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033 Mesoamérica y Centroamérica: El Salvador como zona cultural intermedia José Vicente Genovez Costaneda – Simposio 26, 2012

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033 Mesoamérica y Centroamérica: El Salvador como zona cultural intermedia

José Vicente Genovez Costaneda

 

XXVI Simposio de Investigaciones
Arqueológicas en Guatemala
Museo Nacional de Arqueología y Etnología
16 al 20 de julio de 2012
Editores
Bárbara Arroyo
Luis Méndez Salinas

 

Referencia:

Genovez Castaneda, José Vicente
2013 Mesoamérica y Centroamérica: El Salvador como zona cultural intermedia. En XXVI Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 2012 (editado por B. Arroyo y L. Méndez Salinas), pp. 397-403. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala.

 

Mesoamérica y Centroamérica: El Salvador como zona cultural intermedia
José Vicente Genovez Castaneda
Palabras clave
Mesoamérica, Centroamérica, El Salvador, área cultural, historia cultural,
Periferia Sur Mesoamericana, fronteras culturales.

Abstract
The Salvadorian territory has been totally or partially included in various cultural area concepts, frames of reference in the historical construction of those human groups involved in them; for example: Mesoamerica, Mesoamerican South Periphery or Mesoamerican Intense Influence Zone. It is tried in this opportunity to revitalize some elements for reflection around the belonging of El Salvador to such areas as an ancient sociocultural scene.

Con frecuencia, en Arqueología se construyen amplios marcos de conocimiento sobre rasgos socioculturales identificados en antiguos grupos originarios como objeto de estudio, partiendo –por supuesto– del análisis de sus restos materiales y del contexto en el que éstos se registran. Dichos conocimientos, agrupados de cierta manera (entiéndase categorías, conceptos, modelos teóricos, etc.), apenas representan sólo pequeños segmentos de una realidad del pasado que se intenta comprender desde el presente, pero que se ven usualmente fortalecidos o cuestionados con nuevos hallazgos. Por tanto, algunas de las explicaciones a fenómenos socioculturales de ese pasado que estudiamos, tal cual se proponen, suelen permanecer vigentes sólo por un tiempo, pues están supeditadas al contraste con nuevas evidencias, consolidándose o descartándose.

En ese sentido, la vieja discusión sobre fronteras mesoamericanas y centroamericanas como límites de áreas culturales ha ido alimentándose en años recientes con más elementos teóricos y correspondientes investigaciones arqueológicas y etnohistóricas, permitiendo observar –desde otros puntos de vista– esas diferencias objetivas en el comportamiento de los grupos humanos que habitaron estas grandes regiones.
Esta corta presentación no debe considerarse una meditación acabada, un examen exhaustivo o una introspección rigurosa sobre dónde debe estar El Salvador como escenario sociocultural en la antigüedad del territorio centroamericano. Se piensa, incluso, que quizá ni siquiera vale la pena definir algo como eso en una dimensión práctica y real. Más bien, la pretensión es hacer un ejercicio reflexivo sobre conceptos espaciales con dimensión histórica que probablemente muchos de los lectores ya conocen o de los cuales ya han escuchado, para motivar la discusión sobre los mismos, debido a que con alguna frecuencia son utilizados para contextualizar preguntas sobre hechos históricos que –en tiempos prehispánicos o coloniales– habrían determinado el presente de las comunidades a las que se pertenece, sobre todo en zonas social y económicamente marginadas durante años por gobiernos nacionales en Centroamérica; esos sectores que ni los arqueólogos visitan. Es oportuno reconocer que, al menos sobre sectores “fronterizos” centroamericanos, han sido investigadores de países como Costa Rica, Nicaragua y Honduras quienes más esfuerzos han realizado para hacer nuevas construcciones históricas del periodo prehispánico desde posiciones teóricas más novedosas.

Al considerar el carácter familiar de este simposio como una reunión entre arqueólogos y antropólogos mesoamericanos y centroamericanos, se espera el aporte de los lectores, fluyendo oportunamente, para revitalizar el debate sobre conceptos de área que siguen siendo referentes geográficos en estudios regionales.

Una de las razones que motivaron hace un tiempo al autor, para incursionar en el desarrollo conceptual de zonas o subáreas culturales entre Mesoamérica y la Baja Centroamérica, ha sido el hecho de que en la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos, donde ha tenido formación académica como arqueólogo, se ha visto ineludiblemente arrastrado por la corriente que lleva a la mayoría de los estudiantes hacia el Área Maya, algo normal en un país donde gran parte de su territorio ha sido escenario para la dinámica de grupos humanos con esa filiación cultural a lo largo de miles de años, muchos de cuyos descendientes integran y dinamizan, probablemente, todos los planos de la realidad nacional.

Así, este miramiento hacia lo Maya antiguo, de imponentes ciudades y sorprendentes historias de evolución social, mantiene muchas veces, a los científicos sociales en Guatemala y El Salvador, separados de otros espacios u otras áreas culturales y –subsecuentemente– de otros problemas de investigación a nivel regional, cuyas soluciones podrían ayudar a comprender mejor ciertos fenómenos socioeconómicos o sociopolíticos del pasado, aportando datos en el afán de cambiar para bien la presente realidad. Con interés, por ejemplo, colegas son vistos ahora apoyando estudios en cementerios clandestinos, vergonzosos y conmovedores productos del conflicto armado de la década de 1980 en la parcialidad centroamericana.

La ignorancia también, del autor, sobre el oriente y otros sectores de El Salvador, ha sido motivo igualmente para acercarse al tema que aquí se intenta desarrollar. En una paráfrasis a palabras de Carlos Navarrete, connotado arqueólogo y antropólogo guatemalteco, cuando se refería a su investigación en el sur de Mesoamérica sobre el culto a San Caralampio, quien esto escribe también diría que “a lo mejor soy un improvisado” estudiando la pertenencia del territorio salvadoreño a una zona cultural intermedia entre Mesoamérica y la Baja Centroamérica, pensando más allá –incluso– si lo que uno hace realmente sirve o no en la vida práctica (Morales Santos 1991:149).
Así en todos los demás países centroamericanos, el territorio que sustenta a El Salvador como unidad geopolítica y sociocultural no siempre tuvo fronteras explícitas como sucede ahora, las que son producto sumario de hechos y fenómenos diversos ocurridos durante los últimos 500 años. Esta porción geográfica ha sido incluida total o parcialmente en definiciones de áreas o zonas culturales diversas; por ejemplo: Mesoamérica y Periferia Sur Mesoamericana (Kirchhoff 1960; Matos 1982; Monjarás-Ruiz, Brambila y Pérez-Rocha 1985), Subárea Maya (Manzanilla y López Luján 1990; Matos 1982; Rivera Dorado 1986), Periferia Maya del Sureste (Baudez 1986; Demarest y Sharer 1986; Sharer 1974, 1978; Willey et al. 1966), Subárea Centroamericana (Solares Carraro y Vela Ramírez 2000), Baja Centroamérica (Lange y Stone 1984; Stone 1976), Zona Central de Centroamérica o Zona de Intensa Influencia Mesoamericana (Carmack 1994).

Las áreas o zonas culturales son espacios geográfico-temporales, habitados por grupos poblacionales que manifiestan muchos elementos en común dentro de sus modos de vida, como producto de relaciones sociales, políticas y económicas, generalmente de naturaleza diacrónica y fuertemente vinculadas con el medio en el que se han desarrollado. Dichos rasgos pueden superar otros que, en territorios más o menos concretos, les definen identatoriamente; tal es el caso de su propio idioma. En este sentido, la dimensión étnica de los grupos podría ser superada en un área cultural. A pesar de que se trata de conceptos propuestos hace muchas décadas y manejados por la historia cultural norteamericana durante buena parte del Siglo XX (Viqueira 2001), todavía siguen siendo utilizados, al menos como referencias comparativas en la aplicación de conceptos de otros modelos teóricos a grupos originarios arqueológicos en Centroamérica (puede consultarse, por ejemplo, los trabajos de Carmack 1994; Fonseca 2002; Ibarra y Salgado 2010).

La dimensión del debate sobre diversos fenómenos dinámicos en El Salvador, en tanto “zona fronteriza”, como contrariamente sucede en otros países de la región, quizá no sea tan grande como debiera serlo; aunque se mantiene y siempre se ha aceptado poseer en su territorio, innegables evidencias de afinidad cultural con Mesoamérica. Desde otros espacios académicos, varios investigadores sugieren, sin embargo, que debemos ver la historia de la zona central centroamericana (territorio salvadoreño incluido) como una historia dentro de otra; es decir, que muchos de los grupos humanos asentados aquí estuvieron ciertamente impactados en diversa medida por aquellos de origen mesoamericano (algunos hasta suplantados o desplazados), pero que desarrollaron manifestaciones muy propias como respuesta a estas influencias y a sus propias necesidades y condiciones (Hasemann y Lara Pinto 1994).

El territorio salvadoreño ha sido sostenidamente integrado en la superárea cultural mesoamericana, que abarca prácticamente la mitad sur del actual territorio mexicano, la totalidad de los territorios guatemalteco y beliceño, así como los sectores occidental y sur de Honduras, la costa pacífica de Nicaragua y la península de Nicoya en Costa Rica, a decir de la ya etérea definición de Kirchhoff (1960). Casi nadie objeta ahora, sin embargo, sobre la “flexibilidad” de los límites de esta superárea y la posibilidad de aceptar nuevas proyecciones diacrónico-geográficas para dichas fronteras, tomando en cuenta que cada año se tienen nuevos datos sobre las antiguas sociedades que en ella habitaron.

Cuando los límites de este espacio geográfico–cultural fueron sugeridos por Paul Kirchhoff hace casi setenta años (Ibíd.), propuso que el límite sur de Mesoamérica estuviese representado por el corredor que existe en Honduras desde la desembocadura del Río Ulúa, pasando por el valle de Comayagua, hasta la península de Nicoya en Costa Rica, abarcando la depresión del Pacífico en Nicaragua, incluyendo los grandes lagos. Kirchhoff (Ibíd.) sugirió que el espacio así definido sirvió de escenario al desarrollo de varias civilizaciones que, a través de cientos o miles de años, se interrelacionaron y compartieron muchos rasgos culturales comunes.

Eugenia Ibarra y Silvia Salgado (2010:38, parafraseando a Nalda 1990) afirman que esos límites han variado acordes al enfoque utilizado para articular aspectos culturales y sociales del área; dichos enfoques, sin embargo, al margen del marco conceptual de los investigadores, éstos siguen viendo a Mesoamérica como una construcción válida. Las mismas autoras también traen al caso puntos de vista de otros investigadores (Ibarra y Salgado 2010:38–39, citando a Litvak 1975; Blanton y Feinman 1984 y Joyce 2003) sobre el área mesoamericana, quienes respectivamente se refieren a ella como una región integrada por relaciones de intercambio entre zonas ecológicamente diferenciadas y límites definidos por la extensión e intensidad de dichas relaciones; un área como “economía mundo”, o como producto de interacciones cercanas entre pueblos con valores y prácticas sociales comunes.
Casi simultáneamente a la propuesta de Kirchhoff y la subsiguiente aceptación del concepto de Mesoamérica, se manejaba –como unidad con cierta afinidad cultural– el de Centroamérica, para referirse al territorio que desde los ríos Lempa en El Salvador y Ulúa en Honduras se encuentra hasta el norte de Colombia, argumentándose que sus rasgos compartidos se habrían originado fundamentalmente en Sudamérica. Se indicaba, además, que los pueblos de filiación mesoamericana en Nicaragua y Costa Rica llegaron ahí sólo tardíamente. Ya en dichos trabajos se revelaba una mixtura de rasgos culturales mesoamericanos y centroamericanos en la franja del Pacífico, desde el oriente de El Salvador hacia el sur. El marco de estas construcciones fue básicamente el de la historia cultural, siendo importantes las síntesis arqueológicas regionales publicadas en el Middle American Indians, donde muchos mesoamericanistas reconocían que la periferia sur de Mesoamérica debía considerarse como una subregión, debido a la fuerte mezcla cultural con la Baja Centroamérica a lo largo de todo el periodo prehispánico, argumentando, incluso, que la mayor parte de esta área tenía un origen independiente (Steward 1963 y Wauchope 1964, cit. pos. Carmack 1994:42–44).

Las ideas en torno a Mesoamérica fueron consolidándose durante buena parte del Siglo XX; pero los desarrollos culturales en el istmo sur centroamericano no tuvieron los mismos consensos que en la parte norte. Múltiples modelos para explicarlos fueron formulados, apareciendo el de Área Intermedia, Área Circumcaribe y Baja América Central (Ibarra y Salgado 2010:39, citando de manera correspondiente a Willey 1959; Steward 1948 y Lange 1984). Para la misma región, Oscar Fonseca propuso el modelo de Área Istmo–Colombiana, sumando el producto de trabajos previos realizados por investigadores del Área Intermedia (Ibíd.).

Constenla (1991, cit. pos. Ibarra 1999:22), quien propuso el área lingüística Colombiano-Centroamericana, correspondiente al Área Cultural Intermedia, donde no incluye el noroeste de Costa Rica y la costa del Pacífico de Nicaragua, debido a que allí se hablaban lenguas mesoamericanas. El autor distinguió dos subáreas de la misma: una norte, que abarca lenguas identificadas desde el norte de Costa Rica hasta Honduras y El Salvador; y una central, que abarca las lenguas Chibchas de Panamá y el sur de Costa Rica, así como las lenguas Chocoes de Panamá y Colombia.

Hace algunos años, FLACSO publicó una historia centroamericana donde en el Tomo I los autores incluyen a El Salvador en una división denominada Zona Central, integrando todo el territorio hondureño y la franja costera del Pacífico en Nicaragua, sin agregar –obviamente– las franjas de Honduras y El Salvador que se aceptan como Mayas; es decir, sus porciones occidentales. Así, la Zona Norte de Centroamérica corresponde al Área Maya (Guatemala, la península de Yucatán el Soconusco y Belice), mientras que la Zona Sur se compone del oriente nicaragüense, Costa Rica y Panamá, indicando que es aquí donde se tiene principalmente los grupos de filiación suramericana, con frecuencia incluida en la región Chibcha, junto a Colombia (Carmack 1994). Los autores aducen que es la Zona Central la parte centroamericana que recibió un gran número de intrusiones mesoamericanas, desde por lo menos 1000 AC y hasta el arribo de los españoles. Tales intrusiones estarían representadas por fenómenos de comercio, guerra y migraciones a gran escala.

Hasemann y Lara-Pinto (1994) manifiestan que la Zona Central del territorio centroamericano ha sido considerada como una frontera cultural de Mesoamérica propiamente dicha; es decir, una zona de intrusión, de intercambio de bienes e ideas con grupos de organización política y socioeconómica menos complejas (digamos cacicazgos), asumiendo que en Mesoamérica los grupos conformaron estados, al menos para ciertos periodos. En otro punto de vista, la Zona Central de Centroamérica debe verse como un mosaico de grupos constituidos regionalmente, interactuando con cierta independencia de Mesoamérica, pero manteniendo intensa y periódica comunicación con grupos de esta última área. En otras palabras, y aquí se cita textualmente a los autores antes mencionados (1994:154) “…las influencias provenientes de las culturas mesoamericanas pueden haber dejado una fuerte e inconfundible marca en las sociedades de la Zona Central, pero éstas no estaban necesariamente sometidas o eran dependientes de sus precoces vecinos hacia el occidente”. De manera particular, quien esto escribe, piensa que es aquí donde se tiene gran parte de El Salvador; esa zona translempina que todavía no se conoce lo suficiente, ni antropológica, arqueológica e históricamente, pero que está mostrando de a poco las evidencias que darán con el tiempo la razón (Amador 2011; Bello-Suazo 2005; Erquicia 2005; Escamilla y Shibata 2005; entre otros).

Fenómenos no androgénicos parecen haber sido claves en ese estira y encoge de tales influencias regionales a través de los siglos en la región, significando eventuales rompimientos o generadores de dichas dinámicas, según haya sido la ubicación geográfica o de relaciones sociopolíticas que los grupos humanos hayan mantenido. Uno de los más abordados es la erupción de la caldera de Ilopango que, en la Arqueología Regional –principalmente para El Salvador– es un evento obligado a tomar en cuenta para explicar la evolución sociocultural de las antiguas civilizaciones locales. Algo así como el conflicto armado interno en nuestra historia reciente, el evento de Ilopango es un parteaguas en la historia prehispánica de El Salvador, debido a la tremenda destrucción o modificación del medio y la desmembración sociopolítica y económica que dicha erupción habría provocado hace unos 1,500 años, en el Siglo V DC. Tal explosión, cuyo impresionante foco es el mismo espacio o cráter que ahora ocupa el lago de Ilopango al este de San Salvador, habría destruido todas las poblaciones en varios kilómetros a la redonda, alcanzando las cenizas (en capas hasta de varios metros de espesor) un área estimada de más de 10,000 km cuadrados, es decir, el equivalente a la mitad del actual territorio salvadoreño, pero hacia el norte y el occidente (Amaroli y Dull 1999; Dull, Southon y Sheets 2001; Hasemann y Lara-Pinto 1994).

Se ha comprobado que en ciertas partes de la Zona Central de Centroamérica, sobre todo en los valles centrales de Honduras, hay inusitados indicios de crecimiento poblacional y que se interpretan como consecuencias indirectas de la erupción de Ilopango, pues se asume ocurrieron grandes migraciones en esta dirección y hacia el actual territorio de Guatemala debido a modificación radical del paisaje en el centro de El Salvador y la consecuente inutilidad de las tierras para sobrevivir. Copán también crece hacia el 500 DC, coincidiendo con el momento del evento (Hasemann y Lara-Pinto 1994:161–162). Habría que buscar sustento para las sospechas de que en este periodo también hay cortes en la secuencia de los restos materiales para varias zonas del sureste mesoamericano, principalmente en la Costa Sur y las colindancias con el actual territorio salvadoreño en el sector de Tierras Altas. Esto debido a que los grupos humanos de tal región habrían mantenido fuertes relaciones ideológicas y económicas durante varios siglos en el periodo Preclásico y los inicios del Clásico, frecuentemente sugeridas por la identificación de esferas cerámicas (Andrews 1986:239–240; Demarest y Sharer 1986; Ministerio de Obras Públicas 1979; Sheets 1984; entre otros).

Otro fenómeno que habría determinado la cualidad de las relaciones entre grupos mesoamericanos y de la zona intermedia es el de las inmigraciones de grupos Nahuas a esta región, procedentes del centro de México. Los grupos Pipiles, que habrían empezado a llegar a estas tierras desde el 850 ó 900 DC, muy probablemente desplazaron poblaciones locales u ocuparon pequeñas –pero importantes– regiones que para el final del primer milenio después de Cristo estaban abandonadas como consecuencia del colapso del sistema sociopolítico entre los Mayas y otras civilizaciones del sur de Mesoamérica, fenómeno que también generó nuevas dinámicas de relación en la Zona Central Centroamericana. Estos grupos de hablantes de Nahua habrían de cambiar la dinámica histórico–social del actual territorio salvadoreño y el sur de Mesoamérica en los últimos 500 años del periodo prehispánico, siendo aquellas poblaciones que encontraron los españoles a su llegada a estas tierras en al menos dos tercios de su área (Amaroli 1991; Fowler Jr. 1983, 1989, 1995; Hasemann y Lara-Pinto 1994, entre otros).

Las lenguas habladas entre los distintos grupos centroamericanos, uno de los rasgos más importantes de cultura intangible, suelen ser elementos referenciales de culturas mesoamericanas o “centroamericanas”. Los estudios lingüísticos para la región han sido relativamente numerosos desde hace décadas y se acepta –casi tácitamente– que hacia el Siglo XVI, en la porción norte de la Zona Central Centroamericana se encontraban representados los grupos con rasgos lingüísticos y culturales propiamente mesoamericanos (principalmente Pipiles y Chorotegas); mientras los grupos de la porción sur (sobre todo el oriente de Honduras y el centro–norte de Nicaragua) eran de tradición cultural y origen lingüístico sureño (entiéndase Payas, Sumus, Miskitos, Matagalpas y Ramas). Mientras tanto, Costa Rica y Panamá han sido propuestos como parte del territorio Chibcha (Hasemann y Lara-Pinto:173–180). Al momento de contacto con los españoles y en los siglos venideros, varios peninsulares y criollos indicaron en sus escritos sobre la existencia de grupos de habla Chortí y Pokomam en el oeste y noroeste del actual territorio salvadoreño, mientras que para el oriente se menciona a los Lencas, Ulúas, Matagalpas y Cacaoperas, siendo considerados estos tres últimos como de filiación sureña (Amaroli 1991; Campbell 1980; Chapin 1991; Richards 1998).

Ahora bien, para entender mejor la historia de estos grupos, y consecuentemente conocer mejor la historia salvadoreña como la historia de una sociedad globalizada (entiéndase El Salvador como nación en medio de otras con procesos históricos semejantes), valdrá la pena abordarlos desde una perspectiva que visualice los sistemas de valores que les constituyeron como grupos étnicos y que rigen los propios procesos de interacción social. Es decir, y como lo indica Lara Martínez (1993:6), hay que rebasar el mero registro de rasgos culturales observables. Me parece pertinente citar aquí algunos párrafos reflexivos de Fernando López Aguilar y Guillermo Bali (1995) luego de exponer una crítica a Mesoamérica como concepto central de la Antropología y la Arqueología regional: “Sabemos que para comprender el espacio mesoamericano se necesita una gran acumulación de datos, aunque el problema actual es cómo ordenarlos, desde cual teoría fueron construidos y el sentido que tienen para los nuevos enfoques. La interpretación tradicional se hace a partir de los restos materiales, lo que reduce definitivamente las posibilidades de conocimiento, pues el pasado es leído desde esa limitación, y, segundo, la lectura se hace desde la ciencia tradicional y su carga cultural eurocentrista…(p. 88). Otra dificultad para el entendimiento de Mesoamérica radica en que los espacios no están enmarcados por límites territoriales, culturales, temporales o etnográficos, sino que los límites los fijan las propias interacciones, su contigüidad con el sistema vecino…(p. 89). Las fronteras debieron tener, desde el punto de vista espacial y temporal, distintos grados de desarrollo, lo que permitió el florecimiento de sistemas locales, con un grado de organización, de concepción cosmológica, de riqueza religiosa y social reflejados en la ‘cultura material’ (p. 92).

Como argumentan Ibarra y Salgado en uno de sus trabajos sobre áreas culturales del sur centroamericano (2010:40–41), evaluando planteamientos de varios autores (v.g. Braudel, Cardozo y Pérez Brignol) en torno al fenómeno de interconexión entre culturas y civilizaciones, la definición de límites territoriales para estudiar ciertos universos es una tarea difícil; toda delimitación territorial es abstracta; dentro de un espacio determinado, las relaciones entre éste y los seres humanos son dinámicos y cambian constantemente debido a razones demográficas, organizacionales, tecnológicas y del entorno. Por lo tanto, los límites definidos en cualquier caso deben ser vistos como construcciones relativas, que, además, no deben de ser interpretados como barreras infranqueables para la interacción entre los pueblos situados a ambos lados de los mismos.

Agradecimientos
Es oportuno agradecer a las autoridades académicas y al personal administrativo de la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad de El Salvador, así como a las correspondientes de su Escuela de Ciencias Sociales “Lic. Gerardo Iraheta Rosales”, por el apoyo para presentar este trabajo en el XXVI Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala. En ese sentido, se extienden igualmente los agradecimientos a cada una de las personas miembros del Comité Organizador del XXVI Simposio, así como al personal del Museo Nacional de Arqueología y Etnología de Guatemala, por los espacios y las atenciones brindadas. A mi familia, por tantas horas cedidas dedicadas a la Arqueología.

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