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08 Un acercamiento a la interacción entre Kaminaljuyu y el Centro de México durante el Clásico Temprano – Geoffrey E. Braswell – Simposio 13, Año 1999

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Braswell, Geoffrey E.

2000        Un acercamiento a la interacción entre Kaminaljuyu y el Centro de México durante el Clásico Temprano. En XIII Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 1999 (editado por J.P. Laporte, H. Escobedo, B. Arroyo y A.C. de Suasnávar), pp.96-106. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala (versión digital).

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UN ACERCAMIENTO A LA INTERACCIÓN ENTRE KAMINALJUYU Y EL CENTRO DE MÉXICO DURANTE EL CLÁSICO TEMPRANO

Geoffrey E. Braswell

Desde que Walter Lehmann en la década de 1920 identificó cerámica del estilo del Centro de México en las colecciones privadas procedentes de Kaminaljuyu, el papel que Teotihuacan desempeñó en el desarrollo de la cultura Maya Clásica y la naturaleza de su influencia ha sido un tema muy importante en la arqueología mesoamericana. Los hallazgos dramáticos de los investigadores del Instituto Carnegie en los Montículos A y B de Kaminaljuyu destacaron la necesidad de entender esa relación (Kidder et al. 1946). En los años 60, los grandes éxitos del Proyecto de Mapeo de Teotihuacan y el Reconocimiento de Asentamiento en la Cuenca de México, fomentaron gran interés en las relaciones Maya-Teotihuacan, promovido por los resultados del Proyecto Tikal y el Proyecto de la Universidad Estatal de Pennsylvania en Kaminaljuyu (Coe 1962, 1965, 1990; Sanders et al. 1979; Sanders y Michels 1977; Shook et al. 1958). Nuevas investigaciones arqueológicas intentan documentar un “Horizonte Medio” bajo el dominio de Teotihuacan en el territorio mesoamericano. En el área Maya, la influencia teotihuacana fue falsamente reportada, desde Bilbao cerca de la Costa del Pacífico de Guatemala hasta Chichen Itza en las Tierras Bajas septentrionales (Parsons 1967-1969).

Durante la década de 1970, muchos investigadores consideraban probable que las entidades políticas Mayas constituyeron estados secundarios inspirados en la influencia teotihuacana (Cheek 1977; Price 1978; Sanders 1974; Sanders y Price 1968; Santley 1983). Desde una perspectiva basada en la región Maya, todos los que adoptan esta posición sobre desarrollo político se refieren a modelos de “orientación externa.” Muchos de éstos se refirieron a fenómenos económicos para explicar una presencia teotihuacana en la región Maya. Por ejemplo, algunos especularon que Teotihuacan estableció rincones de intercambio en la región Maya del sur con el propósito de acaparar el trueque de obsidiana y cacao (Santley 1983). O sea que, los Mayas se consideraron como los recipientes periféricos y pasivos de una influencia extranjera derivada de un centro rector más evolucionado en el Centro de México.

En la década de 1980, un grupo de investigadores empezó a reconsiderar los modelos que tuvieron una orientación externa y fundamentalmente económica, así como sus implicaciones colonialistas. David Freidel (1979), seguido posteriormente por otros estudiosos del tema, fue el primero que demostró que las raíces de la realeza y consiguientemente de los estados Mayas fueron mucho más profundas que las asumidas anteriormente. Schele (1986; Schele y Freidel 1990) argumentó que los motivos decorativos del Centro de México en sitios tales como Tikal aparecieron en contextos auténticamente Mayas, con eventos relacionados con auto sacrificios y “la guerra de estrellas”. Demarest y Foias (1993) en su concepto del Horizonte Medio, refutan completa y coherentemente que las conexiones entre el Centro de México y la región Maya no fueron primariamente económicas y no involucraron dominio político ni económico de una región hacia la otra. Al contrario, ello es el resultado de la interacción entre las clases dirigentes de los Mayas y los mejicanos que permitieron el intercambio de ideas y que propagaron los cultos religiosos.

Ningún sitio Maya tiene evidencia más impresionante para la interacción con el Centro de México en el Clásico Temprano que Kaminaljuyu. La arquitectura con el talud-tablero la identificó hace mucho tiempo el Instituto Carnegie en los Montículos A y B (Kidder et al. 1946). Luego las investigaciones en la Acrópolis y la Palangana también revelaron taludes y tableros (Cheek 1977).

En Kaminaljuyu se han encontrado bifaciales de obsidiana verde de Pachuca, Hidalgo, de estilo teotihuacano (Kidder et al. 1946:136-138). La cerámica recuperada de los enterramientos en los Montículos A y B incluyeron cuencos Anaranjado Delgado sin decoración, vasijas más elaboradas en forma de efigie y vasos cilíndricos estucados con soportes trípodes (Kidder et al. 1946:159-171, 193-201). Foias (1987) sugiere que la cantidad de cerámica en Kaminaljuyu que puede proceder del Centro de México ha sido exagerada por algunos investigadores. Sin embargo, ningún contexto Clásico Temprano en el área Maya contiene una colección de cerámica del Centro de México tan grande como los Montículos A y B.

Con excepción de las excavaciones llevadas a cabo por Gustavo Espinosa en la Acrópolis, y las de Charles Cheek y Sean Cárdenas en el Grupo Palangana (Cheek 1977), hasta la fecha no hay más hallazgos de cantidades significativas de alfarería mejicana ni arquitectura talud-tablero en Kaminaljuyu. Los proyectos que han efectuado investigaciones durante las dos décadas más recientes han encontrado pocos indicadores de interacción entre el Centro de México y Kaminaljuyu. Puede concluirse, entonces, que tal evidencia se limita a un sector muy pequeño del sitio: principalmente la Palangana, la Acrópolis y los Montículos A y B, ahora destruidos.

En vez de recapitular la propuesta sugerida por Demarest y Foias (1993) contra una presencia física de gente teotihuacana en Kaminaljuyu, voy a involucrarme en este problema examinando diferentes escalas de análisis. Me parece que si líderes militares, comerciantes, o aun esclavos viviesen en un barrio del sitio, podríamos ver su presencia replicada en escalas físicas diferentes. Tal situación existiría particularmente si tuvieron una posición del dominio político o económico. Pero esa réplica también sería evidente, aun si vivieran como ciudadanos autónomos o como parias en la sociedad de Kaminaljuyu. La ausencia de la replicación en varias escalas, en contraste, sugiere que los artefactos del Centro de México y sus juegos simbólicos fueron manipulados en contextos culturales por gente autóctona. La evidencia de interacción con el Centro de México, aun en los Montículos A y B y los grupos de la Acrópolis y la Palangana, se encuentran solamente en los niveles intermedios de la escala analítica. Además, dicha evidencia tiende ser superficial. Tanto la superficialidad como la replicación restringida en escalas diferentes, indican que la presencia directa de Teotihuacan en Kaminaljuyu es poco substancial.

Examinemos entonces la escala de análisis de la arquitectura: los Montículos A y B, y partes de la Palangana y la Acrópolis, contienen estructuras bien conocidas por su arquitectura talud-tablero (Figura 1). En una escala más grande, las plantas de los grupos en los cuales se encuentran las estructuras no se asemejan a ningún edificio en Teotihuacan. Los Montículos A y B, así como otros grupos Clásicos en Kaminaljuyu van uno a uno y se orientan noroeste al sureste a través de una plaza abierta y grande. La Palangana y la Acrópolis también se orientan a un eje noroeste a sureste. Un segundo tipo de planta arquitectónica Clásica en Kaminaljuyu consiste en montículos arreglados encima de barreras o plataformas grandes con patios cerrados.

Estos arreglos de grupos encerrados con montículos son comunes en el Altiplano Maya al oeste de Kaminaljuyu. Las investigaciones realizadas en tales sitios han proporcionado muy poca evidencia de contacto con el Centro de México. Por ejemplo, el sitio de El Perén, aunque fue construido en eje conforme con el paisaje natural, replica la planta básica de la Acrópolis y de la Palangana de Kaminaljuyu (Figura 2). El Grupo Norte en El Perén también contiene dos montículos como los Montículos A y B. El acceso a cada grupo se restringe completamente por grandes construcciones de tierra que asemejan paredes.

Es evidente que la misma planta arquitectónica de Kaminaljuyu en la fase Esperanza se encuentra en sitios contemporáneos y aun en algunos más tempranos en el Altiplano guatemalteco, aunque carecen de artefactos y arquitectura de influencia del Centro de México. Siendo así, podemos aseverar que Kaminaljuyu, obedece más a los cánones arquitectónicos del Altiplano Maya y menos a los de Teotihuacan. También, es notable que los conjuntos de apartamentos, las plazuelas con altares centrales y las plantas rectangulares de Teotihuacan no sean evidentes en Kaminaljuyu.

En una escala baja del nivel de estructuras individuales, la arquitectura talud-tablero en Kaminaljuyu es estilísticamente no-teotihuacana. Como otros investigadores han notado (Demarest y Foias 1993; Laporte y Fialko 1990; Santley 1987), el tamaño entre los taludes y los tableros no pertenece a los cánones de Teotihuacan, aunque es evidente que se utilizaron losas de piedra para soportar los tableros de las etapas constructivas últimas en los Montículos A y B, y se usó piedrín para las fachadas. En Kaminaljuyu, durante el Clásico Temprano y Clásico Tardío las construcciones se hacen de tierra o de adobe, una técnica constructiva muy diferente a las fachadas de concreto en capas gruesas que se emplearon en Teotihuacan.

En su discusión de una versión anterior de esta misma ponencia, Cowgill (1999) no está de acuerdo con esta interpretación, pero desde mi punto de vista la arquitectura en Kaminaljuyu, con la excepción de las últimas dos estructuras que utilizan piedrín en los Montículos A y B, es tecnológicamente muy distinta a la arquitectura teotihuacana. La arquitectura de tierra fue norma en todos los sitios Preclásicos y Clásicos en el Altiplano Central de Guatemala, aunque las losas planas se pusieron ocasionalmente en las escalinatas. La carencia de arquitectura en piedra en el Altiplano no puede atribuirse a una falta de materia prima, ya que numerosos monumentos tanto esculpidos como lisos de este material se erigieron durante el periodo Clásico. Sin embargo, las construcciones Postclásicas sí se revisten de piedra.

El método estándar de estabilizar relleno en Teotihuacan no se empleó en Kaminaljuyu, y de hecho es desconocido en el Altiplano Maya (Cheek 1977:132). Por estas razones, las semejanzas con la arquitectura de Teotihuacan son superficiales. Como se ha sido dicho antes, los constructores de estructuras talud-tablero en Kaminaljuyu supieron cómo era la apariencia de la arquitectura de México Central, pero no conocieron su forma de construcción (Cheek 1977:134).

Podemos también considerar que las tumbas en los Montículos A y B tienen perspectivas de diferente escala, empezando con el nivel de la estructura. Tanto Sugiyama como Cowgill (comunicaciones personales 1998) han notado semejanzas entre los patrones de entierros en los Montículos A y B y aquellos recientemente excavados en la pirámide de Quetzalcoatl en Teotihuacan. En el nivel de la estructura, estas similitudes son impresionantes (Figura 3). Las alineaciones de la Pirámide de Quetzalcoatl y los Montículos A y B son similares. El Montículo A refleja esta orientación.

Pozos de entierros en forma sub-rectangular se localizan no solamente debajo del centro de los montículos, sino en el eje pasando debajo de la escalinata central. Desdichadamente, tres pozos grandes localizados a 2 m al oeste de la escalinata de la Pirámide de Quetzalcoatl fueron saqueados en la antigüedad en un evento relacionado con la construcción de la Estructura Adosada (Sugiyama 1996). Esta circunstancia no permite hacer una comparación con las tumbas encontradas bajo las extensiones de los Montículos A y B en Kaminaljuyu.

En un nivel más detallado de análisis, las tumbas de los Montículos A y B reflejan un ordenamiento distinto tanto en los cuerpos como en los objetos. O sea que no son similares a los patrones de entierros conocidos en Teotihuacan. Las tumbas A-I y A-II, que son las más tempranas en la secuencia del Montículo A, contuvieron entierros múltiples, se abrieron y se reutilizaron en varias ocasiones (Kidder et al. 1946:48-53). El único lugar en Teotihuacan donde este patrón ha sido identificado es el Tlalotlacan, o sea el Barrio Oaxaqueño (Spence 1992).

Las tumbas más tardías en los Montículos A y B, y las excavadas en la Palangana, comparten un patrón muy distinto de ordenamiento del entierro y los objetos del mismo. Los cuerpos principales están sentados con las piernas cruzadas en lo que conocemos como la posición de sastre (Figura 4). Se localizaron hacia el sur, sin consideración con la orientación de la estructura. Algunos de los cuerpos fueron enterrados en cajas de madera y otros pudieron haber sido envueltos en tela. Por ello, los cuerpos mantuvieron sus posiciones, no se derrumbaron ni desarticularon. Este método de enterramiento es completamente desconocido en el Centro de México.

Entre las ofrendas de estos entierros fueron evidentes: una a tres placas de pirita localizadas en el regazo o inmediatamente al sur de cada cuerpo central. Las navajas de obsidiana se encontraban al este o noreste del esqueleto, aunque algunas veces estuvieron colocadas en otros lugares. Las manos y piedras de moler también fueron comunes, así como carapachos de tortuga y conchas que se emplearon probablemente como instrumentos musicales. Los vasos cilíndricos con tres soportes, a veces los “picheles”, y otra cerámica de estilo mexicano, se encontraron en todas las tumbas, frecuentemente en parejas. Cuencos con soporte anular de fabricación tosca, características de toda la cerámica del Clásico Temprano en el Altiplano Maya, se presentaron también en todas las tumbas.

Hubo esqueletos periféricos de niños o adolescentes enterrados sin ornamentos, así como perros. Presumiblemente, los primeros se sacrificaron como empleados o mascotas, aunque los perros podrían ser ofrendas de comida.

Este patrón repetido es muy diferente al de las sepulturas en La Pirámide de Quetzalcoatl (Cabrera et al. 1991; Sugiyama 1996), pero tengamos cuidado en distinguir figuras principales y víctimas sacrificadas. Al principio, la Pirámide de Quetzalcoatl representa una ofrenda masiva única y un solo episodio constructivo. No se reedificó, no se reutilizó, ni se modificó. Ningún cuerpo se encontró en una posición sentada en la Pirámide de Quetzalcoatl, aunque los pozos destruidos en la antigüedad, podrían haber contenido una figura principal o más. También podrían haber contenido más víctimas, como las sepulturas al este, sur y norte del templo, o bien que la Pirámide de Quetzalcoatl nunca contuviera algún enterramiento principal.

A diferencia de los asistentes jóvenes enterrados en las tumbas de los Montículos A y B, la mayoría de los esqueletos en la Pirámide de Quetzalcoatl fueron adultos masculinos adornados ricamente como guerreros. Este ordenamiento alineado se desconoce en Kaminaljuyu. Aunque no podemos hacer una analogía directa entre los esqueletos focales en los Montículos A y B, y los de la Pirámide de Quetzalcoatl, ya que no hay un entierro elite en esta última estructura. Es evidente entonces que existen pocas semejanzas compartidas por las víctimas sacrificadas en los dos sitios. En contraste también con las tumbas de Kaminaljuyu, las ofrendas de cerámica fueron raras en la Pirámide de Quetzalcoatl (Sugiyama 1996).

En consecuencia, aunque los entierros en Kaminaljuyu contuvieron cerámica inspirada por la alfarería del Centro de México, estos artículos no se encontraron en la Pirámide de Quetzalcoatl. Además, la forma más frecuentemente representada en las pocas ofrendas de la Pirámide de Quetzalcoatl fue la jarra Tlaloc, y esta se halló en una sola tumba en Kaminaljuyu.

Vale considerar también los restos osteológicos de los Montículos A y B, de nivel subatómico de composición isotópica. De todo el material osteológico analizado por medio de isótopos de oxígeno, solamente un individuo, el Esqueleto 1 de la Tumba A-V, tenía relación con el valle de México. Los resultados de Christine White (comunicación personal 1999; Cowgill 1999) sugieren que este varón nació en el valle de Guatemala, pero pudo haber vivido cerca de Teotihuacan entre los 7 y 12 años de edad. Alternativamente, el individuo podría haber vivido en algún lugar más cercano donde la fracción isotópica de oxígeno en el agua de la tierra fue similar a la de la Cuenca de México. Ningún otro individuo en el estudio de White tuvo estas características. Sin embargo, varias personas no locales de lugares aún desconocidos se encontraron en los entierros.

Existe la tentación de pensar que la presencia en Kaminaljuyu de objetos relacionados con Teotihuacan indica que los muertos aún mantuvieron una identidad étnica teotihuacana, pero los objetos representados en las tumbas, el patrón de los mismos y la posición de los enterramientos no reflejan lo poco que conocemos de patrones funerarios en Teotihuacan. Además, la carencia de jarras Tlaloc, un artículo identificado con la religión popular de Teotihuacan encontrado entre las ofrendas de la Pirámide de Quetzalcoatl, sugiere que los individuos enterrados en los Montículos A y B, y la Palangana, no practicaron los mismos ritos cotidianos de sus compañeros mexicanos.

Finalmente, no existe evidencia que ningún individuo de los enterrados en los Montículos A y B haya nacido y fuera educado en Teotihuacan, aunque es posible que uno de éstos hubiese vivido algún tiempo en esta última ciudad.

A causa de que los objetos relacionados con Teotihuacan se manipularon de maneras muy diferentes en el centro de Guatemala es razonable suponer que los individuos encontrados en las tumbas de Kaminaljuyu no fueron Teotihuacanos.

En resumen, los artefactos relacionados con la Cuenca de México se presentan solamente en contextos limitados de Kaminaljuyu. Estos contextos son las tumbas elaboradas de los Montículos A y B, y de la Palangana. Un elemento arquitectónico del Centro de México, el talud-tablero, se encuentra también en las mismas áreas del sitio. En escalas particulares de análisis, a nivel del artefacto o de estructura, la interacción con el Centro de México es evidente. En escalas tanto más grandes o más pequeñas, es difícil o imposible detectar el impacto de relaciones con Teotihuacan. Este fenómeno lo explico como la manipulación de símbolos y artefactos de la Cuenca de México en contextos culturales del Altiplano guatemalteco.

¿Cómo se explica la presencia de artefactos y elementos arquitectónicos relacionados con Teotihuacan en Kaminaljuyu? Una posibilidad que destacan Demarest y Foias (1993), es que resultan de una emulación simbólica por las elites locales Mayas. Es probable que ésta abarque una sección del contexto, pero los análisis de escala revelan una contradicción adicional: los artefactos relacionados con Teotihuacan se hallan casi exclusivamente en contextos funerarios. Si un refuerzo de status fuera el objetivo principal del consumo de estos bienes, ¿porqué no se encuentran en lugares más públicos? Una razón posible es que la elite de Kaminaljuyu participara en un culto pan-mesoamericano que manipulaba los símbolos del Centro de México.

Este culto pudiera enfocarse hacia la guerra y probablemente en un “mito de llegada” que compartían algunas culturas mesoamericanas. Un modelo semejante de este culto se ha propuesto para el fenómeno Chavín y el “horizonte” Olmeca y, más recientemente, para la presencia de arquitectura e iconografía del Centro de México del Epiclásico en las Tierras Bajas Mayas del Norte (Ringle et al. 1998).

Tal vez la introducción de este culto en Kaminaljuyu pueda atribuirse a relaciones frecuentes y directas con los vecinos de la Costa del Pacífico de Guatemala, en vez de relaciones directas con gente teotihuacana. Los modelos de colonialismo basados en el determinismo económico ya no son suficientes para explicar la interacción Maya-Centro de México durante el periodo Clásico Temprano.

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Figura 1 Estructura B-4, Kaminaljuyu (Kidder et al. 1946:figura 113)

Figura 2 El Perén, San Martín Jilotepeque (Braswell 1996:figura 6.13)

Figura 3 El Templo de Quetzalcoatl (izquierda), Montículo A (centro), y Montículo B (derecha) (Kidder et

al. 1946:figuras 103 y 110; Sugiyama 1996)

Figura 4 Tumba A-IV, Kaminaljuyu (Kidder et al. 1946:figura 26)

 

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