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19. MODELOS DE ORGANIZACIÓN SOCIAL Y ADMINISTRATIVA DE LAS CIUDADES MAYAS CLÁSICAS: HISTORIA CRÍTICA DE UN PROBLEMA – Jesús Adánez Pavón, Andrés Ciudad Ruiz, Mª Josefa Iglesias Ponce de León y Alfonso Lacadena García-Gallo – Simposio 23, Año 2009

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Adánez Pavón, Jesús, Andrés Ciudad Ruiz, Ma. Josefa Ponce de León y Alfonso Lacadena García-Gallo

2010        Modelos de organización social y administrativa de las ciudades Mayas Clásicas: Historia crítica de un problema. En XXIII Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 2009 (editado por B. Arroyo, A. Linares y L. Paiz), pp.232-244. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala (versión digital).

19

MODELOS DE ORGANIZACIÓN SOCIAL Y ADMINISTRATIVA DE LAS CIUDADES MAYAS CLÁSICAS: HISTORIA CRÍTICA DE UN PROBLEMA

Jesús Adánez Pavón

Andrés Ciudad Ruiz

Mª Josefa Iglesias Ponce de León

Alfonso Lacadena García-Gallo

Universidad Complutense de Madrid

PALABRAS CLAVE

Maya, ciudades, organización social, parentesco, linajes

ABSTRACT

MODELS OF SOCIAL ORGANIZATION AND ADMINISTRATION FOR CLASSIC MAYA CITIES: A CRITICAL HISTORY OF THE PROBLEM

Although the description of social organization and administration of Classic period Maya cities constitutes one of the important research themes in the reconstruction of Maya civilization, it has received uneven attention on the part of researchers over time, who have proposed disparate interpretations based on diverse datasets and methods. In this work we critically review the historiography of this theme, presenting the state of the question, with special attention to the methods and sources of information used to resolve the problem, as well as proposing new lines of inquiry.

Preguntarse por la organización de la ciudad Maya Clásica es una forma de abordar la ya antigua, pero aún candente cuestión de la naturaleza del Estado Maya. Supone hacerlo, sin embargo, no desde la discusión de las relaciones de dependencia o independencia entre las ciudades, entendidas como capitales de entidades políticas o centros de segundo orden, sino desde el plano de su configuración interna. Supone, pues, interrogarse por el modo en que se organizaban las relaciones entre los gobernantes que residían en las áreas centrales con funciones residenciales, rituales y administrativas y los grupos domésticos que ocupaban y daban cuerpo al resto de la ciudad y más concretamente, por la existencia y el carácter de grupos o figuras intermedias entre unos y otros. En este caso, dicha pregunta constituye el punto de partida de un programa de investigación ya en marcha que en su vertiente arqueológica, se orienta a identificar e interpretar esos niveles intermedios a través del análisis comparativo de los planos de distintas ciudades. Lo que hoy se presenta es el resultado de un primer paso en ese camino; se trata de valorar las aproximaciones al tema, formuladas hasta el momento, extrayendo de ellas indicaciones útiles para el trabajo comparativo.

La identificación e interpretación de niveles intermedios puede hacerse remontar, en realidad, a la pasada década de los años cincuenta. Fue entonces cuando los trabajos extensivos de exploración y mapeo arqueológico empezaron a sugerir la existencia de varios niveles de agrupamiento de unidades de habitación; William Bullard (1960:367-370), por ejemplo, detectó que los conjuntos residenciales en el noreste de Petén tendían a agruparse en “conglomerados” encabezados por conjuntos de mayor tamaño, que esos conglomerados tendían a su vez a formar “zonas” en torno a “centros ceremoniales menores” y que las zonas se articularían con “centros ceremoniales mayores” dando lugar a “distritos”.

Poco antes, Gordon Willey (1956:780) se había basado en datos similares procedentes de la parte beliceña del valle del río Mopan para proponer el abandono de un supuesto divorcio social y cultural entre campesinos y gobernantes; no sólo resultaba probable que desde los centros se reclutaran “artesanos, criados e incluso ciertos niveles sacerdotales” entre el campesinado, sino que la distribución geográfica de distintos tamaños de templos sugería la existencia de “una ordenación jerárquica o cadena de mando sacerdotal” (Willey 1956:780). Las expresiones usadas en estas primeras formulaciones tienen, sin duda, un aire añejo; durante el medio siglo transcurrido desde su publicación, además de superarse el modelo teocrático entonces vigente, se ha multiplicado la cantidad y calidad de la información disponible y las interpretaciones han ganado en detalle y profundidad. No obstante, la cuestión sigue en pie: la identificación y conceptuación de las unidades intermedias sigue sujeta a discusión y en su debate se sigue dirimiendo el modo en que las poblaciones Mayas del Clásico se organizaban social y económicamente desde abajo y se administraban política y económicamente desde arriba.

Las páginas que siguen se asoman a la historia reciente del problema a través de la evaluación, en primer lugar, de una categoría de modelos con un mismo elemento central: la organización del parentesco como eje de la estructuración de la ciudad. Luego se enfocará el estudio en las objeciones planteadas a la visión anterior, desde las cuales puede configurarse un modelo alternativo, más proclive a entender la ciudad a partir de esquemas administrativos implantados por la élite gobernante. Como se puede ver, lo que se percibe, antes que una oposición tajante entre dos extremos, son por un lado, diversas formas de combinar parentesco y administración y por otro lado, el uso de distintos casos empíricos –de distintas ciudades Mayas– para apoyar esas diversas combinaciones. Conviene adelantar que la posición adoptada aquí al respecto es razonablemente agnóstica. Agnóstica porque el objetivo de estas páginas no es alcanzar una conclusión, sino iniciar una investigación; sólo “razonablemente” agnóstica porque esa investigación necesita formular preguntas si ha de obtener respuestas. Las dos únicas presunciones seguras son, en sintonía con la afirmación de William Fowler y Jon Hageman (2004:61), que se requiere conectar firmemente la interpretación con las evidencias arqueológicas disponibles y que ha de esperarse diversidad en y entre las ciudades Mayas durante el periodo Clásico.

MODELOS CENTRADOS EN EL PARENTESCO

El primer modelo considerado es el que expuso William Haviland en 1968, sobre la base de los trabajos realizados por el Tikal Project de la Universidad de Pennsylvania. En él se pueden encontrar los mismos elementos que se hallan en otras interpretaciones centradas en la organización del parentesco, pero manejados de un modo propio. Así, se pasa revista a las regiones Mayas etnográficas que podrían constituir la fuente de analogías, pero se concluye con la falta de adecuación de todas ellas. Se utiliza como punto de partida la organización social existente en Yucatán en el Siglo XVI, pero no se realiza una analogía histórica directa, sino una reconstrucción histórica, una suerte de “historia hacia atrás” (por emplear la expresión de Marc Bloch [1931:xii]) apoyada fundamentalmente en las generalizaciones de George Murdock sobre la lógica funcional y procesual de terminologías de parentesco y formas de residencia, de filiación y de descendencia.

La reconstrucción se orienta, en fin, al caso de Tikal, pero se evalúa con precaución su proyección a otros casos y, aún sin salir de Tikal, es notoria la escrupulosidad con la que el autor considera las evidencias arqueológicas en sus argumentaciones. El resultado no es, entonces, un modelo interpretativo sobre la organización social en el Clásico, sino sobre la secuencia de transformaciones del parentesco Maya desde el Formativo hasta el Postclásico, apoyada en Tikal para lo relativo al Clásico. Es difícil considerar hasta qué punto el modelo de Haviland puede seguir manteniéndose en su conjunto. Se ignora si cada una de las generalizaciones invocadas por Haviland ha sido puesta en duda posteriormente; no obstante, si ya el propio Murdock consideraba que esas generalizaciones no recogían sino tendencias estadísticas (Haviland 1968:98), lo cierto es que el desarrollo posterior de la antropología del parentesco ha abandonado la perspectiva funcional y evolutiva desde la cual se enunciaron.

Si resulta válido extraer de la propuesta las hipótesis relativas al periodo Clásico, separándolas también hasta donde es posible del armazón funcional-evolutivo que sostiene el conjunto, lo que se obtiene es la imagen de un periodo histórico de cambio. Se parte de una sociedad en la que rigen los principios del parentesco, materializados en el desarrollo de patrilinajes localizados desde fines del Preclásico y comienzos del Clásico Temprano, y se alumbra otra sociedad, ya a lo largo del Clásico Tardío, que reemplaza esos principios y grupos con otros, que podríamos denominar de clase, a través de la ruptura de la residencia contigua de los linajes y su transformación en sibs. La base arqueológica de esta hipótesis está en Tikal.

El mapa de la ciudad, así como datos de excavación de algunos grupos, permite al autor detectar los conjuntos que corresponderían con los linajes a partir del agrupamiento espacial de estructuras domésticas y la presencia dentro de cada agrupamiento de un “edificio de clan” (un “palacio” en unas ocasiones, un “templo” en otras) (Haviland 1968:Tabla 2); el hecho de que un 63 % del total de estructuras domésticas no se deje agrupar de este modo sugiere, por su parte, que el esquema de linajes se estaba rompiendo. Esta interpretación es la que Haviland (1968:113-114), atento a las variaciones que revela el registro arqueológico, extiende a Uaxactun, Dzibilchaltun y el nordeste de Petén, pero no al valle del río Belice, donde las evidencias –entonces aún muy escasas– indicaban un predominio de residencias aisladas; más tarde contrastaría también el caso de Tikal con el de Copan al puntualizar visiones construidas a partir de esta última y las cuales se abordan más adelante (Haviland 1992).

Si bien Haviland entendió la estratificación social como responsable de un debilitamiento de los grupos de descendencia, los modelos ensayados a partir de los años 80 recogen casi invariablemente la idea de grupos de parentesco estratificados internamente. Responden así, por el lado más empírico, a un corpus de evidencias arqueológicas cada vez más abundante y firme en lo relativo tanto a las diferencias de estatus entre las unidades domésticas, como al papel del culto a los antepasados en la sanción de las mismas y en la cohesión de los grupos. Por el lado más teórico, esos modelos apelan a tipos estructurales intermedios, a medio camino entre una sociedad fundamentalmente igualitaria, articulada en términos de parentesco y otra jerarquizada, organizada en términos de clase con independencia de las elaboraciones culturales en torno a los lazos de sangre. Los jefes de los linajes localizados de Haviland, aquéllos que habrían visto difuminada su posición tradicional ante los requerimientos de las familias nobles, en estas nuevas propuestas pasarán a constituir precisamente, al menos los más elevados entre ellos, las familias nobles.

Son tres modelos que conceptúan de manera distinta este núcleo interpretativo. El primero y el segundo surgieron de los análisis del caso de Copán, apelando uno a la posibilidad de una estructura de linajes segmentarios y otro a la de un tipo de grupo clasificable bajo el rótulo genérico de “clan cónico”; el tercero, que es el más reciente y también el más elaborado, volvió a la idea de grupos de descendencia unilineales, pero sobre todo dotó a esos grupos de una clara lógica social, económica y ritual y los ligó a formas administrativas estatales.

William Sanders y David Webster han venido defendiendo la interpretación de la organización social de las ciudades Mayas del Clásico en términos de un sistema de linajes segmentarios; ambos han vinculado tal visión con una caracterización de esas ciudades como reales-rituales y de las entidades políticas en las que se incluían como estados segmentarios (Sanders 1989; Sanders y Webster 1988; Webster y Sanders 2001). La propuesta generó rechazos firmes, especialmente en lo relativo a estas dos últimas caracterizaciones (véase D. Chase, A. Chase y Haviland 1990; A. Chase y D. Chase 1996a), si bien las opiniones más irreconciliables se suscitaron ante la proyección del modelo desde Copán a todas las Tierras Bajas, realizada además con un sentido más tipológico que atento a la apertura de vías de investigación e interpretación de las evidencias disponibles.

A pesar de estas reacciones, los conceptos de linaje y estado segmentario, bien a través de los escritos de Sanders y Webster o también directamente a partir de las mismas o relacionadas fuentes (fundamentalmente R. Fox 1977; Southall 1956, 1965, 1988), han sido sistematizados y aplicados en áreas como el valle alto del río Belice (Ball y Taschek 1991) o el sureste de Petén (Laporte 1996a; 1996b; Laporte y Mejía 2005), además de generar líneas de trabajo centradas en el Postclásico de las Tierras Altas (J. Fox 1987; 1989; Fox y Cook 1996). En términos globales, se ha considerado que la naturaleza segmentaria del estado Maya puede incluir las características subrayadas por modelos políticos relacionados como el de “entidad política galáctica” o el de “estado-teatro”, congeniando bien con la interpretación de las evidencias arqueológicas, epigráficas e iconográficas existentes (véase una evaluación del modelo y su ajuste empírico en Houston y Escobedo 1997).

La estructura de linajes segmentarios supone un proceso de ramificación de los grupos unilineales de descendencia a través del cual cada uno de éstos se va subdividiendo en secciones independientes (“linajes mínimos”) que mantienen vínculos con las divisiones con quienes comparten ascendientes crecientemente alejados (“linajes máximos”), hasta englobar, incluso, a todo el conjunto (Fortes y Evans-Pritchard 1940; Fortes 1953). Como ya se ha comentado, en su aplicación a la sociedad Maya y en concreto al caso de Copán, Sanders y Webster adoptaron la versión socialmente estratificada de esta estructura (la que Richard Fox tomó de Aidan Southall) e introdujeron la referencia a los cultos a los antepasados, en sus distintos niveles, como mecanismos de integración; la organización social copaneca se describiría, entonces, a través de una jerarquía con cuatro niveles: (1) en la base estarían los grupos domésticos formados por familias extensas y con desigual posición social; (2) las familias extensas formarían parte de linajes de distinto tamaño y profundidad genealógica; (3) los jefes de los linajes máximos compondrían la clase noble y tendrían a su cargo responsabilidades políticas, económicas y religiosas; y (4) en la cima de la jerarquía y del liderazgo se situaría el ajaw y su linaje (Sanders 1989:102).

La identificación material de este sistema se basó de manera análoga a la seguida por Haviland en Tikal, en la detección de conjuntos residenciales en torno a patios asignables a la élite; éstos se distinguen por su propio tamaño y complejidad interna (incluyendo varios patios conectados), por la calidad de su arquitectura y por la presencia de decoración esculpida. Esas familias nobles vivirían, tal como sugiere la presencia de estructuras residenciales menores en patios secundarios, rodeados de “parientes cercanos, parientes distantes y clientes no emparentados” (ibídem); en sus complejos se incluyen también estructuras de carácter religioso y residencial-administrativo que dan cuenta del desempeño de tales funciones en su seno. En términos históricos, el cuadro que se obtendría en Copán durante el Clásico no es el de unos grupos de parentesco que se disuelven, sino el de una élite vigorosa, firmemente apoyada en sus parientes y clientes, y un linaje gobernante que sólo en el caso del más poderoso ajaw de la dinastía logró una cierta centralización (ibídem).

Manejando con minuciosidad la misma base factual procedente de Copan, Julia Hendon (1991) propuso una interpretación parcialmente distinta en la que aparecen elementos que conviene resaltar. Por un lado, Hendon subrayó con fuerza la idea de que la base principal del poder de las élites intermedias copanecas, las que no formaban parte de la familia inmediata del gobernante, había de residir en el control de la tierra y la fuerza de trabajo, por encima de la producción y distribución de bienes manufacturados. De este modo, y por otro lado, la jerarquización interna de los grupos de descendencia se orientaría de manera predominante a mantener ese control y se articularía a través de la apelación a los antepasados y de una combinación de criterios propios del parentesco, los mismos que en los textos Mayas aparecen relacionados con el ajaw: el orden de nacimiento, el género, la genealogía individual.

La autora se remitía a los trabajos de Irving Goldman (1970) sobre la Polinesia como fuente para la caracterización de los grupos de descendencia estratificados; el sistema, basado en la jerarquización hereditaria de individuos y grupos a partir de la primogenitura, produce linajes constituidos por nobles, plebeyos y esclavos y, aunque favorece la patrilinealidad, reconoce también la línea materna. Estos “linajes de estatus” de Goldman constituyen, de hecho, una versión de los denominados “clanes cónicos” definidos por Paul Kirchhoff en 1955: clanes que ordenan la posición de sus miembros en función del real o supuesto grado de cercanía a la línea nuclear de descendencia a partir del antepasado común, que pueden ser endógamos y que no necesariamente trazan la descendencia por una sola línea, sea masculina o femenina.

Como plasmación de un tipo de organización a medio camino entre la sociedad igualitaria y la estratificada, el concepto de clan cónico tuvo un papel relevante en los esquemas neoevolucionistas, proponiéndose su existencia en Oaxaca durante el periodo Formativo (Flannery y Coe 1968: 278-280) o, dentro del área Maya, en Kaminaljuyu (Michels 1979); pero el concepto también se ha utilizado recientemente para discernir la jerarquización de los linajes reales entre los Incas (Jenkins 2001). El “linaje de estatus” de Goldman, que este mismo autor hizo extensivo al caso kwakiutl en la Costa  Noroeste americana, está también cerca de la noción de “casa” en el modelo de sociedades de casas de Claude Lévi-Strauss, con el que Hendon viene trabajando en la actualidad y al que se hará referencia más abajo.

Sobre esta base, la interpretación de los niveles intermedios en el patrón de asentamiento del valle de Copan conforma un modelo que retoma y modifica la pauta de carácter concéntrico sugerida anteriormente por William Fash (1983). El linaje del ajaw se asocia con el centro monumental. Los miembros de la élite, ocupando los conjuntos complejos con varios patios y arquitectura más elaborada, se ubican en las proximidades del centro monumental junto con parientes y clientes a su servicio. Y, por último, las unidades domésticos de base, con una distribución alejada del núcleo central de la ciudad y conformando comunidades espacialmente delimitadas, residirían en los conjuntos de estructuras en torno a un patio. La presencia de algunos grupos con varios patios en estas comunidades exteriores, que Fash había entendido como evidencia del ascenso de nuevas familias de élite ya sin posibilidad de establecerse más cerca del núcleo, fue reinterpretada en términos de la presencia, entre los miembros campesinos del linaje, de parientes designados por los nobles (Hendon 1991: 913).

Los elementos que se han destacado a través de las propuestas de Sanders y Webster y de Hendon aparecen también en la posterior elaboración de Patricia McAnany (1995, 1998), pero en ésta quedan más densamente vinculados entre sí y con otros adicionales; se orientan, además, a una representación de la organización socio-política Maya Clásica en la que el parentesco es vértebra de las agrupaciones sociales desde abajo y el estado, como entidad que presiona hacia la centralización y ha de extraer recursos para sí, tiende redes desde arriba. La mayor densidad recién aludida se apoya en un análisis que incorpora por primera vez en el conjunto de modelos aquí revisados, el avance de los conocimientos sobre las técnicas de cultivo que se practicaban durante el periodo Clásico y las pautas espaciales a que darían lugar.

En primer lugar, la vieja idea de una agricultura de roza itinerante con largos tiempos de barbecho es reemplazada por la de un continuum que incluye no sólo parcelas itinerantes abiertas en el bosque y más alejadas del lugar de residencia, sino también parcelas estables con distinta cadencia de barbecho en función de las condiciones locales, situadas a distancias intermedias y los campos, huertos y vergeles, de cultivo permanente, que circundan los grupos habitacionales. En segundo lugar, este sistema compuesto de cultivo se liga con el patrón de asentamiento estable y disperso que caracterizaría al Clásico; el hecho de que la ocupación del territorio fuera estable y dispersa pero también continua implica la necesidad de delimitar las tierras y establecer derechos heredables sobre ellas, especialmente aguda ante la falta de terrenos libres en donde abrir parcelas itinerantes.

Un sistema social basado en grupos de descendencia aparece así, por último, como la forma de organización capaz de asegurar el control y la transmisión de los derechos sobre la tierra, siendo la presencia de antepasados en un lugar, demostración y garantía de esos títulos en manos de sus descendientes; la estratificación entre grupos y dentro del propio grupo de parientes respondería al distinto valor de los recursos bajo su control y a la autoridad sobre sus miembros, expresándose asimismo esta jerarquía en grados de lejanía o lateralidad de las líneas genealógicas con respecto a los antepasados relevantes. El que la autora entendiera que esos grupos de descendencia habían de conformarse de modo unilineal parece derivarse principalmente del hecho de que tales reglas excluyen a un mayor número de parientes de los beneficios de pertenecer al linaje.

La evidencia empírica a la que apela toda esta interpretación, combina al igual que en los modelos comentados anteriormente, fuentes etnográficas, etnohistóricas y arqueológicas. La organización espacial de la ciudad que resulta de ella es también coincidente; y lo es en mayor medida con la ciudad de Tikal que perfiló Haviland que con la de Copán en los escritos de Sanders, Webster, Fash o Hendon, porque la argumentación de McAnany prefiere casos de asentamiento disperso y continuo y desemboca de manera natural en la idea de linajes localizados, en la que antepasados y cabezas de linajes residen en las tierras que controlan, antes que en una pauta de carácter concéntrico.

Los agrupamientos espaciales de conjuntos domésticos que pueden detectarse en las ciudades Mayas del Clásico representan, entonces, grupos de descendencia; incluyen residencias formadas por estructuras dispuestas en torno a un patio o plaza con áreas de enterramiento en su seno, distinguiéndose entre ellas una residencia mayor o “alfa” que albergaría a los jefes del linaje y estaría rodeada de residencias menores, carentes de rasgos ligados al culto a los antepasados. En cualquier caso, esta coincidencia general con Haviland no es resultado de un razonamiento estrictamente convergente; McAnany apeló de manera expresa, aunque no única, a las pautas identificadas en Tikal para proporcionar una base arqueológica a la premisa de los linajes como grupos detentadores del control sobre la tierra.

¿Cuál es, en este esquema elaborado desde abajo, el papel de los gobernantes ubicados en el centro monumentalizado de la ciudad? McAnany, como ya se adelantó, parte de la existencia de un linaje real que centraliza las estructuras de autoridad, concentrando paralelamente el asentamiento y que ha de extraer, para su sostenimiento, trabajo y recursos productivos a través de algún sistema tributario. En este sentido, el Estado tendería hacia abajo una red administrativa suficiente como para entroncar con la cúspide de los linajes; haciendo uso de los términos yucatecos registrados en los textos coloniales y entendiendo que en estos textos los jefes de los grupos de descendencia se habrían confundido erróneamente con jefes territoriales locales, serían los ah kuch kabob (cabezas de linaje) los encargados de producir excedentes para el tributo a través de los ah chun kahil (cabezas de grupos domésticos) y de elevarlos hacia los gobernantes a través de funcionarios reales, los batabob (McAnany 1995:116-117).

Un último conjunto de propuestas interpretativas relacionadas con el parentesco gira en torno al modelo de “sociedades de casas”, inicialmente construido por Claude Lévi-Strauss (1981; Gillespie 2000b) e introducido en la Arqueología Maya por Susan Gillespie y Rosemary Joyce (Gillespie 2000a, 2000c, 2007; Joyce y Gillespie 2000). Como ha ocurrido en otras ocasiones, la aplicación del concepto ha generado al tiempo muchas expectativas y no poca controversia (véase, como ejemplo de esta última, Houston y McAnany 2003). Tanto unas como otra se deben en buena parte a que su llegada ha combinado la definición de un nuevo tipo social, particularmente flexible y pre-adaptado a lo que se conoce del mundo social y político Maya Clásico (y de otras culturas y regiones del globo), con una reformulación de las aproximaciones al parentesco, que invita a abordarlo dinámicamente en lugar de fijarlo en un conjunto de reglas y con una reformulación aún más amplia, condensada tal vez en la noción de agency, que insiste en la necesidad y la conveniencia de conceptuar la sociedad y la cultura en términos de agentes diestros realizando movimientos en un espacio cuya configuración incorporan y a la cual, a la vez, contribuyen a reproducir y transformar.

En tanto que tipo social, la casa es una “persona moral detentadora de un dominio constituido a la vez por bienes materiales e inmateriales, que se perpetúa por la transmisión de su nombre, de su fortuna y de sus títulos en línea real o ficticia, tenida por legítima con la sola condición de que esta continuidad pueda explicarse en el lenguaje del parentesco o de la alianza y las más de las veces, de los dos al tiempo” (Lévi-Strauss 1981: 150). Así pues y aunque Gillespie (2007: 33) ha lamentado las connotaciones taxonómicas de la traducción al inglés de la expresión francesa personne morale como corporate body, se trata de una entidad corporativa (o, por utilizar la expresión española más correcta, una “persona jurídica”, con derechos y deberes reconocidos) cuyos miembros lo son sobre la base de una red flexible de relaciones de consanguinidad y alianza, las cuales tienen la potencialidad de activarse o no en función de las circunstancias. Se trata, también, de grupos típicamente jerarquizados en su interior y entre sí y, al decir de Lévi-Strauss (1981:162; Gillespie 2000b: 33), propios de sociedades en las que los intereses políticos y económicos aún no tienen primacía sobre el lenguaje del parentesco.

La analogía con el concepto de clan cónico, al que se ha hecho referencia más arriba, es clara; ambos comparten, de hecho, algunos de sus referentes etnográficos (las sociedades polinesias y las de la Costa del Noroeste americana, por ejemplo). Ahora bien, el modelo de la “casa” se concreta y pone el acento en cualidades distintas. Subraya en particular el énfasis del grupo en la continuidad de sus propiedades materiales e inmateriales a través de las generaciones, la cual está relacionada con su posición y constituye el objetivo al que se orienta la flexibilidad potencial a la hora de reclutar sus miembros. Destaca también cómo esa posición y existencia continua se expresa materialmente, típicamente a través de la casa (esta vez en el sentido de edificio) en tanto que residencia o al menos, sede de las personas del grupo, vivas o no. Por último, y como ya se ha apuntado, el modelo rompe abiertamente con la teoría de la descendencia creada por la Antropología de los años 40 y 50 y, en general, con las aproximaciones estáticas al parentesco que lo consideran el armazón de una estructura social en lugar de un espacio social dinámico.

El reemplazo del concepto de linaje con el de casa en el discurso sobre la organización social Maya antigua, tal como lo efectuó Gillespie (2000a), muestra las continuidades y discontinuidades del modelo con respecto a los glosados más arriba. El modelo de casa presume la combinación de parentesco y residencia que aparecía en Haviland y sobre todo, en McAnany; hace suyo, además, el énfasis en los antepasados como expresión de la persistencia del grupo y de sus títulos sobre la tierra (y sobre otros bienes materiales e inmateriales); y permite, por último, dar cabida a los indicios contradictorios de patrilinealidad y matrilinealidad sin excluir ninguno de ellos, considerándolos incluso evidencia de eventuales estrategias.

En realidad, si se atiene a los cinco puntos en los que recientemente ha condensado Jon Hageman (2004: 64) el concepto de linaje, cabe concluir que la impronta material de un linaje sería indistinguible de la de una casa; ambos conceptos coinciden en que el grupo ostenta la propiedad de recursos económicos, especialmente de la tierra, en que sus miembros son altamente conscientes del grupo mismo y en que internamente se encuentran jerarquizados, y sólo difieren en aspectos difíciles de inferir arqueológicamente en la actualidad: el carácter exógamo y unilineal del linaje. Quizás por ello, las sugerencias acerca de la presencia de grupos concretos organizados en casas en la sociedad Maya Clásica se basan en criterios adicionales; por ejemplo, Houston y McAnany (2003:37) excluyen su existencia entre la élite, sobre la base de los textos epigráficos, y sólo encuentran posible su implantación en el resto de la sociedad, mientras que T. Manaham (2004) lo propone a la inversa, en parte por la mayor competencia y dinamismo que se les supone a las élites.

En términos de una organización urbana estáticamente considerada, el modelo de casa reproduce las elaboraciones interpretativas desarrolladas en el ámbito Maya en conexión con el concepto de linaje, dejando de lado parte de la carga adicional de éste. A través de él, no obstante, Marie-Charlotte Arnauld y Dominique Michelet (2004) han bosquejado una aproximación general a las dinámicas de concentración y nucleamiento de las poblaciones Mayas que empieza a ser aplicada y desarrollada en casos como los de La Joyanca, Uaxactun o Ixtonton (véase Bazy et al. 2009).

MODELOS ADMINISTRATIVOS CENTRALIZADOS

Como se adelantó en los párrafos introductorios, y ha podido comprobarse en la sección anterior, no existe una oposición tajante entre parentesco y administración en las interpretaciones sobre la organización de la ciudad Maya. Además de visiones como la de William Haviland, que identifica en el paso del Clásico Temprano al Tardío en Tikal el proceso de desintegración del primero a favor del segundo, modelos como el desarrollado por Patricia McAnany combinan expresamente ambos elementos. No obstante, también se pueden citar ciudades y escritos en los que se obtiene una perspectiva claramente volcada al polo administrativo.

Diane Chase y Arlen Chase han defendido desde hace años una visión de las ciudades y las entidades políticas Mayas en la que estructuras administrativas centralizadas dominarían sobre las fundadas en el parentesco en lo que aquí se viene denominando los niveles intermedios. Esa concepción está firmemente basada en Caracol y es desde las evidencias de ésta que han objetado la extrapolación de las interpretaciones de otros sitios al conjunto de las Tierras Bajas Mayas. A partir de los trabajos de los Chase, Caracol viene a constituir la materialización de un modelo de ciudad Clásica política y económicamente administrada; un modelo que, explícitamente construido como interpretación de un caso específico, se ofrece como representante, tal vez junto a Tikal, de un polo en un rango de variaciones (véase A. Chase 1992; A. Chase y D. Chase 1996a, 1996b, 2001; A. Chase et al. 2001; D. Chase y A. Chase 2004; D. Chase et al. 1990).

El asentamiento en Caracol no es distinto, en algunos de sus parámetros básicos, al de otras ciudades Mayas; está dotada de un área central asociada a la élite gobernante y en torno a ella se disponen los conjuntos de habitación, integrados con campos de cultivo. Sí muestra una ocupación particularmente densa y, en su conjunto, conforma una superficie urbana de dimensiones considerables, producto de su expansión durante el Clásico Tardío, incorporando incluso sitios preexistentes. Sin embargo, y a diferencia de los casos revisados anteriormente, no se detectan en su plano agrupamientos en barrios o sectores que permitan sugerir, más allá de las familias extensas que ocuparían los grupos residenciales, la existencia de grupos de parientes con un papel que desempeñar en la estructuración de la población urbana (D. Chase y A. Chase 2004:142).

Esta evidencia negativa se acompaña de varias características peculiares. Por un lado, el 80% de los conjuntos residenciales registrados cuenta con estructuras identificables como altares ligados a entierros, típicamente ubicadas al este de ellos (ibídem: 139-41); si cabe entender esa pauta en términos de un culto a los antepasados, el mismo que en otras ciudades se ha asociado especialmente con “cabezas de linajes”, entonces cabría preguntarse si en Caracol los grupos domésticos no representarían por sí mismos “linajes” reducidos a familias extensas independientes. Por otro lado, la cantidad y la distribución generalizada de elementos que normalmente se entienden como indicadores de élite, como los entierros en tumbas y otros ítems materiales, apunta a una reducción de la distancia social entre élites y no élites y al desarrollo de capas medias (A. Chase 1992).

Las evidencias positivas de centralización incluyen una red interna de calzadas, dispuesta en forma radial a partir del área central y más los conjuntos arquitectónicos que se sitúan en los extremos (termini) de esas calzadas (A. Chase y D. Chase 1996: 806-7; 2001:276). Estos conjuntos son los que podrían hacerse corresponder, en el caso de Caracol, con los niveles intermedios en la organización de la ciudad, pero aquí no se confunden con grupos residenciales. Se componen de plazas grandes rodeadas por estructuras de baja altura y, a veces, edificios alargados y en su excavación no se han hallado restos de actividad ritual o doméstica; su función sería integradora y supondrían nodos de carácter administrativo vinculados, a través de las calzadas con el área central. En términos históricos, todo este grado de integración y centralización se alcanzó durante el Clásico Tardío, momento en el que las eventuales dinastías locales en competencia del Clásico Temprano habrían ido reduciéndose en número y quedando englobadas dentro de una entidad política en expansión (A. Chase 1992:44).

La Epigrafía y la Iconografía ofrecen también, por último, algunas pistas que abundan en la existencia de aparatos administrativos y sugieren que el tributo formó parte de sus funciones. Algunos textos contienen alusiones a títulos entre los que destaca, además del propio título de ajaw, que habla de formas centralizadas y dinásticas de gobierno, el de sajal, que puede corresponder a nobles residentes bien en la capital, bien en centros secundarios del reino (en algunos casos con claras funciones militares), y que integran la corte real junto con sacerdotes y escribas; y el de lakam, que podría estar directamente relacionado con el tema que aquí ocupa por su vinculación con el tributo y, posiblemente también, la leva militar (Lacadena 2008). Este último título, ostentado por personajes no necesariamente nobles, subrayaría la existencia de un nivel de organización administrativa y económica en las ciudades gestionado por funcionarios especializados al servicio del Estado. La Iconografía avala estos datos epigráficos, con escenas de cortes reales jerarquizadas y entrega de tributo a señores que se puede interpretar en muchos casos en clave de ingresos procedentes de la imposición interna y no de la tributación exterior.

CONSIDERACIONES FINALES

En conjunto, la revisión histórica del problema de la organización de la ciudad Maya Clásica da como primer resultado un panorama compuesto por modelos en parte alternativos y en parte complementarios. ¿Qué ofrece ese panorama a un programa de investigación orientado a la identificación e interpretación de niveles intermedios en tales ciudades a través del análisis de sus planos? Desde luego no una colección de modelos cerrados entre los que optar a priori y tampoco una tipología a la cual ir asignando las distintas ciudades a partir de sus planos. Un modelo es una forma de generalización; una abstracción cuyo propósito es aislar los elementos y relaciones fundamentales que subyacen en un ámbito de la realidad empírica. Así pues, y por definición, su contenido resulta menos rico y complejo que el de un caso particular y su función consiste en arrojar luz sobre los casos particulares, no en reemplazar la investigación de éstos con un mero ejercicio de clasificación.

Un segundo resultado de la revisión histórica es, entonces, la definición y caracterización de un problema interpretativo. Los modelos aquí revisados definen un campo de discusión: el de la importancia relativa del parentesco y la administración a la hora de organizar la ciudad Maya Clásica. Lo caracterizan al ofrecer argumentaciones teóricas y empíricas en apoyo de las distintas posturas. En este sentido, un último aspecto de la revisión histórica es la indicación de qué tipo de pautas arqueológicas se han detectado y qué significado se les ha dado en el campo de discusión.

En términos del plano urbano, la identificación e interpretación de niveles intermedios ha combinado, y requiere combinar, (1) la delimitación de agrupamientos de estructuras, y (2) la descripción de la estructura interna de los agrupamientos. La delimitación es primariamente espacial, aumentada o corregida en la medida de lo posible mediante la consideración de la topografía, pero también pueden manejarse eventuales evidencias materiales, como las albarradas y cabe incluso ensayar tentativamente la definición de unidades a partir de pautas estructurales internas. Es claro que la mera identificación de unidades espaciales arroja poca luz sobre su sentido si no se analizan sus características. En esta tarea, el procedimiento ha consistido en el uso de tipologías de unidades arquitectónicas, típicamente residenciales, que permitan diferenciar niveles o funciones sobre la base de su tamaño y grado de complejidad, pero también, como ha insistido Marshall Becker en sus reflexiones acerca de los “planos de plaza” (Becker 2003), sobre la base de la gramática atendiendo a la cual fueron construidas. Adicionalmente, cabe prestar atención, por último, a posibles patrones –tal vez reglas gramaticales– en la posición relativa de los conjuntos arquitectónicos dentro de los agrupamientos.

La interpretación en términos de parentesco o administración de las pautas identificadas del modo descrito no dejará de estar sujeta, por supuesto, a ambigüedades. Pero el propósito no es resolver de una vez los debates aquí revisados, sino enriquecerlos con los resultados de varias décadas de esfuerzos de reconocimiento y excavación en el área Maya.

AGRADECIMIENTOS

Esta ponencia forma parte de los trabajos del proyecto de investigación “La construcción social de la Ciudad Maya: Identificación de unidades administrativas en los centros urbanos del periodo Clásico (ss. II-X D.C.)”, financiado por el Ministerio de Educación y Ciencia español (ref.: HUM2007-66381/HIST).

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