en el marco de esta presentación.

En primer lugar, de considerar que La Joyanca conoció dos momentos fuertes en sus movimientos poblacionales, el primero con la llegada de gentes provenientes ante todo de la meseta sur (por razones geográficas) para trasladarse a vivir en la ciudad en crecimiento (hacia el 550 DC), y el segundo momento siendo el abandono generalizado del final del Clásico Terminal, se esperaba hallar numerosos restos de rituales de fundación y de terminación, marcando el paso de estos dos momentos clave en la historia de la ciudad. Sin embargo, al juntar la información del primer proyecto con los resultados de la temporada 2012, cabe señalar la escasez de dichos rituales en la totalidad del sitio. Los rituales de fundación/terminación encontrados en el pasado han sido circunscritos exclusivamente a edificios de la plaza principal (6E12sub y 6E-1), así como del Patio Noreste del palacio Guacamaya. Es importante indicar aquí que la metodología de sondeos de 2 m por 2 m implementada en 2012 ha sido diseñada para fechar la construcción y la última ocupación de los patios de rango bajo muestreados, y no para buscar ofrendas (a menudo colocadas en ejes y esquinas, véase Lucero 2003: 531-532). Pero la densidad de árboles grandes hizo que la posición de los sondeos resulta aleatoria. Parece significativo que, de un total de 62 estructuras sondeadas, solo en un caso fue encontrado un posible depósito de dos cuencos preclásicos invertidos en el relleno de una de las cinco estructuras abovedadas sondeadas, fechada del Clásico Terminal (Estr. 5E63, anótese el enorme desfase cronológico).

Este dato esboza un modelo en el cual las unidades habitacionales modestas no solían marcar el tiempo con rituales de fundación/ terminación que dejen los restos arriba descritos. De hecho, las excavaciones intensivas realizadas por Eva Lemonnier en el Grupo Gavilán (Lemonnier 2009) pusieron de manifiesto la misma ausencia. En comparación, el programa de 51 sondeos realizado este año en unidades habitacionales elitistas de Naachtun reveló la existencia de al menos cinco depósitos de fundación y cuatro depósitos de terminación (Julien Sion, com. pers. 2012), indicando la intención de habitantes de rango social alto de marcar el cambio de ciclos de vida en su ámbito residencial. En conclusión, es probable que los habitantes de nivel social modesto no ejecutaron tales ritos, o lo hicieron con materiales perecederos invisibles para el arqueólogo (véase ejemplos etnográficos en Gonlin 2007: 98-99).

En segundo lugar, en base a los resultados de la temporada 2012 del Proyecto La Joyanca-Tuspan B, se confirma que el auge constructivo entre las unidades habitacionales de tipo III y IV (de bajo rango social) tuvo lugar a partir de Abril (Clásico Tardío), y muy probablemente a partir de la faceta Abril 1, es decir entre 600 y 750 DC, en sincronía con la construcción de las residencias monumentales. La hipótesis que la mayoría de la población de bajos rangos sociales se hubiera movido hacia la pequeña ciudad por estas fechas podría sostenerse, aunque se debe de matizar al considerar la presencia en varios casos de cerámica temprana en rellenos constructivos fechados para Abril. Dichos residuos, a veces abundantes, de ocupaciones más tempranas dentro de las construcciones del Clásico Tardío, no están asociados localmente a ninguna construcción del Preclásico-Clásico Temprano (la ocupación anterior a la fase Abril no resulta más amplia que la definida por el primer proyecto, es decir escasa y concentrada en el sector sur-suroeste). En el caso de rellenos puramente Abril, la interpretación es que quienes construyeron estas casas eran migrantes que se trasladaron a La Joyanca en estas fechas. En el caso de abundantes residuos de fechas anteriores (de los complejos Tambo o La Flor) en rellenos fechados de Abril, la interpretación es que una ocupación anterior existió en los alrededores de la casa sondeada, indicando cierta continuidad espacial y temporal en la ocupación, continuidad marcada por la práctica de incluir materiales anteriores en rellenos constructivos. No se considera posible que migrantes hayan traído restos de ocupación desde sus anteriores casas sobre distancias superiores a algunas decenas de metros.

Los resultados en cuanto a la historia de la urbanización de La Joyanca quedan por ser analizados en profundidad, y cuantificados. Al día de hoy, podemos confirmar para la fase Abril (600-750 DC) un auge en la construcción de edificios de todos rangos, funciones y ordenes. Que dicho auge haya resultado más de un “éxodo rural” que de un proceso general de mejoramiento de las viviendas (i.e., en parte o enteramente mamposteadas) por una población local en (¿fuerte?) crecimiento demógrafico “natural” (véase Bocquet-Appel 2011), es una conclusión que no podemos alcanzar todavía.

Discusión
Es aquí donde puede incidir la problemática de los depósitos rituales de cerámica que marcarían el paso del tiempo, cerrando periodos y abriendo otros, no tanto ciclos calendáricos compartidos por toda la sociedad, sino más bien momentos de movilidad residencial para un grupo social. La consideración metodológica habitual que los arqueólogos suelen encontrar, en un relleno de construcción, no sólo cerámica contemporánea de dicha construcción, sino que también cerámica más temprana, se debe de revisar en la perspectiva ideológica de lo que era el « juntar y depositar » tiestos de cerámica como expresión de clausura/apertura del tiempo/espacio co-residencial del grupo social implicado; sin por eso descartar la convencional advertencia que mezclar cerámica temprana y contemporánea en rellenos de nuevas construcciones haya sido una sencilla modalidad técnica de limpieza local. Los rellenos no sólo contienen cerámica temprana, sino que mucho deshechos de producción y uso de herramienta de pedernal. Pedernal o cerámica, obsidiana o concha en ciertos sitios, todos son materiales que se dividen en millares de pedacitos, al igual que los momentos de la vida cotidiana, que luego se van recogiendo, juntando y depositando para significar la clausura de un periodo y la apertura de otro. De alguna manera lo ideológico y lo técnico van convergiendo.

De ahí que consideramos la proporción de cerámica La Flor del Clásico Temprano en los rellenos sondeados en La Joyanca como tan relevante y significativa para los procesos de urbanización y migración (movilidad de población) que la presencia de tiestos Abril en dichos rellenos. La población inmigrada a La Joyanca no disponía de materiales anteriores a su llegada. Este principio arqueológico merece ser comprobado en todas sus implicaciones. En el caso de nuestra investigación de La Joyanca, queda por ver de que manera podemos evaluar cuantitativamente la proporción de materiales La Flor en contextos residenciales.

La problemática de los depósitos especiales de cerámica incide también de otra manera en nuestra investigación. De modo algo sorprendente, en los 63 sondeos realizados durante esta temporada no encontramos más que un depósito de tal naturaleza. Dicha ausencia de depósitos especiales en viviendas que en mayoría fueron fundadas y abandonadas probablemente en un lapso de cinco siglos, nos sorprendió. El factor que merece atención es que todos los depósitos de fundación/clausura encontrados por el primer proyecto lo fueron en edificios abovedados públicos y privados de la plaza principal o de conjuntos monumentales, mientras que el proyecto La Joyanca-Tuspan B solo ha trabajado estructuras de unidades de bajo rango jerárquico, con bases de muros de piedra pero sin bóveda, salvo contados casos, entre los que precisamente se hallo el depósito único. Sea como fuera, los problemas taxonómicos y metodológicos quedan por investigar. Con prudencia y reserva, se propone lo siguiente: que los rituales de depósito formal de materiales « recogidos » para significar clausura y apertura simbólica de periodos de tiempo se asocian más a arquitectura formal mamposteada que a simples viviendas construidas con materiales perecederos (a contrario de Gonlin, 2007: 95-97, y Robin, 2003: 322, quienes, sin embargo, no contrastan parámetros de construcción, sino estatutos sociales).

La lógica de dicha propuesta es que la construcción de viviendas mamposteadas representa una instalación fija de la población para un buen periodo de tiempo, al menos más de tres o cuatro generaciones, mientras que una vivienda de materiales perecederos se reconstruye cada generación en el mismo lugar, o en otro lugar. La construcción mamposteada corresponde a una verdadera sedentarización, que va a la par con varios procesos bien conocidos del Clásico Tardío en las tierras bajas Mayas: nucleación de asentamientos, congregación alrededor de palacios dinásticos y de la nobleza, fenómenos de cortes reales, urbanización, economía de plazas de mercado…etc. (Inomata 2004, Smith 2011).

Tantos procesos que limitaban la movilidad poblacional, de tal modo que la mayoría de los campesinos “urbanos” se volvían dependientes subordinados a casas nobles cerca de las cuales tenían que vivir, lo mismo que los nobles tenían que morar cerca del palacio del rey. Ritos formales de apertura/clausura de tiempo/espacio serían lógicamente asociados con dicha urbanización (Chase y Chase, 1998: 327), más que con la arquitectura vernácula adaptada a la movilidad de milperos, aún si ritos que dejen menos huellas arqueológicas sin duda podían darse en este otro contexto también.

En breve, la propuesta que, en contextos residenciales, depósitos de cerámica (obsidiana, pedernal o concha) figuraban una transición espacio-temporal en momentos de ruptura, se debe de tomar en consideración en la perspectiva más general de la movilidad poblacional en asentamientos en urbanización y en des-urbanización. Fundar y construir su vivienda invirtiendo recursos en la arquitectura doméstica era sin duda el gesto más significativo de la vida campesina. Hanks ha notado a que grado se concentra la ambición de los campesinos yucatecos (en Oxkutzcab, 1990) en mejorar su vivienda. Marcar rupturas y periodos temporales en el espacio construido de la casa por medio de ritos que dejen objetos materiales (a veces riquezas) en la construcción misma, parece ser un rasgo cultural émico de gran significado y lógica. Que los haya puede corresponder a tiempos de prosperidad, desarrollo, confianza en el porvenir, en una palabra, estabilidad residencial. Que no los haya podría significar tiempos más difíciles sino crisis, al menos condiciones en las que la movilidad seguía siendo la mejor adaptación (Farriss 1984: 72–79, 199–223). Trasladarse a otro lugar equivalía a la costumbre de abrir varias milpas en lugares diferentes para compensar riesgos.

Agradecimientos
Nuestro reconocimiento va a las autoridades de IDAEH que autorizaron y apoyaron la investigación desarrollada en 2012 en La Joyanca, asi como a la Dra. Barbara Arroyo por su empeño en mantener el alto nivel académico del Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, año tras año, con sus colaboradores.

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Fig.1: Mapa del área maya con ubicación de La Joyanca (Dibujado por R. Touyer, 2005).


Fig.2: Mapa de La Joyanca (E. Lemonnier 2006).

Fig.3: Mapa de la región de La Joyanca, incluyendo la meseta sur y la Laguna Tuspan (los puntos de núcleo A
y B se localizan en la extremidad sur de la laguna).