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027 Los que se alimentan de sangre, los que devoran el espíritu: expresiones del nahualismo y la depredación espiritual entre los mayas. Daniel Moreno Zaragoza – Simposio 26, 2012

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027 Los que se alimentan de sangre, los que devoran el espíritu: expresiones del nahualismo y la depredación espiritual entre los mayas.

Daniel Moreno Zaragoza

 

XXVI Simposio de Investigaciones
Arqueológicas en Guatemala
Museo Nacional de Arqueología y Etnología
16 al 20 de julio de 2012
Editores
Bárbara Arroyo
Luis Méndez Salinas

 

Referencia:
Moreno Zaragoza, Daniel
2013 Los que se alimentan de sangre, los que devoran el espíritu: expresiones del nahualismo y la depredación espiritual entre los mayas. En XXVI Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 2012 (editado por B. Arroyo y L. Méndez Salinas), pp. 329-339. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala.

 

Los que se alimentan de sangre, los que devoran el espíritu: expresiones del nahualismo y la depredación espiritual entre los mayas
Daniel Moreno Zaragoza
Palabras clave
Nahualismo, nagual, way, wahyis, depredación espiritual, mayas.

Abstract
Nagualism, the association of an individual with a supernatural entity, frecuently an animal, is a long time belief in the Maya as has been attested by the decipherment of logogram WAY. However, the entities depicted in the Classic Period were not the only ones with the characteristics of “naguales”. Since the Preclassic, the Maya represented different entities devouring blood, hearts and human “souls”. Such figures were the depiction of hungry spirits through which the antique Maya rulers proved their power. This research will analyze the different expressions of nagualism among the Maya focusing in the spiritual depredation. The energetic model that explains the consumption of human souls will be presented and a comparison with other examples of this practice through Mesoamerican history.

Introducción
En la plástica mesoamericana se encuentran frecuentemente imágenes que muestran animales agrediendo o dañando a los hombres, muchas veces representados incluso en el acto mismo del ataque. Se les ve devorando corazones, alimentándose de sangre, engullendo cabezas, huesos, ojos u otros miembros humanos. Estas acciones, como se tratará de demostrar, forman parte de un complejo conocido como nahualismo, en el que una persona, por lo general el gobernante o líder de una comunidad, mantiene una estrecha relación con una entidad sobrenatural, generalmente animal, a través del cual se ayuda para evidenciar su poderío y en esa apariencia realizar sus cometidos (ver López Austin 1996; Lupo 1999; Martínez González 2006, 2011). Las prácticas antropofágicas tienen el sentido de alimentar a estas entidades que al parecer, eran hambrientas e insaciables de la sangre como principio vital del cual se alimentaban, principio, que compartían con los dioses y otros seres sobrehumanos.
El nahualismo es un término académico que refiere a un conjunto de creencias con un antiguo arraigo en Mesoamérica. En cada región y en cada periodo adquirió expresiones distintas, englobando desde los casos de transformación o revestimiento con el cuerpo de otro ser, hasta la creencia en espíritus auxiliares. En algunos lugares la relación animal-hombre es tan estrecha que se vuelve coesencial, es decir, que lo que ocurra a una de estas entidades repercutirá de manera simétrica sobre su reflejo. En otras partes, los espíritus auxiliares no comparten la misma conciencia con su dueño, pero le obedecen y le ayudan a acceder a ámbitos vedados a los seres humanos. Algo exclusivo del nahualismo, y que lo aleja de fenómenos tan relacionados como el tonalismo, es que no todas las personas poseen un nahual; a diferencia de la tona, se trata de una entidad exclusiva de los líderes políticos y los especialistas rituales. Los animales asociados a estas personas poderosas son justamente aquellos que se encuentran en la cima de la cadena alimenticia como es el caso del jaguar y otros animales depredadores. También pueden adquirir la forma de animales horrorosos o híbridos cuyas características los asocian a la producción de enfermedades, con el sacrificio y con el inframundo.

A continuación veremos distintas expresiones que han adquirido estas creencias a través de los diversos tiempos y espacios mayas. A su vez, se hará una comparación con fenómenos semejantes de otras regiones de Mesoamérica con el fin de reconocer tanto la uniformidad como la diversidad de esta práctica que permanece arraigada aun hoy en día en los pueblos indígenas contemporáneos. Parecerá muy atrevido hacer saltos tan grandes entre territorios y tiempos tan diversos, pero el propósito del trabajo es resaltar el fenómeno de la depredación espiritual, que si bien, existen otros componentes del complejo del nahualismo, se privilegiará en esta ocasión la ingesta antropófaga, la cual servirá como eje central del trabajo.

Wahyis
La larga duración del nahualismo dentro del territorio maya fue comprobada con el desciframiento en 1989 del logograma T539 como WAY (Houston y Stuart 1989). Este jeroglífico aparece asociado a distintos seres sobrenaturales representados en vasijas de varios estilos del Clásico Tardío (450 – 750 DC).

Derivada de la raíz morfémica way existen una gran cantidad de significados entre los que sobresalen las ideas de nahual, brujería y transformación (Houston y Stuart 1989; Velásquez 2009: 583 – 586; Moreno 2011:25-29). Precisamente la interpretación actual de los seres que aparecen en la cerámica es que se trata de nahuales que llevaban el nombre de wahyis éstos fungían como espíritus auxiliares de los k’uhul ajaw, de los cuales se ayudaban para dañar a sus enemigos (Velásquez, 2009; 2011). De acuerdo a investigaciones recientes constituían una parte corporal íntegra e inalienable del sujeto, la cual podía ser controlada a voluntad (Velásquez 2009, 2012; Zender 2004). Este tipo de aires residían en el corazón de su dueño pero tenían la capacidad de salir del cuerpo en ocasiones especiales para vagar por el aire y atacar a sus víctimas.

Lo que en el mundo terrenal era concebido como aire, la materia ligera de las cual están compuestos todos los seres sobrenaturales, adquiría por otra parte una expresión propia en el otro mundo, accesible únicamente a través de los sueños. Por medio del estado onírico estos seres espirituales adquirían una corporeidad que es la que fue representada en las imágenes pintadas de wahyis que apreciamos en la cerámica suntuaria maya. De este modo, las figuras de jaguares, pecaríes, murciélagos, coatíes, sapos y demás animales y seres híbridos eran los wahyis que podían aparecer en horrorosas visiones oníricas a sus víctimas para causarles diversas enfermedades derivadas del devoramiento que hacían sus entidades anímicas (Moreno 2011). Sus características iconográficas, como los ojos desorbitados, decoraciones de huesos cruzados, cuchillos, ollas de oscuridad, serpientes, los relacionan con el inframundo y con los seres que lo habitan especializados en la provocación de enfermedades, quizá de manera similar a la que actuaban los ayudantes de la corte Xib’alb’a en el Popol Vuh (Velásquez 2009: 617 – 618). Según las etnografías actuales se dice que los nahuales son seres insaciables, voraces y siempre ansiosos por devorar ya sea el espíritu o el cuerpo de los hombres (Alejos 1988: 73, 80; Aubry 1983: 38–40; Guiteras 1965:201; Page 2007:37; Ruz 1982:57– 58; Saler 1964:312 – 313; Sánchez Carrillo 2007; Schumann 1971:13; Stratmeyer y Stratmeyer 1979:118). Ejemplo de esta práctica antropofágica quedó registrada en las vasijas estilo códice que retratan wahyis que portan platos que contienen miembros como manos, huesos y ojos humanos. Se aprecia como lamen o prueban estos platos en lo que ha sido interpretado como una expresión antigua de las reuniones que hacían los espíritus del sueño de los gobernantes para devorar el alma de sus enemigos (Velásquez 2009: 627 – 630). Ejemplo de ello podemos apreciarlo en la vasija K1376 (Fig.1) donde un wahyis lleva un plato con miembros humanos, mientras el otro parece servirse de una olla de la cual emerge el rostro de un hombre, indicando quizá que el contenido de la misma era carne o entidades anímicas humanas.

Durante el Clásico Tardío la cerámica fue el soporte principal en el que estas ideas fueros plasmadas pues fue un periodo en el que la pintura maya en cerámica cobró una mayor expresividad aprovechando las superficies lisas de platos y vasos (Reents-Budet et al. 1994; Velásquez 2009). Si bien, la presencia del logograma WAY es prueba inequívoca de que las entidades representadas se tratan de nahuales, éstos no fueron éstos los únicos seres con tales características en la historia maya, pues como se tratará de demostrar, se trata de una idea de gran arraigo no sólo en el área maya sino también en otras regiones de Mesoamérica, con un desarrollo tanto anterior como posterior, que incluso, ha prevalecido con diversas transformaciones hasta la actualidad en la mayoría de los pueblos indígenas contemporáneos.

 

La sangre y la vida
El inicio del nahualismo puede rastrearse desde los inicios de las culturas Mesoaméricanas. La civilización istmeña fue la primera en retratar el motivo del hombre que se muestra a sí mismo como bestia; los hombres jaguares, en aparente estado de trasformación son un rasgo común en las esculturas producidas por esta antigua cultura. Quisiera resaltar el caso de Chalcatzingo, donde se encuentran algunos de los ejemplos más tempranos de la depredación que cometen entidades animales sobrenaturales. En el monumento 31, puede observarse como una entidad híbrida, de rasgos felinos y avíanos se postra sobre una figura humana a la cual mantiene sometida. Este motivo se repite en los monumentos 3 y 4 (Fig.2) que igualmente presentan criaturas felinas al momento de atacar y hacer presa a distintos hombres (Angulo 1987; Grove 1984:113,115). Debe considerarse que no se tratan de animales normales, representados de manera naturalista, sino que entre sus características comparten algunos rasgos humanos, como los tocados con bandas cruzadas que portan, un símbolo asociado directamente con los gobernantes. La importancia de esta relación es fundamental pues a lo largo de la historia mesoamericana los portentosos animales devoradores de hombres serán ya sea parte del espíritu o los aliados de las personas más poderosas en el orden social. Por otra parte, el monumento 5 presenta un ser con rasgos ofidios con un hombre entre sus fauces en el momento mismo de devorarlo (Angulo 1987; Grove 1984:112). ¿Pero cual es la razón del ataque de estas entidades a los hombres?
Los grupos mesoamericanos en general creían en una esencia vital, un tipo de flujo sagrado que transitaba por la sangre y cuyo centro anímico del cual emanaban era el corazón (ver Nájera 2003: 144-146). Se trata de la sustancia divina que anima a todos los seres vivos y de la cual se alimentan los dioses y otros seres sobrehumanos. La plástica mesoamericana está repleta de ejemplos de esta alimentación.

Entre los mayas del Clásico, el corazón anímico recibía el nombre de ‘o’hl, éste era el lugar donde se concentraba la entidad anímica ‘o’hlis, un flujo que además se encontraba disperso en el cuerpo pues fluía a través de la sangre (Velásquez 2009: 469). El logograma utilizado para representar el corazón ‘o’hl, es también el mismo que es usado para la palabra waaj, tamal (ver Houston, Stuart y Taube 2006:123; Velásquez 2009:461). Tal convergencia no es casual, pues ambos representan la idea fundamental de alimento, ya sea de sangre para las entidades sobrehumanas en el caso del ohlis, o terrenal y de maíz en el caso del tamal para los hombres. De hecho, el logograma que representa el verbo para comer, WE presenta gráficamente una boca que contiene dentro un tamal (Bernal 2001:80). Pero eso no es todo, existen jeroglíficos que presentan diversas entidades como jaguares, murciélagos o buitres, que dentro de sus fauces llevan un logograma WINIK, que representa la idea de hombre, en posible referencia al consumo antropofágico que realizaban las entidades sobrenaturales (ver Houston, Stuart y Taube 2006:111). Un ejemplo específico se encuentra en Palenque, donde al gobernante Kan Bahlam se le representa con un símbolo WINIK, hombre dentro de las fauces, pues posiblemente la entidad “Jaguar Serpiente” a la que hace referencia su nombre “tenía algunas atribuciones simbólicas como “devoradora de seres humanos” (Bernal 2001:80).

Las entidades depredadoras
Las entidades depredadoras en el mundo mesoamericano adquirieron formas de animales feroces o híbridos. Estos conceptos se remontan a épocas remotas, como el caso de Izapa. Ahí se encuentra uno de los ejemplos más tempranos de este fenómeno. La estela 6, presenta la figura de un ser que ha sido identificado como un híbrido con rasgos de anfibio y posiblemente de felino (Lowe, Lee y Martínez 2000:200). Esta especie de sapo tiene las fauces abiertas y parece que engulle o expulsa un símbolo de difícil interpretación. Éste se forma por un motivo en forma de “U”, en cuyo interior se encuentra lo que parece ser un rostro humano (Fig.3). A pesar de que la imagen no es muy clara debido a la erosión, es posible que así sea, pues de forma similar, la estela 3 muestra a otro ser, en este caso de rasgos ofidios, con las fauces abiertas y la lengua tocando ese mismo símbolo. Al parecer ambos monumentos representan entidades animales que engullen un símbolo que representa la idea de hombre. Existen otros dibujos de la estela 6, en los cuales el sapo engulle un símbolo parecido al ‘ohl del Clásico (Clark y Moreno 2007), esto serviría de antecedente al consumo del corazón anímico por parte de entidades sobrenaturales, sobretodo tomando en cuenta que los sapos en la cerámica estilo códice aparecen con los platos que contienen miembros humanos (ver K531 y K1181).
Sin duda el más portentoso de los animales y símbolo de poder por excelencia ha sido siempre el jaguar (ver Valverde 2004:53). El mayor depredador y más poderoso de los felinos fue muy popular durante el periodo Clásico como wahyis. Los artífices del Clásico tardío le infundieron características antropomorfas como la posición erguida y actividades propiamente humanas. Uno de los rasgos con el que con más frecuencia fueron plasmados fue con una prenda similar a una bufanda o un tipo de chalina que se anudaba al frente. Tal es el caso de los conocidos wahyis K’ahk’ Hix (K2942), el jaguar de fuego y K’in Tahnal B’ola’yte’, el jaguar iracundo o jaguar del centro ígneo (K531) (Fig.4). Estás figuras están plenamente reconocidas como wahyis por los logogramas WAY que las acompañan, pero fuera de estos ejemplos existen muchos más que por sus características debieron de igual modo representar a los antiguos nahuales. Por ejemplo el famoso jaguar de piedra en el patio este de la acrópolis de Copán, con su peculiar postura y la típica prenda anudada al cuello. Otra más puede ser el gran jaguar de Bilbao, que se distingue por su posición erguida y por llevar la característica prenda anudada al frente, así como también su falo visible, similar a como fue representado el wahyis Ha Hix, jaguar de agua, en la cerámica estilo códice (K771). Esta forma de representar a los jaguares también se encuentra en un plato del Clásico tardío que se exhibe actualmente en el Museo Miraflores en Guatemala. Ejemplos similares los encontramos también en las figurillas de Altar de Sacrificios, donde se han encontrado ejemplos de jaguares con la típica prenda que los identifica como wahyis (Willey 1972: 17).

En otras áreas de mesoamérica encontramos felinos que portan este tipo de prenda o algunas unas muy similares. El mejor ejemplo es el puma encontrado en Monte Albán. Por analogía con el área maya podríamos considerar a esta figura como un nahual. Javier Urcid (2006) ha demostrado la presencia del nahualismo en la escultura zapoteca. Se representa a los gobernantes con atributos felinos como el caso de la estela 1 de Cerro del Rey, que representa la fusión de estos dos seres, formando una sola entidad con dos cuerpos distintos, uno humano y el otro de bestia. También se muestra a un gobernante animalizado en el monumento 3 de Cerro de la Caja al momento de engullir a un hombre. Asimismo podemos apreciar felinos alimentándose de un símbolo trilobulado que en el centro de México representa la idea de corazón. En Teotihuacan esta temática fue abordada en los murales de Atetelco y Tetitla. Ahí encontramos imágenes de felinos con tocados, es decir, portando un elemento que los humaniza, devorando corazones sangrantes (ver Guerrero 2010: 124,126)

Regresando a los felinos con la prenda anudada al cuello, los volvemos a encontrar en Xochicalco en ollas y figuras de cerámica. De este sitio resalta una escultura en piedra que presenta a un mamífero que podría tratarse de un felino o un cánido con la peculiaridad de aparecer parcialmente descarnado de modo que se aprecian sus costillas (Fig.5). Seres de apariencia similar fueron representados como wahyis entre los mayas, como los jaguares descarnados de las vasijas K3395 y K3924. La razón de una representación de este tipo responde a su relación con el inframundo y su capacidad de aparecer en horrorosas visiones propiciadoras de espanto.

Entre los mayas del Clásico Tardío, los wahyis jaguares fueron profusamente representados de manera sanguinaria, incluso en el acto de ataque a los hombres como el la figura K1653, donde el depredador se ayuda de una serpiente para someter a su víctima (Figs.6 y 7). Eran recurrentemente mostrados con las cabezas cercenadas de sus víctimas (K1653, K3057, K8936; Robicsek y Hales, 1981: 25). Se les representó de esta manera, pues los jaguares tienen la capacidad de desprender de una mordida o un zarpazo la cabeza humana del resto del cuerpo (Valverde 2004: 187).

Recordemos que en el Chilam Balam de Kaua se asienta sobre la ferocidad del jaguar, se dice: “Sangrienta su fauce, sangrientas su garras. Un asesino también. Devorador de carne. Asesino de hombres” (Barrera Vázquez en Valverde 2004: 68). Asimismo, dentro del corpus de graffiti de Tikal podemos apreciar uno donde una entidad parecida a un jaguar intenta devorar a una persona.

La plástica maya perpetuó este tema en Acanceh, Yucatán. El Palacio de los Estucos presenta un friso decorado con muchas entidades nahuálicas entre las que se encuentra, para nuestro caso, un jaguar apoderado de una cabeza humana. Puede observarse en la escena, su determinación en engullir el símbolo que representa la sangre (Miller 1991:lámina 5). Esta práctica, incluso perduró hacia el Posclásico, como en el Templo de los Guerreros de Chichén Itza, edificio que fue decorado con piedras labradas en forma de jaguares y águilas que en su garras llevan los corazones humanos de los cuales se alimentarán.

Ejemplos de aves de presa como las águilas en Chichén Itzá se encuentran también en el corpus de wahyis del Clásico como es el caso de Tahn B’ihil Chamiiy (K791), Muerte en Medio del Camino, que aparece en la cerámica de la entidad política de ‘Ik’. En otros estilos pueden encontrarse más ejemplos de aves devorando hombres, como en los monumentos 16 y 17 de Bilbao, donde apreciamos un zopilote rey con rasgos solares engullendo a un hombre (Chinchilla 1997). La posición de las figuras involucradas recuerda los recursos estéticos utilizados por los artífices de Chalcatzingo, quienes de manera similar representaron una gran serpiente tragando un hombre (ver Angulo 1987; Grove 1984: 112).

En el mismo estilo de Cotzumalhuapa sobresale una entidad sobrenatural de rasgos híbridos que Oswaldo Chinchilla (2006: 84–85; 2008:1213) ha llamado “jaguar-iguana”. Se le ve tallado en grandes monolitos devorando un rostro o cabeza humana sangrante. Un plato con tapadera del Clásico Temprano encontrado en Becán presenta a este mismo ser que reúne muchas características de los antiguos wahyis, pues al igual que éstos lleva las marca de ahk’ab’, “oscuridad”, además de decoraciones en las muñecas de ojos desorbitados. Aunado a esto, como bien han descrito otros autores, la criatura aparece atacando a tres personajes en lo que parece una verdadera carnicería humana, derramando chorros de sangre a su aniquilador paso. Una entidad parecida a una iguana o posiblemente un felino aparece enguyendo un rostro humano en un Hacha del Clásico Tardío prodecente de Los Tablones Ataco, en El Salvador.

Finalmente nos centraremos en las entidades esqueléticas. Éstas figuras representaron la enfermedad y la muerte y fueron representadas, al igual que los jaguares, con las cabezas cercenadas de sus víctimas (K1256, K1490, K2802, Mural de las cuatro eras en Toniná, Fig.8). En un ejemplo procedente de Terreno Cohimbre, Guerrero se muestra una estas entidades con símbolos de sangre entre sus garras (Gutiérrez y Pye 2007: 934). No solo se trataba de entidades escalofriantes, sino realmente eran parte de las entidades anímicas de los hombres, las cuales podían ser controladas para producir enfermedades; esta creencia puede quizá encontrar conformación en el monumento 3 de Bilbao donde tanto hombre como espíritu calavérico se ven unidos por medio de volutas de aliento (ver Chinchilla, 2006: 10). En la actualidad los choles de Chiapas creen que una persona puede tener un wäy o un nahual esquelético en forma de calavera (Moreno Zaragoza inédito; Rodríguez Ceja 2012: 256 – 261).

Conclusiones
La evidencia arqueológica, epigráfica, etnohistórica y etnográfica demuestra que entre los mayas y otros grupos mesoamericanos habían personas elegidas que tenían dones, una especie de “almas” especiales o espíritus auxiliares de los cuales se ayudaban para legitimizar su poderío. Durante el Clásico Tardío, gracias a la epigrafía, sabemos que estas entidades nahuálicas eran conocidas como wahyis, pero hemos visto que seres de características similares abundaron por todo el territorio mesoamericano antes y después del periodo Clásico maya.

Los nahuales eran entidades hambrientas y ansiosas por devorar la sustancia divina que fluye por la sangre. En la plástica maya se ha visto como confluyen distintos elementos como el rostro, los ojos, los huesos, el corazón y la sangre, que eran símbolos utilizados para representar la idea integral de hombre, alimento preferido y esencia vital para las entidades sobrehumanas.

Es necesario reconocer la antigüedad de estas creencias y valorarlas como una importante herencia cultural. Conocer el modelo energético subyacente al consumo de seres humanos, puede ayudar a entender otras prácticas relacionadas como el sacrificio, así como la inducción y curación de enfermedades, la transformación, e incluso la personificación o encarnación en entidades sobrenaturales. La profundización en estos estudios servirá para comprender la ontología propia de las culturas mayas y entender como en su visión los seres humanos y sobrehumanos están relacionados de manera codependiente, unidos a través del lazo de la sangre como componente esencial que los mantiene vivos.

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