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68. LOS PRIMEROS TALLADORES Y SUS ESTRATEGIAS DE PRODUCCIÓN: ARTEFACTOS PALEOINDIOS EN EL NOROCCIDENTE DE GUATEMALA – Luis Méndez Salinas y Jon C. Lohse – Simposio 23, Año 2009

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Méndez Salinas, Luis y Jon C. Lohse

2010        Los primeros talladores y sus estrategias de producción: Artefactos paleoindios en el noroccidente de Guatemala. En XXIII Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 2009 (editado por B. Arroyo, A. Linares y L. Paiz), pp.919-933. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala (versión digital).

68

LOS PRIMEROS TALLADORES Y SUS ESTRATEGIAS DE PRODUCCIÓN: ARTEFACTOS PALEOINDIOS EN EL NOROCCIDENTE DE GUATEMALA

Luis Méndez Salinas

Jon C. Lohse

Universidad de San Carlos de Guatemala y Universidad Estatal de Texas

PALABRAS CLAVE

Arqueología, Altiplano, Huehuetenango, Chivacabe, fósiles, megafauna, obsidiana, punta Clovis, Paleoindio

ABSTRACT

THE FIRST KNAPPERS AND THEIR PRODUCTION STRATEGIES: PALEO-INDIAN ARTIFACTS IN NORTHWESTERN GUATEMALA

The material evidence related to hunter-gatherer groups in Guatemala is extremely scarce and isolated; hence, the few existing interpretations are based upon “unique” pieces without precise context. In addition, it is very rare to find coherent groups of artifacts that can be related technologically to a specific time period or tradition. Chivacabe, one of the best known “Paleo-Indian” sites of the northwestern highlands of this country, has been a recurrent problem in this sense, since excavations over the last three decades could not document with certainty the existence of human occupation in the zone. In spite of this, an important collection of lithic artifacts (principally obsidian) has been collected in the surroundings of the principal deposit of fossil remains, a fact not mentioned in the different archaeological reports on the site. Based on detailed description of this collection’s principal technological and morphological attributes, and through comparative analysis with artifacts recovered from secure contexts, we propose the early existence of human groups at the site, bearers of the very advanced knowledge of lithic production referred to here.

INTRODUCCIÓN

Existe un desconocimiento casi completo de las sociedades pre-cerámicas que ocuparon el territorio guatemalteco hace varios miles de años, agravado porque el interés de arqueólogos y especialistas de las más diversas ramas se ha dirigido hacia la explicación de evidencias de un pasado mucho más reciente, cuyo grado de monumentalidad y atractivo (turístico, económico, social y de otra índole) es considerablemente alto.

Quizá la escasez de resultados concretos en lo que respecta a la caracterización cultural de estas poblaciones tempranas (ubicadas cronológicamente en los periodos Paleoindio y Arcaico) no sea responsabilidad exclusiva de un grupo de profesionales que muestran poco interés, sino que se deba a la naturaleza misma de los hallazgos: únicamente se cuenta con reportes esporádicos sobre puntas de proyectil que aparecen en superficie (Figura 1) y sobre huesos de animales extintos aparentemente modificados, sin mayor asociación contextual.

Así pues, la falta de excavaciones y análisis sistemáticos que tengan como punto de partida las evidencias más tempranas de la ocupación humana en nuestro país es una constante dentro de la arqueología nacional, que impide el conocimiento de los procesos de evolución social y cultural que determinaron el origen de una de las civilizaciones más conocidas del continente.

Tomando esto en consideración, la siguiente ponencia pretende contribuir en el debate teórico relacionado con los grupos cazadores-recolectores desde la perspectiva de su tecnología lítica: en base a la descripción y análisis de los principales atributos tecnológicos y morfológicos presentes en una pequeña colección de artefactos de obsidiana recolectados en las cercanías del depósito fosilífero de Chivacabe, Huehuetenango, se busca revisar los argumentos a favor de la presencia humana en el sitio, a fin de ubicarlo como uno de los principales puntos de evidencia paleoindia dentro del territorio nacional.

BREVE RECORRIDO POR LOS HALLAZGOS PALEOINDIOS EN GUATEMALA

¿Qué se sabe actualmente de la ocupación paleoindia en Guatemala? Pese a la existencia de fechas muy tempranas que ponen en duda las teorías clásicas del poblamiento americano, muchos investigadores han aceptado que las primeras comunidades humanas en el continente llegaron a Norteamérica procedentes del noreste de Asia hace unos 14000 años. Estas comunidades nómadas se desplazaron rápidamente hacia el sur en búsqueda de más y mejores recursos para garantizar su subsistencia. Dentro de este modelo, Carson Murdy (1999:131) propone que las poblaciones más antiguas de Guatemala pueden fecharse dentro del periodo Paleoindio, que abarca el rango temporal entre 10000 y 6500 AC.

Los hallazgos que sostienen esta hipótesis empezaron a producirse en la segunda mitad del siglo XX. Los trabajos de Barnum Brown son pioneros en este sentido, ya que hacia 1951 descubre un fragmento óseo de perezoso gigante en las orillas del río La Pasión (Batres 2003:349). Dicho hueso posee tres cortes o incisiones profundas en forma de V, que únicamente pudieron ser causadas por el ser humano. Varios especialistas argumentaron que los cortes se realizaron cuando el hueso aún estaba fresco, poco tiempo después de la muerte del animal. En asociación a este fragmento se encontraron restos de otros animales propios del Pleistoceno (camello, mastodonte y gliptodonte), así como algunas lascas (Batres:351; Murdy 1999:132).

Nueve años después, Michael Coe (1960:412) reporta la existencia de una punta de proyectil acanalada con características asociadas a la tradición Clovis de Norteamérica. Este artefacto fue descubierto en la finca San Rafael, al oeste de la ciudad capital en 1956, y forma parte de una colección privada. Asimismo, fue la primera evidencia lítica fechada con seguridad para el periodo Paleoindio, precediendo los reportes de hallazgos similares en la aldea Chajbal y en Santa Rosa Chujuyub (Quiché), así como en la planicie de Canchón, Guatemala (Murdy 1999:133-134). Batres (2003:365) menciona el hallazgo de dos puntas en Nahualá, Sololá, hacia 1989. Generalmente, estas puntas fueron talladas en obsidiana de distintas fuentes, aunque también se presentan ejemplares en basalto y otros materiales. Sus características tecnológicas son totalmente congruentes con las que se presentan en varios sitios de Norteamérica, aunque sus dimensiones suelen ser más reducidas. Algo que llama la atención de estos reportes aislados es la falta de rigurosidad al emplear términos que describen las puntas encontradas, ya que se utilizan indistintamente las denominaciones “Clovis”, “Folsom” y “cola de pescado”, generando cierto grado de confusión.

En este contexto poco alentador de los hallazgos fortuitos, adquiere especial relevancia la información rescatada por Ruth Gruhn, Alan Bryan y Jack Nance (1977) en Los Tapiales y La Piedra del Coyote, ambos ubicados en el departamento de Totonicapán. Los Tapiales fue el primer campamento paleoindio en ser excavado sistemáticamente, arrojando datos sumamente valiosos para entender la prehistoria en el altiplano guatemalteco. Gracias a una serie de fechas de radiocarbono, los autores mencionados fechan la ocupación principal del sitio para el año 8750 AC (Bryan y Nance 1977:245). Pese a que no se recuperó ninguna evidencia faunística, esta datación se complementa con una impresionante colección de lascas y artefactos (Figura 2) de distintos materiales –basalto, obsidiana y calcedonia–, cuyas características se discutirán más adelante.

Por otro lado, en La Piedra del Coyote únicamente se practicaron excavaciones de prueba, que permitieron la detección de materiales contemporáneos de características similares a los que predominan en Los Tapiales (Bryan y Nance 1977:253-254; Batres 2003:361).

Para finalizar esta brevísima revisión, es necesario mencionar las evidencias paleoindias encontradas por Kenneth Brown hacia finales de la década de 1970 en la Cuenca de Quiché. Este investigador dirigió un equipo de reconocimiento que ubicó 117 áreas específicas con evidencias que pueden fecharse entre 9000 y 1000 AC, abarcando tanto el periodo Paleoindio como el Arcaico (Brown 1980:315). La gran mayoría de artefactos líticos analizados está hecha de basalto, aunque también se encuentran otros materiales; lo que llama la atención es la relativa abundancia de tipos diagnósticos del Paleoindio, entre los que destacan una punta de proyectil acanalada, bifaciales de diversas formas, buriles, grabadores, núcleos y lascas (Brown 1980:315-321). Los hallazgos de Brown en dicha cuenca permitieron establecer una clasificación general de los sitios en tres categorías principales: campamentos base, campamentos de recursos limitados y estaciones de talla (Brown 1980:321-324; Batres 2003:357). Lo anterior permite inferir la amplia variedad de actividades que se llevaban a cabo dentro de la cotidianidad de esas poblaciones tempranas, la especialización que implicaban dichas actividades, y la creciente capacidad de organización social que ya existía dentro de estos grupos.

Este es, a grandes rasgos, el panorama de la evidencia paleoindia que ha llegado a nuestros días. Como se mencionó con anterioridad, los hallazgos aislados y fortuitos, desprovistos de cualquier significación contextual, son los más comunes. Sin embargo, su cuidadosa asociación con evidencias de otro tipo (como los restos de megafauna extinta), y con la información disponible sobre asentamientos excavados con rigor, puede ofrecer un camino provechoso para desentrañar los secretos de la etapa más larga y, hasta el momento, oscura de nuestro pasado remoto.

ARQUEOLOGÍA Y PALEONTOLOGÍA EN CHIVACABE:

PROBLEMAS INTERPRETATIVOS

¿Qué lugar ocupa Chivacabe dentro del panorama fragmentario que se acaba de describir? En primer lugar, se considera que se debe referirse a Chivacabe como un depósito fosilífero o como un sitio paleontológico (no arqueológico) de gran importancia, que se ubica a unos 12 km de la cabecera departamental de Huehuetenango, en el extremo noroccidental del país (Ericastilla 1996:15). Dicho depósito se encuentra en el fondo de un pequeño valle rodeado de altas colinas en sus lados norte, oeste y sur, a una altura aproximada de 1900 m sobre el nivel del mar (Lohse y Paiz 2008:4). Aunque en estudios anteriores se había propuesto que los estratos asociados al depósito de huesos en Chivacabe tenían orígenes lacustres o volcánicos, los resultados recientes indican que el origen de los mismos es aluvial y coluvial, en estrecha vinculación a las montañas y colinas que rodean al sitio (Frederick y Yelacic 2009:3).

Como era de esperarse, las referencias a los restos fósiles de Chivacabe han sido muy comunes desde el momento de su hallazgo en septiembre de 1976, cuando los hermanos Rafael y Octavio Alvarado Villatoro excavaban un pozo para aprovisionamiento de agua en sus terrenos (Hayden y Cocks 1978:2). Durante dicha excavación informal, se encontraron las costillas, molares y defensas de un animal de grandes dimensiones, por lo que se dio parte a las autoridades municipales, quienes propiciaron la confirmación del hallazgo de evidencias paleontológicas por especialistas del IDAEH (Loc. Cit.).

Las primeras investigaciones formales en el sitio fueron dirigidas por el Dr. Herbert Alexander, del Departamento de Arqueología de la Simon Fraser University, quien se enteró de manera fortuita del hallazgo y planificó una escuela de campo con estudiantes canadienses en julio de 1977. Tal y como reportan Hayden y Cocks (1978:15), en dicha excavación se utilizó maquinaria pesada para remover casi 3.5 m del relleno superior que cubría los restos óseos. Posteriormente se utilizaron herramientas más adecuadas para la excavación y registro de las evidencias faunísticas y culturales. Es así como se descubrió una gran variedad de fragmentos óseos de distintas especies, aunque los elementos relacionados con la actividad humana en el sitio aún eran ambiguos.

En 1978 se llevó a cabo una segunda temporada de campo bajo la dirección de Brian Hayden, en la que se amplió considerablemente el área excavada y se logró aumentar la muestra de ejemplares de megafauna extinta. Asimismo, se planificaron algunos pozos de sondeo en los alrededores del lugar del hallazgo (Hayden y Cocks 1978:16). Los resultados de estos trabajos pioneros no fueron concluyentes con respecto a la interacción entre megafauna y grupos humanos, ya que no se detectaron artefactos asociados a los huesos y no había indicios claros de modificación cultural en los mismos. Sin embargo, pocos meses después de finalizar los trabajos del equipo canadiense en Chivacabe, se reporta el aparecimiento de una punta de proyectil acanalada en las cercanías del depósito fosilífero (Hayden 1980:702). Dicha punta fue descubierta accidentalmente por los dueños del terreno en la superficie, a unos 10 m del lugar excavado (Ericastilla 1996:22). Pese a que la temporalidad de la punta encaja muy bien con el fechamiento de los huesos para el final del periodo Pleistoceno (10000 AC; Ericastilla 1996:23), Hayden (1980:702) afirma que no existe una relación definitiva entre ambas líneas de evidencia, ya que pertenecen a niveles estratigráficos bastante alejados. Antes bien, el autor propone que la punta se encuentra en una posición secundaria gracias a un aluvión reciente de las colinas que rodean el área.

En este contexto, queda claro que hacia principios de la década de 1990 no se tenía una idea precisa de la culturalidad de las evidencias recuperadas en Chivacabe. A fin de aportar nuevos datos a dicha polémica, un grupo de investigadores del IDAEH y del CEMCA implementaron una serie de excavaciones y estudios de laboratorio en 1992 (Ericastilla 1996:15). El objetivo de este proyecto fue confirmar o refutar las teorías propuestas anteriormente respecto a la coexistencia de la megafauna pleistocénica y los primeros habitantes de la zona. Pese a todos sus esfuerzos, y a proponer que existían varios ejemplares óseos modificados por el ser humano (a partir de desgaste, corte lineal o punzonados; Figura 3), los investigadores no lograron recabar información contundente sobre la actividad humana en el sitio, ya que los pocos fragmentos líticos que parecían ser producto de la actividad humana nunca fueron analizados (Ericastilla 1996:21).

Casi veinte años después de los trabajos dirigidos por Ericastilla, se planteó la necesidad de llevar a cabo una investigación multidisciplinaria que pusiera fin al largo debate en torno a la ocupación paleoindia en Chivacabe. Así pues, se conformó un equipo de especialistas de distintas ramas bajo la dirección de Jon Lohse y Lorena Paiz, cuyas principales metas eran recuperar nuevas evidencias culturales y faunísticas mediante excavaciones y recorridos, documentar y revisar los restos excavados por proyectos anteriores, evaluar la conformación geoarqueológica y paleoambiental de la zona para entender los procesos de formación del depósito fosilífero, y analizar los artefactos líticos recolectados en áreas cercanas al punto del hallazgo. Debido a la naturaleza de los estudios de laboratorio que se están llevando a cabo, los resultados del proyecto aún son preliminares, aunque ya permiten trazar nuevas interpretaciones sobre una vieja problemática.

ARTEFACTOS DE OBSIDIANA EN CHIVACABE

A fin de cumplir con el último de los objetivos señalados anteriormente, se llevó a cabo el análisis de los artefactos de obsidiana encontrados en las cercanías de los restos fósiles de Chivacabe. Dicho estudio fue planificado y ejecutado por Luis Méndez Salinas, bajo la supervisión de Jon Lohse. Debido a que únicamente se encontró un artefacto de obsidiana durante las intervenciones de la temporada 2009, se decidió analizar las piezas que se exhiben en el museo de sitio, y que fueron recolectadas en los alrededores del pozo principal, pese a que ninguna de ellas se asocia directamente con los restos fósiles.

Desde un inicio, llamó nuestra atención la presencia de códigos y marcas que aparecen en la gran mayoría de los artefactos iniciando con el numeral 79, lo que nos hacen pensar que los mismos fueron recuperados en 1979, año en que se efectuó una serie de recorridos y pozos de sondeo durante la última temporada de campo del equipo canadiense. Las piezas que no están marcadas fueron agregándose en épocas más recientes.

En términos generales, puede afirmarse que los artefactos analizados suelen presentar dimensiones sumamente reducidas, que pueden interpretarse como antiguos patrones de reutilización exhaustiva, o bien como consecuencia de fracturas postdeposicionales. A esto se agrega el alto grado de erosión que presentan las superficies de las piezas, que se caracteriza por la presencia de estrías irregulares, impactos, fracturas y diferencias en el brillo.

Gracias a la aplicación del análisis visual, se puede establecer que las fuentes más comúnmente representadas en la colección son El Chayal (53%) y San Martín Jilotepeque (40%), aunque se encuentran algunos materiales de Tajumulco, Pachuca y fuentes no identificadas con certeza. En lo que respecta a las técnicas de manufactura, se comprobó la fuerte presencia de artefactos elaborados por medio de percusión directa (utilizando percutores duros y suaves), aunque el número de piezas elaboradas por presión y por percusión bipolar también es significativo.

Es necesario resaltar que la colección de artefactos de Chivacabe no incluye únicamente tipos diagnósticos del periodo Paleoindio, sino que se encuentra una mezcla de piezas características de distintas épocas, tal y como se describe a continuación.

ARTEFACTOS DIAGNÓSTICOS DEL PERIODO PALEOINDIO

Es indudable que el artefacto más conocido de la ocupación paleoindia en Chivacabe es la punta de proyectil acanalada que reporta Brian Hayden en 1980 (Figura 4). Dicha pieza tiene unos 0.06 m de largo por 0.03 m de ancho y un grosor aproximado de 0.06 m. Pese a que Batres (2003:354) afirma que fue tallada con obsidiana de El Chayal, aquí se propone que la misma proviene de San Martín Jilotepeque. Sergio Ericastilla (1996:21) la clasifica como una punta del tipo Quad, perteneciente a la tradición tecnológica Clovis; sin embargo, Murdy (1999:133) propone que la misma presenta similitudes significativas con ejemplares de tipo Folsom. Por sus atributos morfológicos y tecnológicos, se propone que la punta de Chivacabe pertenece a la tradición Clovis, ya que en sus superficies se aprecian desprendimientos típicos de su secuencia de reducción (véase Ranere 2006): adelgazamiento a partir de lasqueos anchos que sobrepasan la mitad de la pieza, plataformas aisladas en los márgenes y en la base para permitir la acanaladura, lasqueos cortos para definir el contorno de la punta, así como evidencias de reutilización y mantenimiento. Incluso puede apreciarse una cicatriz causada por impacto en el extremo punzante de la pieza.

Otros artefactos diagnósticos del Paleoindio presentes en Chivacabe son los raspadores terminales y laterales. En opinión de Batres (2003:266), estos instrumentos se utilizaban para trabajar madera, pieles o hueso, aunque su función más importante puede relacionarse con el destace de las presas que se cazaban. Los cuatro ejemplares que se incluyen en esta colección fueron elaborados sobre lascas de características diversas, aunque todos parecen haber sido obtenidos mediante la aplicación de percusión directa. Generalmente son bastante anchos y las huellas de uso en sus extremos son sumamente notorias. Uno de los ejemplares corresponde a cabalidad con la descripción prototípica de estas piezas (Figura 5): tiene forma triangular, posee una pequeña proyección (o espuela) en la intersección entre uno de sus lados y el extremo distal, y presenta retoques continuos en los lados para formar escotaduras (Loc. Cit). Ejemplos prácticamente idénticos a esta pieza se reportan en Los Tapiales (Gruhn et al. 1977:247), en la cuenca de Quiché (Brown 1980:319), y otros sitios de Panamá (Faught 2006:179).

Por otro lado, encontramos dos claros ejemplos de grabadores, implementos diagnósticos del Paleoindio temprano muy similares a los que se reportan en los asentamientos de Totonicapán (Gruhn et al. 1977:248). Los especialistas afirman que estos artefactos sirven para hacer grabados y perforaciones simétricas en superficies suaves, gracias a la presencia de una pequeña y aguzada proyección (denominada espuela) que aparece en el extremo distal. En los ejemplares de Chivacabe, estas proyecciones se elaboraron a partir de retoques marginales discontinuos de apariencia escamosa. En ambos artefactos se observan evidencias del uso de percusión directa, tanto para extraer la lasca original como para fabricar el grabador (Figura 6).

Otras dos piezas diagnósticas de la colección analizada pueden clasificarse como buriles (Figura 7). Batres (2003:272) define estos artefactos como “herramientas especializadas, con extremos facetados, que se cree fueron usadas para grabar o tallar hueso o asta”. Estas facetas se producen a partir de un duro golpe en el extremo superior de una lasca, con el que se desprende una buena porción de la misma dejando una faceta recta y medianamente gruesa que permite realizar incisiones profundas en distintos materiales. Estas piezas son comparables con las que se reportan en Los Tapiales (Gruhn et al. 1977:247-248).

Cuatro núcleos agotados de pequeñas dimensiones pueden incluirse también en este apartado (Figura 8). Al igual que en Los Tapiales (Gruhn et al. 1977:246), dichas piezas no presentan un patrón formal en cuanto a forma o medidas, ya que las lascas se desprendieron en ángulos y formas irregulares, generando plataformas facetadas sin ningún tipo de preparación aparente. Durante su reducción se utilizó percusión directa y percusión bipolar, extrayendo el máximo provecho de los mismos.

Para finalizar, incluimos aquí una serie de navajas o lascas laminares obtenidas mediante la aplicación de distintas técnicas de manufactura. Dos de ellas presentan varios lasqueos desde diversos ángulos en su cara dorsal, por lo que no pueden considerarse como navajas prismáticas (Figura 9). Antes bien, es muy probable que sean resultado del uso de percusión directa con percutor suave (de asta o hueso), ya que los bulbos son muy poco pronunciados. Otros dos ejemplares presentan desprendimientos bidireccionales en sus superficies, por lo que puede pensarse en la existencia de núcleos con plataformas opuestas. Los dos ejemplares restantes presentan sus cicatrices (tanto dorsales como ventrales) en la misma dirección, pese a que incluyen fuertes ondulaciones e irregularidades. Son sumamente parecidos a los ejemplos que reportan Gruhn y sus colegas en Los Tapiales (Gruhn et al. 1977:250-252), aunque no pueden establecerse asociaciones significativas en cuanto a la tecnología y morfología de las navajas típicas de la tradición Clovis (Collins y Lohse 2004).

ARTEFACTOS DE TEMPORALIDAD AMBIGUA

De los artefactos analizados, 27 no pueden ubicarse con certeza dentro del periodo Paleoindio, debido a que sus características tecnológicas no concuerdan con las tendencias definidas arriba, o bien a que sus superficies se encuentran demasiado dañadas por agentes naturales y culturales posteriores a su deposición original. El primero de estos artefactos, y quizá el más llamativo dentro de la colección (por sus dimensiones y características) puede clasificarse como una macronavaja de la industria prismática (Figura 10). Dicha pieza fue fabricada mediante la aplicación de percusión directa sobre un núcleo prismático de aristas regulares. Únicamente se conserva el segmento medial de la misma, y en ambas caras pueden observarse huellas de utilización intensa en la forma de microlasqueos.

Asimismo, llama la atención la presencia de un pequeño grupo de navajas prismáticas obtenidas por la técnica de presión. Cuatro de ellas son de dimensiones muy reducidas y únicamente se conserva su porción medial, mientras que dos ejemplares se encuentran completos (Figura 11). La reducción en el grosor de estas navajas con respecto a las que se mencionaron en el apartado anterior es sumamente notoria, por lo que prefirió considerárseles aparte. Si se toma en cuenta la opinión de Véronique Darras (2005:124) respecto a que la navaja prismática se origina en el contexto mesoamericano alrededor del cuarto milenio antes de Cristo, estas piezas tendrían una temporalidad más tardía que las lascas laminares por percusión identificada dentro del periodo Paleoindio.

Seguidamente encontramos cuatro artefactos pertenecientes a la industria bifacial y una lasca retocada únicamente en su cara dorsal (unifacial). Dentro del primer grupo destaca la presencia de dos típicas lascas de adelgazamiento de dimensiones reducidas, elaboradas mediante la aplicación de presión en plataformas facetadas sin preparación alguna. Son bastante anchas en relación con el ancho de su plataforma y presentan una curvatura muy marcada en su sección longitudinal. En la cara dorsal de ambas piezas se aprecian huellas irregulares de lasqueos anteriores, así como señales de eliminación y desgaste intencional de los filos de la herramienta que se estaba tallando. Por otro lado, aparecen dentro de la colección dos artefactos bifaciales de medianas dimensiones, cuyas funciones no están plenamente identificadas. En ambas caras de las piezas se observan huellas de lasqueos irregulares desde múltiples ángulos con terminación en charnela y escalón. El artefacto unifacial mencionado arriba presenta atributos tecnológicos muy similares, aunque los lasqueos apreciables en la superficie dorsal son mucho más largos y regulares. Destaca la presencia de una plataforma facetada y de microlasqueos que evidencias la utilización de esta pieza dentro de tareas de corte y raspado.

Para finalizar, es necesario hacer mención de 15 lascas y destrozos de dimensiones muy reducidas que no pueden asignarse fehacientemente a cualquier industria de talla debido a las pésimas condiciones de conservación de sus superficies, aunque por su morfología puede suponerse que varias de ellas fueron elaboradas mediante la aplicación de percusión directa. Es muy común la presencia de estrías irregulares, impactos, fracturas y diferencias en el brillo, indicando modificaciones no intencionales causadas en épocas recientes. La gran mayoría de estas piezas se asocia con la fuente El Chayal, aunque algunos ejemplares provienen de San Martín Jilotepeque. Un ejemplar fue elaborado en obsidiana verde de Pachuca, lo que nos hace pensar que muchos de estos materiales pueden fecharse para épocas muy tardías y que hayan estado asociados a ciertos fragmentos cerámicos que se han reportado previamente en la zona.

PATRONES DE PRODUCCIÓN LÍTICA IDENTIFICADOS EN CHIVACABE

¿Qué dicen los artefactos analizados en Chivacabe con respecto a la conducta de sus habitantes más tempranos? El presente estudio ha logrado determinar que los grupos paleoindios que ocuparon el noroccidente de Guatemala hace varios miles de años utilizaron materias primas de excelente calidad para fabricar los instrumentos líticos que necesitaban. Estos materiales provenían principalmente de los yacimientos de El Chayal y San Martín Jilotepeque, aunque también aparece una pieza elaborada con obsidiana de Tajumulco. Todas estas fuentes se ubican a grandes distancias de Chivacabe, lo que  permite hablar de posibles relaciones de intercambio, o bien, de una alta movilidad en procura de materias primas de óptimo desempeño. Como bien argumentaron Hayden y Cocks (1978:5), los habitantes paleoindios de la zona no utilizaron el cuarzo que abunda en los alrededores del depósito de fósiles, ya que el mismo no tiene las cualidades necesarias para la elaboración de artefactos, contrario a lo que sucede en Los Tapiales (Gruhn et al. 1077:245) y en la cuenca de Quiché (Brown  1980:315), donde se aprecia el predominio de materiales locales –principalmente basalto y calcedonia– en lugar de obsidiana.

Una constante en las colecciones líticas del Paleoindio, claramente observable en la colección de Chivacabe, es un marcado énfasis en la reutilización exhaustiva de los materiales. Esto se aprecia en el reducido tamaño de los núcleos (o desechos de núcleos) encontrados, los cuales se agotaban al máximo mediante la extracción de pequeñas lascas desde diversos ángulos y a partir de diversas técnicas de manufactura (percusión, percusión bipolar y presión). Asimismo, es frecuente encontrar artefactos modificados mediante distintos tipos de retoque marginal, así como huellas de mantenimiento y renovación de filos en artefactos especializados (como puntas de proyectil).

Dentro de la industria bifacial, se pudo identificar un patrón sumamente interesante en lo que respecta a la preparación de plataformas aisladas para permitir mejores planos de lasqueo y asegurar el éxito en la elaboración de las piezas. Dichas plataformas se creaban mediante lasqueos separados en la cara inversa del artefacto, lo que generaba pequeñas proyecciones que posteriormente servían como puntos de impacto para remover lascas de considerables dimensiones. Este patrón se evidencia con el aparecimiento de sinuosidades u ondulaciones en los bordes de las piezas, principalmente en la punta acanalada del sitio, en los artefactos bifaciales y en puntas de otros asentamientos.

En síntesis, se puede afirmar que en la tecnología lítica del Paleoindio en Chivacabe predominan los artefactos que podrían incluirse en una industria de lascas retocadas, de dimensiones bastante modestas y elaborados con técnicas relativamente simples. Pese a ello, también se observan artefactos bifaciales que implican un alto grado de estandarización en las secuencias de reducción y, por consiguiente, mayor especialización de los artesanos.

CULTURA Y TECNOLOGÍA LÍTICA DEL PALEOINDIO EN GUATEMALA

En opinión de Batres (2003:365), los grupos paleoindios que ocuparon el altiplano guatemalteco aprovecharon al máximo los recursos de su entorno, tanto para obtener los alimentos necesarios como para satisfacer otras necesidades cotidianas: elaboración de artefactos, vestido, refugio, etc. Éste y otros autores han propuesto que la relativa abundancia de puntas de proyectil es un indicio claro de que la caza de megafauna pleistocénica era la base de la economía paleoindia (Loc. Cit.; Murdy 1999:137).

En este sentido, la concepción de los paleoindios como cazadores de grandes animales ahora extintos ha sido defendida por gran número de especialistas, llegando a afirmarse incluso que la caza excesiva de los mismos propició su extinción. Sin embargo, como bien afirma Luis Alberto Borrero (2006:9), poco se sabe aún sobre las causas específicas que determinaron la desaparición de estos animales, aunque parece claro que la misma se completó alrededor de 8000 AC. ¿Qué pasó entonces con las crecientes poblaciones paleoindias que se quedaron sin presas? ¿La desaparición de su principal fuente de insumos determinaría también su propia desaparición? Todo lo contrario. Los modelos más recientes para explicar el modo de vida de los primeros habitantes del continente tienden a considerar que dichas poblaciones tempranas explotaron una amplia variedad de recursos animales y vegetales, otorgando de esta forma un papel menos importante a la cacería de mastodontes, gliptodontes y otras grandes especies (Borrero 206:15; Acosta 2004:8).

Por ejemplo, en varias cuevas del territorio chiapaneco se ha reportado el uso de caracoles, cangrejos, almejas de agua dulce, venados, armadillos, conejos, tortugas, pecaríes, tepezcuintes, así como diversos reptiles y serpientes (Loc. Cit.). Esto implica el conocimiento y utilización de varias estrategias para garantizar la subsistencia en épocas muy tempranas. Lo mismo puede inferirse si se considera la amplia variedad de artefactos especializados que se reportan en las colecciones paleoindias del altiplano guatemalteco, que no se limitan (como antes se pensaba) a las puntas de proyectil.

Quizá la supuesta dependencia de los grupos paleoindios con respecto a la megafauna en general sea un mero error interpretativo, causado por la dependencia de los arqueólogos con respecto a las puntas de proyectil. Es indudablemente necesario tomar en consideración conjuntos coherentes de artefactos que permitan obtener una idea mucho más clara de lo que sucedió en una época tan remota. Lo que se busca con esto no es borrar aquellas conexiones tradicionales con la cultura Clovis de Norteamérica, al contrario: si se da un vistazo a todos aquellos tipos diagnósticos de artefactos Clovis podrán trazarse más y mejores rutas de conexión. Según reportan varios autores (Pearson 2004:96-97; Haynes 2002:110), los diagnósticos más comunes son: puntas acanaladas de proyectil, preformas bifaciales de grandes dimensiones, navajas, raspadores terminales con espuela, grabadores, buriles, entre otros. Según hemos descrito con anterioridad, todos estos artefactos se encuentran en considerables proporciones dentro de las colecciones paleoindias del altiplano guatemalteco, reafirmando la validez de las conexiones culturales y tecnológicas entre los grupos tempranos de Norte y Centroamérica.

NUEVAS INTERPRETACIONES SOBRE EL DEPÓSITO FOSILÍFERO CHIVACABE

El principal aporte del presente trabajo consiste en asegurar que dentro de la colección de obsidiana de Chivacabe, la cual nunca fue siquiera mencionada por los diversos arqueólogos que trabajaron en el sitio, existe un conjunto coherente de artefactos diagnósticos del periodo Paleoindio, lo que permite inferir la actividad de grupos tempranos en las cercanías del depósito de fósiles. Esta inferencia se basa en el análisis comparativo de, por lo menos, 19 artefactos que presentan formas y tecnologías ampliamente documentadas en varios puntos del continente, poniendo de manifiesto las fuertes conexiones tecnológicas y culturales de dichas poblaciones tempranas.

Ninguna de las excavaciones llevadas a cabo en el sitio ha arrojado evidencias contundentes respecto a la interacción de grupos humanos con la megafauna fosilizada. Gracias a una revisión sistemática de las evidencias óseas in situ, el equipo de paleontólogos del PAPCHIV determinó que no se observa ningún tipo de modificación cultural en los huesos (Mead 2009:3), contrario a lo que se había propuesto con anterioridad (Ericastilla 1996:21). Por consiguiente, no pueden establecerse claras relaciones entre la evidencia lítica que favorece la presencia paleoindia en la zona y los restos fósiles de Chivacabe.

Varios estudios de laboratorio aún continúan en proceso, por lo que las conclusiones apuntadas ahora serán enriquecidas en futuras oportunidades. Sin embargo, algo que parece esclarecedor es el fechamiento por radiocarbono de las muestras recuperadas este año. La primera de ellas, tomada a escasos 50 cm de la superficie, arroja una fecha cercana a 7000 AC, mientras que la muestra perteneciente a la base del estrato que contiene los restos de megafauna expuesta está fechada para 13,750 AC.

Tomando en consideración que los artefactos paleoindios de Chivacabe se recuperaron en las cercanías de la superficie actual, dentro de un estrato que presenta fechamientos muy similares a los que se reportan en Los Tapiales (Gruhn et al. 1977:245) y otros sitios paleoindios de la región, así como a la falta de evidencias seguras de modificación cultural en los restos de megafauna encontrados casi 5 m debajo de la superficie (con fechas mucho más tempranas), parece sumamente probable que los restos de un campamento paleoindio se encuentren, muy cerca de la superficie actual, en los alrededores del depósito de huesos. Como siempre, nuevas investigaciones serán necesarias.

AGRADECIMIENTOS

A los directores del Proyecto arqueológico y paleontológico Chivacabe, especialmente a Jon Lohse por su constante asesoría, confianza y excelentes referencias bibliográficas; a todos los miembros del proyecto por las experiencias compartidas, en especial a Miguel Medina, Andrew Sitters y David Yelacic, compañeros en la “caza del mamut”. A Judith Valle, por su valiosa ayuda con la elaboración de dibujos para cada pieza analizada; y a Analucía Gramajo, sin cuya colaboración e incondicional apoyo este trabajo nunca se hubiese completado.

REFERENCIAS

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Figura 1                 Puntas acanaladas que se reportan en el altiplano guatemalteco.

Figura 2          Artefactos diagnósticos del periodo Paleoindio en Los Tapiales: grabador y raspadores terminales con espuela (Gruhn et al. 1977:247).

Figura 3           Restos fósiles presuntamente modificados por el ser humano (Ericastilla 1996:20-21).

Figura 4          Punta de proyectil acanalada de Chivacabe (dibujo M. Cossich).

Figura 5         Raspador terminal con espuela, colección Chivacabe.

Figura 6                Grabador, colección Chivacabe.

Figura 7                Buril sobre lasca, colección Chivacabe.

Figura 8                Núcleo agotado, colección Chivacabe.

Figura 9                Lasca laminar, colección Chivacabe.

Figura 10                Macronavaja de épocas tardías, colección Chivacabe.

Figura 11                Navaja prismática completa probablemente tardía, colección Chivacabe. 

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