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031 Obrajes industriales para beneficiar xiquilite en la intendencia de San Salvador del Reino de Guatemala: un estudio arqueológico histórico de la producción de añil en las haciendas coloniales. José Heriberto Erquicia Cruz – Simposio 26, 2012

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031 Obrajes industriales para beneficiar xiquilite en la intendencia de San Salvador del Reino de Guatemala: un estudio arqueológico histórico de la producción de añil en las haciendas coloniales.

José Heriberto Erquicia Cruz

 

XXVI Simposio de Investigaciones
Arqueológicas en Guatemala
Museo Nacional de Arqueología y Etnología
16 al 20 de julio de 2012
Editores
Bárbara Arroyo
Luis Méndez Salinas

 

Referencia:
Erquicia Cruz, José Heriberto
2013 Obrajes industriales para beneficiar xiquilite en la intendencia de San Salvador del Reino de Guatemala: un estudio arqueológico histórico de la producción de añil en las haciendas coloniales. En XXVI Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 2012 (editado por B. Arroyo y L. Méndez Salinas), pp. 375-384. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala.

 

Obrajes industriales para beneficiar xiquilite en la intendencia de San Salvador del Reino de Guatemala: un estudio arqueológico histórico de la producción de añil en las haciendas coloniales
José Heriberto Erquicia Cruz
Palabras clave
El Salvador, haciendas coloniales, obrajes de añil, época colonial.

Abstract
Since the 17TH century, in the province of San Salvador indigo became the main product for export until the end of the colonial era at the beginning of the 19th century. Around 1750, the province had an estimated more than six hundred obrajes serving to benefit the Xiquilite and produce ink from Indigo, which both provided wealth to the Kingdom of Guatemala. This article presents the hydraulic obrajes industrial type, found in the large estates anileras, located in the current Salvadoran departments of La Paz and San Vicente; which have been documented by the third stage of the project for recognition and registration of sites archaeological historical of El Salvador, which is carried out from the technological University of El Salvador.

Introducción
El presente artículo, deriva de una investigación más extensa sobre haciendas coloniales añileras y sus obrajes, la cual se denomina: Proyecto de registro y reconocimiento de sitios arqueológicos históricos de El Salvador. Fase III. Azul índigo: los obrajes coloniales de añil de San Vicente y La Paz. Dicha investigación fue subvencionada por la Universidad Tecnológica de El Salvador.
Desde el Siglo XVII, en la provincia de San Salvador, el añil se fue convirtiendo en el principal producto de exportación hasta el fin de la época, a inicios del Siglo XIX. Hacia 1750, dicha provincia contaba con un estimado de más de 600 obrajes que servían para beneficiar el xiquilite y producir la tinta de añil, que tanto proporcionó riqueza al Reino de Guatemala. El descubrimiento de añil en los territorios hispanoamericanos fue de gran interés comercial para España; así, el tinte que se obtenía del xiquilite se encontraba entre los productos de mayor aprecio para la exportación durante la época colonial, a tal grado que llegó a conocerse como el “oro azul”.

Los objetivos de este proyecto de investigación eran los de registrar y documentar haciendas y obrajes de añil, de la época colonial y primera mitad del Siglo XIX, localizados en la zona paracentral de El Salvador. Además de elaborar de cada lugar investigado, una ficha de registro de sitios arqueológicos históricos, la cual se ha utilizado en las fases anteriores de este proyecto.

Con ello, la investigación se enmarcó en el estudio de sitios arqueológicos históricos que están referenciados por las fuentes etnohistóricas, documentales, archivos y la oralidad, los cuales se reconocieron y evidenciaron en el campo a través de las técnicas de la metodología de campo en Arqueología. Aunque se documentaron más de una docena de obrajes para beneficiar añil de la época colonial, en este trabajo se discutirá sobre los obrajes de tipo hidráulicos, los cuales tienen diversas características para una producción industrial de la tinta de añil.

Para la investigación se definió a la Arqueología Histórica como, el estudio en el que convergen dos ciencias sociales; la Arqueología y la Historia. Una estudiando e interpretando los restos materiales dejados por las sociedades del pasado; y la otra, complementando la investigación e interpretación a través de los documentos escritos desde la sociedad que construyó los restos materiales y que la Arqueología encuentra en el presente.

El xiquilite o añil
El añil es un tinte de color azul que se obtiene de una planta que crece silvestre en varias zonas calientes de Mesoamérica (Amaroli 1996). El añil pertenece al género Indigofera y a la familia de las Leguminosae. En América se cuenta con un estimado de 50 especies nativas, pero la que resaltan son la Indigofera suffructicosa y la Indigofera guatemalensis (Aguirre 2010). Éstas son dos plantas que poseen numerosos nombres comunes, entre los que se acentúan: añil y jiquilite o xiquilite (Batres et al. 2005). El añil o índigo se encuentra en un gran número de plantas del género Indigofera, pero se extrae principalmente de la Indigofera tinctoria, que es la más rica materia colorante (Dorat 1859).

Jiquilite viene del Nahua xihuitl (color azul o verde) y quilitl (hierba), que juntas significan: “la hierba que produce el color azul o verde” (Kojima 2000). El añil es conocido también como índigo; sin embargo, el término común de la planta que produce añil es xiquilite o jiquilite, del Nahua cuya versión azteca es xiuhquiltl: “yerba turquesa” (Amaroli 1996). La planta o arbusto del añil puede medir de 1.5 a 1.8 m de altura, sus hojas se componen de tres a siete pares de pequeñas hojuelas que miden de 2.5 a 4 cm, y son de forma ovadoblongas (Aguirre 2010). Las diversas variedades del arbusto indigofera son originarias de Asia y América, y se conocen en todo el mundo (Browning 1998).

Las especies de índigo reconocidas en El Salvador, según Choussy (Tomado de Clará de Guevara 1976), son: Indigófera guatemalensis Moziño y Sessé, la cual se difundió en las zonas de San Vicente, San Salvador y Chalatenango; Indigófera Suffructicosa Miller o “jiquilite-cornezuelo”; Indigófera Lespedezoides H.B.C. o “Guapito”, en las zonas de Santa Ana y Chalchuapa; y la Indigófera Mucronata Sprengel o “San Miguel”, que se encuentra en todo el territorio salvadoreño.

La extracción de tinta de añil en la época prehispánica
En tiempos prehispánicos en Mesoamérica el añil era de gran importancia, los antiguos habitantes de México y Centroamérica conocían las propiedades de la planta, las cuales usaban como pigmento y como medicina (Browning 1998). La producción prehispánica del añil se puede observar en el llamado “azul maya”, un pigmento de fuerte color azul a azul-verde que se encuentra en murales, códices, sobre cerámica y en jícaras descubiertas en Joya de Cerén (Amaroli 1996). Asimismo, este tinte azul se utilizaba para teñir textiles, ropa, plumas, fibras y el cabello de negro (Aguirre 2010; Batres et al. 2005). En cuanto a sus usos medicinales, se dice que se utilizaba para enfermedades de la cabeza y úlceras, entre otros (Batres et al. 2005). Según Amaya (2006), los indígenas mesoamericanos, antes de la llegada de los europeos al continente americano, extraían y procesaban el añil en ollas o canoas de madera de la siguiente manera:
“En éstas colocaban el monte, lo prensaban y probablemente ponían una piedra sobre el monte para mantenerlo sumergido. Seguidamente, le vertían el agua hasta que cubría todo el contenido y lo dejaban reposar por algún tiempo hasta que fermentaba. Después sacaban el monte y batían el agua fermentada, dándole aire posiblemente con un guacal (recipiente hondo), hasta que el agua cambiaba su color amarillo en azul intenso, formándose el grano de tinta. Llegado a ese punto le ponían el cuajo –sustancia de las hojas de cuajatinta- la dejaban reposar para que la tinta asentara. Finalmente canteaban la olla o canoa para botar el agua limpia, quedando en el fondo el lodo o agua espesa del añil” (Amaya 2006:5).

La descripción de Amaya es similar al retrato que realiza fray Francisco Ximénez en 1722, sobre cómo se produce la tinta del añil o jiquilite, aunque parece que la descripción es más cercana a la manera de extracción de añil de los obrajes más artesanales durante la época colonial:

“Echando la hierba en remojo y después batiendo aquel agua, y en estando ya de punto, se cuaxa la tinta echándole un poco de agua, en que se ha tenido la hoja de un árbol que llaman tiquilote en remojo. Y se asienta toda en el fondo de la pila, y sacada el agua sácanla como lodo a secar al sol, y no tiene más beneficio” (Ximénez 1967:248).

Extracción de tinta de añil durante el periodo colonial
El descubrimiento del añil en las posesiones americanas de España fue de primordial importancia comercial para la metrópoli. Con ello inició una detallada comunicación entre España y las autoridades coloniales, acerca de los métodos de cultivo y el beneficio de aumentar el cultivo y producción del añil (Browning 1998). Para esta época, el tinte que se obtenía de dicho vegetal se hallaba entre las mercancías con mayor valor de exportación entre las colonias y Europa. Este producto llegó a conocérsele como el “oro azul”, pues era altamente cotizado por la industria textil hasta finales del Siglo XIX (Aguirre 2010).

Para 1526, Gonzalo Fernández de Oviedo, en el sumario de la Natural Historia de la Indias, recalca que los indígenas hacen de ciertas plantas y yerbas tintes para teñir las mantas de algodón que pintan de negro, verde, azul, amarillo y colorado (tomado de Casín de Montes 1972). En la jurisdicción de Guatemala, en una Cédula Real de 1532, se solicita ser informado sobre qué “pastel u horchatilla” hay en dicha jurisdicción (Gall 1968, tomado de Amaroli 1996). Hacia 1538, la reina solicita que se experimente con el pastel de Nueva España. Probablemente los ensayos tuvieron éxito, pues el año siguiente 1539, se autoriza a que compren un hato (terreno) en la Nueva España, para la granjería de pastel/añil (Casín de Montes 1972). Años más tarde, fray Bernandino de Sahagún en su Historia General de las Cosas de la Nueva España, de mediados del Siglo XVI, describe sobre la extracción de añil: “Hay yerba en las tierras calientes que se llama Xiuhquilitl, mojan esta yerba y exprímele el zumo, y échanlo en unos casos; allí se seca o se cuaja. Con este color se tiñe lo azul obscuro y resplandeciente, es color preciado” (Sahagún 1998: 470).

Según Rubio (1976), es ya en 1575 que el cultivo, extracción, producción y la industria del añil están presentes y de forma sólida en Centroamérica. Escalante Arce (1992) muestra que, para 1572, se está comerciando añil de la jurisdicción de San Salvador hacia España vía Puerto Caballos, Honduras. Hacia finales del Siglo XVI, la producción de añil se encontraba bien establecida en la Audiencia de Guatemala. Muestra de ello es que en 1577 se recibieron en España mil libras de añil procedentes de Puerto Caballos (Browning 1998).

En 1610 se continuaron elaborando los informes y estudios de la planta, hasta llegar a dictar una reglamentación del cultivo y beneficio del añil (Casín de Montes 1972). Antonio Vázquez de Espinoza recorre el Reino de Guatemala en 1613 y reside en la ciudad de Santiago entre 1620 y 1621; redacta un texto de gran importancia para el aprovechamiento del jiquilite, pues ahí se entendería todo en torno a su extracción y producción (Casín de Montes 1972). A finales del Siglo XVII, Centroamérica enviaba 500,000 libras de añil hacia Europa. Dicha cifra se vería duplicaba durante el Siglo XVIII (Browning 1998). Durante la Colonia, el añil, el cual había sido producido en la región desde el Siglo XVI, se convirtió en el principal producto de exportación de la provincia de San Salvador y la base económica de la élite (Lindo-Fuentes 2002), hasta el primer cuarto del Siglo XIX.

Como afirma Fernández (2003), el cultivo del xiquilite y la producción de la tinta fueron la columna vertebral de la economía de exportación de Centroamérica hacia finales de la Colonia. Aunque el tinte y su exportación se habían llevado a cabo desde el Siglo XVI en el Reino de Guatemala, no fue sino hasta la segunda mitad del Siglo XVIII, que se convirtió en el producto motor de la economía centroamericana (Ibíd.). Con todo ello, la producción de añil convirtió a Centroamérica en el principal productor de este rubro, del hemisferio occidental, durante los 300 años que duró el periodo colonial. Además, durante los Siglos XVII y XVIII se reconocía al añil centroamericano a escala mundial, como el colorante de mejor calidad (Ibíd.).

Tipologogía de los obrajes para el beneficio del añil
Las fuentes documentales e historiográficas, así como los estudios arqueológicos y etnográficos, muestran una tipología o, más bien, una serie de características en las cuales se pueden clasificar algunos de los obrajes documentados en esta fase de investigación. Para ello es importante mencionar esos estudios en donde se aborda dicha temática.

Según Amaya, los ejemplares de obrajes de añil de los cuales se ha obtenido documentación son de tres tipos: obrajes de pilón, estos consisten en una sola pila grande hecha de mampostería (Amaya 2006), los cuales parecen ser muy escasos, pues fueron prohibidos por la autoridades coloniales; obrajes reales, se refieren a estructuras que constan de tres pilas en desnivel; obrajes hidráulicos, se sitúan en las grandes haciendas añileras, se trata de complejas estructuras que pueden contar con cinco a siete pilas de gran tamaño y contienen una canaleta para rueda hidráulica (Batres et al. 2005).

Por su parte Aguirre (2010), basado en un registro etnográfico y las descripciones de Moziño (1976), presenta, para el territorio mexicano, tres tipos de obrajes: el artesanal, probablemente de una sola pila o pilón; los obrajes simples, los de tres pilas escalonadas, que Amaya denomina obrajes reales; y los obrajes con rueda de molino hidráulico, o con ruedas horizontales tipo catarina, que vendrían a ser los obrajes hidráulicos.

Desde la Arqueología se han documentado varios obrajes para la producción de tinta de añil en El Salvador; como los de San Gerardo (Valdivieso 2005) y en las vertientes del río Torola (Valdivieso 2009), todos del departamento de San Miguel; el mejor registro y documentación que se tiene, hasta el día de hoy, es el obraje de añil hidráulico que se excavó en el sitio arqueológico de San Andrés en el valle de Zapotitán, La Libertad, a mediados de la década de 1990 (Amaroli 1996; Gallardo 1997).

Obrajes industriales documentados
Durante el primer tercio del Siglo XVII se introduce el sistema de producción en obrajes. Esto significó un proceso de producción más firme, ya fuera por medio de los obrajes con ruedas los cuales eran movidos por fuerza hidráulica o fuerza animal. Así, la tecnología de procesar el jiquilite en los obrajes no sufrió cambios fundamentales durante todo el tiempo colonial y en el Siglo XIX (Fernández 2003).

Cada una de las tres pilas tenía su propia función, así la primera servía para la maceración, lo cual propiciaba la separación de las substancias solubles a través de la inmersión de la planta en agua; el batido, con lo cual se revolvía el líquido que resultaba de la maceración oxigenándolo y logrando el color azul; para luego seguir el proceso de decantación de los sedimentos que resultaron del anterior proceso, y luego vendría el secado (Aguirre 2010).

Esta forma de procesar el xiquilite fue la más habitual. Sin embargo, es claro que el remover o batir la gran cantidad de líquido en las pilas de batido con tan solo una pala por medio de la fuerza de los trabajadores, y en algunos casos por bestias de carga, era un trabajo arduo y un enorme esfuerzo, por lo que se incorporaron las ruedas de molino hidráulicas, las cuales estaban adaptadas con palas para batir (Aguirre 2010). Esto resultó innovador para los grandes productores, y así aprovecharon dicha tecnología para aplicarla en nuevos obrajes industrializados, los cuales eran más grandes. Por lo tanto, obtenían más producción del añil a través de la fuerza hidráulica de los ríos.

El desarrollo tecnológico de los obrajes, se fundamentó en el batido de la segunda pila, en donde se utilizó la fuerza hidráulica y el uso de animales, probablemente se mecanizaron todos los obrajes para el Siglo XVII (Fernández 2003).

Sitio arqueológico histórico Achichilco II
El sitio Achichilco II se ubica a 5 km al sureste de la ciudad de San Vicente, en el cantón y caserío Llanos de Achichilco, del municipio y departamento de San Vicente; se sitúa al sur del río Los Tempates y al este del puente de la vía férrea. Se localiza en las coordenadas LN 13º35’48.9’’; 88º 46’08’’LW, a unos 412 m sobre el nivel del mar.
La hacienda Achichilco o San Francisco Achichilco, durante la segunda mitad del Siglo XVIII, fue propiedad del cura y empresario Mateo Cornejo, dicha hacienda se especializaba en la producción de añil y entre otros bienes contaba con 165 mulas (Patch 2006). Por otra parte, es mencionada en la descripción del Estado General de la Provincia de San Salvador: Reyno de Guatemala (año de 1,807), la cual fue elaborada por el Corregidor Intendente de la Provincia de San Salvador, don Antonio Gutiérrez y Ulloa (1962). Como parte de las haciendas del Partido de San Vicente de la Provincia de San Salvador, la hacienda Achichilco aparece como hacienda extraviada del Camino Real a 1 ½ leguas al este de San Vicente, la cual pertenece a don Francisco Merino. En cuanto a su clima es de regular temperamento, pero cálida; se encuentran en ella varios ranchos (de campesinos), los cuales están dedicados en su totalidad al cultivo del añil, maíz, frijol (granos básicos) y otras semillas (Gutiérrez 1962), que probablemente se refiere entre ellas a la mostaza o semilla del xiquilite. Por su parte, Santiago Barberena (1998), en su texto de Monografías departamentales elaborado entre 1909 y 1914, menciona a la hacienda Achichilco como una de las más valiosas del departamento de San Vicente, todavía para el primer cuarto del Siglo XIX y mencionando que su propietario es don Octavio Miranda.

El sitio consiste en los restos de un obraje de añil con ruedas, el cual habría funcionado a partir de energía hidráulica (Fig.1). Obraje conocido como hidráulico, el cual consta de varias piletas (por lo menos cuatro). Se pueden observar dos líneas de piletas escalonadas o en desnivel, así como una pequeña pileta para el proceso de secado; y entre cada pila de batido un espacio o cárcamo como los descritos por Aguirre (2010), en donde se instalaba la rueda del molino que era movida por la energía hidráulica, a través de un canal de agua que en su momento se documentó con un largo de más de 20 m. Por su parte, el obraje se encuentran en mal estado de conservación, pues sobre la estructura colonial existen varias viviendas de los pobladores actuales; muchos de los espacios de las antiguas piletas son reutilizadas, algunos como letrinas, otros, como la canaleta que llevaba el agua hacia el cárcamo que hacía mover la noria o rueda, han sido modificados para diferentes usos, y, por último, los restos de material constructivo mejor conservados son reutilizados para la edificación de las nuevas viviendas. El sistema constructivo del obraje es de cal y canto, piedra y argamasa hecha de cal; además, algunas de sus paredes están elaboradas con ladrillos de barro cocido.

Sitio arqueológico histórico El Marquesado I
El sitio El Marquesado I, se ubica a 6.8 km al sureste de la ciudad de San Vicente, en el caserío Rincón del Sapo del cantón San José Río Frío, del municipio y departamento de San Vicente; se sitúa al este del río Frío. Se localiza en las coordenadas LN 13º35’45.7’’; 88º 44’44.3’’ LW, a unos 380 m sobre el nivel del mar.
La hacienda El Marquesado, aparece mencionada hacia la primera década del Siglo XIX por el Intendente de San Salvador Antonio Gutiérrez y Ulloa (1962). Ulloa la ubica como parte de las haciendas del Partido de San Vicente de la Provincia de San Salvador, la cual describe que se localiza a cinco leguas al sur de la cabecera de San Vicente; la describe como una hacienda de añil, de los herederos de don Pedro Vidaurre (Gutiérrez 1962). Por su parte, Barberena (1998), a inicios del Siglo XX, describe la hacienda El Marquesado como una hacienda valiosa, propiedad del doctor Luis Velasco.

El sitio consiste en los restos de un obraje de añil de los de tipo hidráulico (Fig.2). Presenta al menos unas cinco pilas y un cárcamo en donde se encontraba la rueda que giraba a partir de la energía hidráulica, que llegaba a partir de una canaleta que tenía una extensión de por lo menos 9 m. Una pileta alargada se muestra en la parte superior de las demás pilas, la que probablemente servía como pila de secado. Las pilas del obraje están construidas de cal y canto, piedra, cantos rodados, argamasa de cal y ladrillos de barro cocido. Se encuentra en regular estado de conservación, y es uno de los obrajes más grandes que se ha logrado documentar por este proyecto.

Sitio arqueológico histórico Concepción Ramírez I
El sitio Concepción Ramírez I, se ubica a 0.8 km al sureste de la ciudad de Tecoluca, en el caserío y cantón La Esperanza, del municipio de Tecoluca y departamento de San Vicente; se sitúa al este del río Bravo o El Palomar. Se localiza en las coordenadas LN 13º31’52.7’’; 88º 45’41.7’’ LW, a unos 200 m sobre el nivel del mar.

La hacienda de Concepción Ramírez es mencionada por Gutiérrez y Ulloa (1962). Este la ubica como parte de las haciendas del Partido de San Vicente de la Provincia de San Salvador, y describe que se localiza a tres leguas al sureste de la cabecera de San Vicente; la describe como una hacienda en donde se cultiva y se cosechan algunos granos y semillas; su temperamento es cálido y pertenece al señor Marqués de Aycinena (Gutiérrez 1962). Según Barberena (1998), al inicio del Siglo XX, describe la Hacienda Ramírez como una hacienda valiosa del departamento de San Vicente, propiedad de don José María Ramírez.

El sitio consiste en los restos de un obraje de añil, el cual habría contado con ruedas de molino hidráulico (Fig.3), contiene dos juegos de pilas escalonadas en formación horizontal y no en desnivel vertical, como los obrajes mencionados por Aguirre (2010), para Michoacán, México y otros documentados por este proyecto. Más bien, este obraje es muy similar al reportado, documentado y excavado por Amaroli (1996) y Gallardo (1997) en San Andrés, La Libertad. Así, cada juego de pilas consiste en una pila de remojo y otra de batido en una posición o nivel inferior. Las pilas del obraje están elaboradas de cal y canto, piedra, cantos rodados, ladrillo de barro cocido y mortero de argamasa de cal. Se encuentra en regular estado de conservación.

Sitio arqueológico histórico Concepción Ramírez II
El sitio Concepción Ramírez II, se ubica a 1 km al sureste de la ciudad de Tecoluca, en el caserío y cantón La Esperanza, en un lugar conocido como Las Plazuelas, del municipio de Tecoluca y departamento de San Vicente; se sitúa al sur del río Bravo o El Palomar. Se localiza en las coordenadas LN 13º31’33.9’’; 88º45’55.6’’ LW, a unos 200 m sobre el nivel del mar.

En cuanto a los antecedentes históricos de este sitio, son los mismos del sitio anterior, denominado Concepción Ramírez. Pues resulta que en una sola hacienda podía llegar a tener varios obrajes para producir añil, tal y como se ha documentado en el diversas fuentes históricas, con ello, habían haciendas que podían tener tantos obrajes artesanales, reales o hidráulicos.

El sitio consiste en los restos de un obraje de añil el cual habría contado con ruedas de molino hidráulico (Fig.4). Contiene por lo menos dos juegos de pilas escalonadas en desnivel vertical como otros documentados por este proyecto. Cada juego de pilas consiste en una pila de remojo y otra de batido en una posición o nivel inferior. Las pilas del obraje están elaboradas de cal y canto, piedra, cantos rodados, y se observan algunos ladrillos de barro cocido, todos los cuales se juntan entre sí por medio de mortero de argamasa de cal. Se encuentra en muy mal estado de conservación, pues en algunas partes ha perdido parte de los cimientos.

Sitio arqueológico histórico Labor II
El sitio La Labor II, se ubica a 4 km al noroeste de San Sebastián, en el caserío y cantón San José La Labor del municipio de San Sebastián, departamento de San Vicente; se sitúa a 2 km al oeste del sitio La Labor I, muy cerca de la quebrada La Bruja. Se localiza en las coordenadas LN 13º44’50.6’’; 88º51’25.4’’ LW, a unos 760 m sobre el nivel del mar.

La descripción que se encuentra de esta hacienda es muy corta, pues Gutiérrez y Ulloa (1962) menciona que en dicha estancia se cultiva añil, maíz y otras semillas; la cual se ubica a tres leguas y media al noroeste de la cabecera de San Vicente, y pertenece la propiedad don Antonio Guzmán y socias.

El sitio consiste en los restos de un obraje para beneficiar añil, del tipo hidráulico (Fig.5). Consta de dos juegos de pilas colocadas en batería escalonada, y en el centro de ellas un cárcamo en donde se encontraba la rueda que giraba a partir probablemente de energía hidráulica. En la esquina noreste del obraje se encontraba el depósito de forma rectangular en donde se situaba el secado. Sus materiales de construcción son a partir de piedra con argamasa de cal, una forja de cal y canto. Su conservación es medianamente buena, pues aún conserva muchas de sus paredes con repello.

Consideraciones finales
La siembra, la extracción, el comercio y la exportación de la tinta de añil han estado arraigados a la sociedad salvadoreña desde los tiempos coloniales. La provincia colonial de San Salvador, que incluía 12 de los actuales departamentos de El Salvador, a excepción de Ahuachapán y Sonsonate, era la región más rica en producción de tinta del Reino de Guatemala. A juzgar del informe del Alcalde Mayor de San Salvador Manuel de Gálvez (1935), durante la segunda mitad del Siglo XVIII, en la provincia de San Salvador había unas 267 haciendas, las cuales contenían 618 obrajes para beneficiar añil. Luego a inicios del Siglo XIX existían 447 haciendas de tinta y ganado, según lo refería el Intendente de la Provincia de San Salvador Antonio Gutiérrez y Ulloa (1962).

La tercera fase del proyecto antes referido, registró y documentó obrajes de añil de la época colonial, los cuales según las fuentes, se podrían situar entre 1750 y 1820, localizados en la zona paracentral de El Salvador, específicamente en los departamentos de La Paz y San Vicente, la cual durante la colonia, fue una de las zonas más ricas en la producción de añil. De 17 obrajes documentados cinco son hidráulicos, con la variedad de procesos de producción vertical u horizontal, los cuales parecen ser más escasos para las muestras estudiadas de México y Guatemala, a partir de los documentos publicados; pero que para El Salvador aparecen con más regularidad, tal y como se documentaron en este proyecto.

La hacienda añilera El Marquesado, que en su momento, hacia 1807, era propiedad de Pedro Vidaurre, se documentó un obraje de tipo hidráulico de varias pilas y con línea de producción horizontal. En la hacienda añilera Achichilco, propiedad de Esteban Yndice a inicios del Siglo XIX, se documentó un obraje hidráulico de proceso de producción en línea vertical.

Por su parte el registro de los obrajes de añil de la hacienda Concepción Ramírez, propiedad del Señor marqués de Ayzinena, constituye una muestra importante de dos obrajes hidráulicos: uno de producción en línea vertical y otro en línea horizontal. La propiedad de don Antonio Guzmán y sus socias era la hacienda añilera La Labor, en la cual se pudo documentar un obraje hidráulico de cuatro pilas con un sistema de producción en línea vertical.

Los vestigios arqueológicos que se han documentado constituyen un segmento del rico patrimonio cultural colonial de los Siglos XVIII y XIX con que cuenta el actual territorio salvadoreño. Con ello, el estudio del patrimonio arqueológico-histórico edificado es de fundamental interés para el conocimiento y comprensión de la historia de las sociedades del pasado. Los obrajes para beneficiar añil de las haciendas coloniales salvadoreñas formaban parte de esa cadena de producción de la tinta de añil, la cual era parte fundamental de la economía colonial local y regional de exportación.

Durante gran parte del Siglo XIX, el cultivo del añil siguió desarrollándose como el producto de exportación de mayor importancia de la provincia de San Salvador luego República de El Salvador. Esto, a pesar del aparecimiento de los tintes sintéticos en Europa. Se puede situar a 1880 como el comienzo de la supremacía del café como principal fuente de riqueza de El Salvador, y el punto de partida de la decadencia del cultivo del añil, que durante unos 200 años habría sido el sostén de la economía centroamericana.

Referencias
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1967 Historia Natural del Reino de Guatemala. Editorial “José de Pineda Ibarra”, Ministerio de Educación, Guatemala.

Fig.1: Dibujo de planta del obraje de añil del tipo “hidráulico” del sitio Achichilco II, San Vicente,
San Vicente. Dibujo en campo: J. Erquicia y A. Rivas. Dibujo en formato AutoCAD: A. González.

Fig.2: Dibujo de planta del obraje de añil del tipo “industrial” del sitio El Marquesado I, San Vicente, San Vicente. Dibujo en campo: J. Erquicia, R. Gámez y G. Rodríguez. Dibujo en formato AutoCAD: A. González.

Fig.3: Dibujo de planta de obraje de añil del tipo “hidráulico” del sitio Concepción Ramírez I,
Tecoluca, San Vicente. Dibujo en campo: J. Erquicia, E. Cabrera, L. Salazar y G. Rodríguez.
Dibujo en formato AutoCAD: A. González.

Fig.4: Dibujo de planta del obraje de añil del tipo “hidráulico” del sitio Concepción Ramírez II, Tecoluca,
San Vicente. Dibujo en campo: J. Erquicia, E. Cabrera, L. Salazar y G. Rodríguez.
Dibujo en formato AutoCAD: A. González.

Fig.5: Dibujo de planta del obraje de añil del tipo “hidráulico”, del sitio La Labor II, San Sebastián,
San Vicente. Dibujo de campo: J. Erquicia, A. Rivas, L. Salazar y G. Rodríguez.
Dibujo en formato AutoCAD: A. González.