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25 LA ESCALA DE LAS ENTIDADES POLÍTICAS MAYAS T. Patrick Culbert – Simposio 05, Año 1991

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Culbert, T. Patrick

1992     La escala de las entidades políticas Mayas. En V Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 1991 (editado por J.P. Laporte, H. Escobedo y S. Brady), pp.246-252. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala.

 

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LA ESCALA DE LAS ENTIDADES POLÍTICAS MAYAS

Patrick Culbert

 

Nuestra conceptualización de la estructura de la sociedad Maya Clásica ha sufrido varias revoluciones durante las últimas tres generaciones. En estas revoluciones se han resuelto algunos problemas, mientras que otros más han surgido y la situación de otros ha oscilado entre puntos de vista alternativos. En este trabajo me enfocaré en el debate actual acerca del tamaño de las unidades políticas Mayas y en la discusión de cuales eran los objetivos principales de las guerras Mayas. En los días de Sylvanus Morley (1946) y J. Eric Thompson (1954), el término Ciudad-Estado fue utilizado frecuentemente para describir las entidades políticas de los Mayas Clásicos. Este concepto de unidades políticas estaba enmarcado en el modelo de sociedad Maya que estaba de moda en aquel entonces, un modelo que sumía una base de subsistencia que consistía enteramente de agricultura de milpa, una baja densidad de población, centros ceremoniales vacantes y una clase de “sacerdotes-reyes” que eran relativamente pacíficos, que cuando mucho se embarcaban en ataques ocasionales con el fin de capturar prisioneros para los sacrificios.

 

Los proyectos que llegaron al campo durante los cincuentas y sesentas destruyeron las bases sobre las que tal modelo descansaba. La exploración y mapeo de pequeñas estructuras demostró que la población Maya había sido de considerable magnitud y que los centros Mayas tenían decenas de miles de habitantes y no solo unos pocos cientos de sacerdotes y especialistas (Culbert y Rice 1990). Las estimaciones de una mayor población requerían de una mayor producción de alimentos de la que la agricultura de milpa podía proveer. La evidencia arqueológica de prácticas tales como el uso de terrazas y el cultivo en zonas húmedas vendría un poco después (Harrison y Turner 1978). Los primeros desciframientos de los glifos Mayas en los sesentas (Proskouriakoff 1960, 1963, 1964) demostraron el contenido histórico de tales inscripciones y señalaron que los logros militares estaban entre las más importantes hazañas de la realeza. Los Mayas, en esta perspectiva de cambio rápido, se les veía al menos como algo único y del otro mundo, se parecían más a otras civilizaciones tempranas.

 

Junto a esta revolución, la visión de las unidades políticas Mayas también se transformó. Se usaba más frecuentemente el término Estados Regionales para describir a las mayores unidades políticas que ahora se vislumbraban. Este desplazamiento hacia un concepto de unidades políticas mayores estaba basado, en parte, en la clara evidencia de que los sitios no eran de un tamaño equivalente y en las contribuciones derivadas de la aplicación de Flannery (1972) y Marcus (1973) de las técnicas tales como la teoría de sitios centrales, así como los principios de rango y tamaño usados por Adams y Jones (1981). Este cambio también parecía estar apoyado por el estudio de Marcus (1976), de la aparición de glifos emblemas extranjeros en sitios, lo que Marcus interpretó como una indicación de dominio y subordinación políticos. Bajo este marco de dominación política, se asumía que la guerra estaba dirigida a la conquista.

 

A medida que el desciframiento de los glifos se aceleró, se hicieron evidentes más detalles concretos de las carreras políticas y los eventos concretos reemplazaron las antiguas interpretaciones vagas y un tanto genéricas. De la misma manera, las bases para la interpretación de la vida política Maya cambiaron de la evidencia arqueológica a la evidencia epigráfica (Schele y Miller 1986). Con esta información, que representa otra revolución en la interpretación de la vida sociopolítica de los Mayas, el péndulo se desplazó de nuevo y el término Ciudad-Estado se ve favorecido de nuevo en las discusiones de la política Maya (Culbert 1988: 135-137).

 

Aunque yo siento un decidido consenso, en la actualidad, a favor de unidades políticas de pequeña escala, la controversia no ha sido de ninguna manera resuelta y pienso que el tamaño de las unidades políticas Mayas y la naturaleza específica de sus guerras serán un foco del debate y de las exploraciones de la investigación de campo de la nueva generación de mayistas (Culbert 1991b). En este trabajo, me propongo examinar los razonamientos detrás de las conclusiones defendidas por aquellos que sostienen puntos de vista divergentes y espero inyectar de nuevo, dentro de las consideraciones de las unidades políticas Mayas, algunas preguntas referentes al tamaño de la población y a su adaptación ecológica.

 

El argumento de los epigrafistas respecto a la existencia de un gran número de pequeñas entidades políticas, especialmente en el Clásico Tardío, descansan principalmente en la proposición de que la posesión y el uso de un glifo emblema es una indicación de autonomía política (Mathews 1991). Esto, desde mi punto de vista, ha sido adoptado como un artículo de fe por algunos epigrafistas, especialmente Mathews, a pesar del hecho de que la evidencia en este punto es conflictiva. Existen un número de ejemplos que sugieren que sitios que son parte de entidades políticas mayores no tienen su propio glifo emblema. Hay algunos casos, especialmente en la región occidental de las Tierras Bajas, donde sitios pequeños tienen en realidad un lugar secundario según lo demuestran las inscripciones y la falta de su propio glifo emblema.

 

Estos ejemplos, de hecho sugieren que los sitios en un estatus político subordinado no tienen glifos emblemas. Existen, sin embargo, un número de ejemplos contradictorios en los cuales los sitios mismos reconocen en sus propias inscripciones a un señorío dominante y sin embargo, continúan utilizando además su propio glifo emblema. Estos sitios se encuentran localizados principalmente en la región del río Pasión, donde, por ejemplo, Tamarindito continua usado su glifo emblema y tiene sus propios gobernantes aun después de haber sido incorporado al estado de Dos Pilas. También en la zona del río Pasión, un gobernante de Anonal usa el glifo emblema de Ceibal (Mathews y Willey 1991). Por otra parte, tampoco existe ningún ejemplo conocido de un sitio que haya sido conquistado por otro y como resultado haya abandonado su propio glifo emblema y adoptado aquél de sus conquistadores. En otras palabras, la conclusión de que la posesión de un glifo emblema es evidencia automática de autonomía política no se puede sostener uniformemente en base a la evidencia epigráfica.

 

En lo que respecta a las guerras Mayas, la utilización de la epigrafía e iconografía como la base primordial para la interpretación ha sido acompañada por un énfasis en los aspectos rituales y de sacrificios asociados a la guerra (Schele y Miller 1986). Las inscripciones y las obras de arte nos relatan la captura de prisioneros y su posterior sacrificio. No hay lugar para dudar que esto fuera una parte crucial de la legitimización de autoridad.

 

La pregunta, sin embargo, es si el objetivo primordial de la guerra fue simplemente el capturar prisioneros o si bien fue la expansión del territorio y el capturar nuevos recursos. En un artículo reciente, Schele y Mathews (1991: 245) afirman que “ahora parece evidente que la mayoría de las guerras Mayas probablemente consistían de ataques relativamente pequeños, cuya principal meta era obtener víctimas vivas para el sacrificio”. La evidencia en que esta postura se basa viene del hecho que la mayoría de los prisioneros que se muestran en el arte Maya carecen de glifos emblema y consecuentemente, se asume que son individuos sin ninguna importancia, en un sentido político. Además, existen varias instancias en las que un gobernante de un sitio mayor fue capturado y sacrificado sin una obvia interrupción de la fortuna política y de la línea dinástica en el lugar de origen de tal víctima (Schele y Mathews 1991: 245-248). Por otra parte, sin embargo, existen casos irrefutables de expansión de las entidades políticas por medio de la conquista (Schele y Mathews 1991: 245-248).

 

En su extremo, el modelo de organización política Maya propuesto por el resucitado modelo de Ciudad-Estado presenta a las Tierras Bajas como divididas en entidades políticas muy pequeñas cuyos objetivos políticos eran aislados y cuyas interacciones estaban basadas en asuntos rituales y de prestigio dinástico. El objetivo de las guerras era obtener prisioneros – en el mejor de los casos capturar el gobernante del estado rival ‑ con la idea de sacrificarlos, más que de apropiarse de su territorio. Aunque este modelo pone un gran énfasis en la historia y en la guerra, en realidad no es muy diferente en muchos aspectos del modelo de Morley y Thompson.

 

Este modelo dedica poca atención a las cuestiones de demografía, subsistencia y economía ‑ éstos son temas que no se mencionan para nada en las inscripciones Mayas.

 

Existe, no obstante, una creciente evidencia proveniente de las inscripciones de que las entidades políticas Mayas, especialmente en el Clásico Tardío, no eran estados tan pequeños y aislados como lo sugiere el modelo exagerado de la Ciudad‑Estado. En algunos casos, las inscripciones documentan la formación de lo que yo llamaría estados regionales. En otros, éstas sugieren una interacción a larga distancia que parece ser políticamente importante. Ambas clases de evidencia indican que la historia completa de eventos que afectaron sitios importantes no estaba confinada a su vecindad inmediata, sino que involucraba una interacción regional e interregional.

 

El hecho que Dos Pilas, por ejemplo, estableció un estado regional considerable en la zona del río Pasión está claramente documentado en las inscripciones (Mathews y Willey 1991) y existe un común acuerdo al respecto ‑ aun por aquellos que están menos dispuestos a aceptar la idea del expansionismo militar entre los Mayas. De mayor controversia es la cuestión de la influencia de Caracol en los sitios de Petén central entre 550 y 650 DC. Caracol derrotó a Tikal en el año 562 DC. (Chase y Chase 1987; Houston 1987), después de lo cual Tikal no erigió ningún monumento esculpido por más de un siglo. Los datos referentes a los gobernantes Mayas durante este intervalo sugieren un rompimiento en la línea dinástica y el establecimiento de un nuevo grupo de monarcas cuyos entierros insinúan similitudes con Caracol (Jones 1991: 115-119).

 

Aunque podría ser discutido acaloradamente por algunos de mis colegas de Tikal, yo creo que es probable que Tikal fuera gobernado, durante este período, por una dinastía de gobernantes impuestos por Caracol. Para hacer esta situación más desafiante, Schele cree que Calakmul estaba aliado de alguna forma a Caracol durante su campaña en contra de Tikal (Schele y Freidel 1990: 174‑177).

 

Además, Caracol derrotó a Naranjo en los años 631 y 636 (Schele y Freidel 1990: 171‑179), la última de estas derrotas dio principio a un período de dos katunes sin inscripciones en Naranjo. No creo que este período de hiato, ni el período Tepeu 1 en Petén central puedan ser entendidos sin referencia a la evidente fortaleza de Caracol y sin una discusión de su potencial para interferir militarmente en la zona de Petén (Culbert 1991b: 134‑136).

 

Cuando Naranjo reestableció su poder, lo hizo como resultado de la importación de la Señora Seis Cielo de Dos Pilas en la región del río Pasión (Schele y Freidel 1990: 179-195). Dos Pilas estuvo involucrado, de alguna manera, en la inauguración del gobernante Garra de Jaguar de El Perú (o Calakmul). Demarest (comunicación personal), ha descubierto recientemente que el gobernante I de Dos Pilas capturó y sacrificó al padre del gobernante A de Tikal. Por su parte, la primera reacción del gobernante A fue lanzar una guerra en contra de Garra de Jaguar, el aliado o vasallo de Dos Pilas y una vez capturado lo sacrificó (Jones 1987).

 

Estas interacciones a larga distancia sugieren una política de poder que operaba a través de distancias considerables, estas interacciones no parecen ser compatibles con el modelo de pequeñas entidades políticas autónomas cuyo principal interés era mantener sus fronteras y capturar prisioneros para el sacrificio. La dimensión de estas interacciones es mucho mayor que los pequeños territorios de las minúsculos Ciudades-Estado y tiene un alcance mucho mayor que lo que la postura aislamiento atribuye.

 

Además, el tamaño de la población y su intensificación agrícola deben ser considerados en las reconstrucciones de las entidades políticas Mayas. Se han acumulado rápidamente datos acerca de la densidad de la población Maya en una variedad de sitios en las Tierras Bajas Centrales, estos datos presentan un cuadro sorprendentemente consistente del Clásico Tardío, donde la población alcanza una densidad máxima de 500-800 personas/km² en las zonas rurales. En general, esto sugeriría un promedio de densidad aproximado de 200 personas/km² (Rice y Culbert 1990), aun si permitimos la existencia de grandes sectores deshabitados en los bajos.

 

Estas estimaciones son de una magnitud sorprendente solo comparables, en el mundo pre-industrial, con aquellas de Java y con las partes más pobladas de China. Para expresar esto en términos de entidades políticas, las estimaciones poblacionales sugieren que dentro de un radio de 10 km de Tikal habitaban casi 93,000 gentes en el auge de población durante el Clásico Tardío. Para una zona política de un radio de 25 km a partir de Tikal, una zona que incluiría Uaxactun y los sitios ubicados alrededor del lago Petén Itza, la estimación poblacional llegaría a los 425,000 habitantes (Culbert et al 1990). Y hay que considerar que Tikal no era un sitio excepcional; en los casos que tenemos datos disponibles éstos indican que otros grandes sitios tendrían niveles comparables de población, aun si uno mantiene las pequeñas zonas políticas que sugiere el extremista modelo de ciudades‑estados.

 

Para sostener esta enorme población, los mayas adoptaron una variedad de prácticas para la subsistencia que eran capaces de alimentar mucho más gente que las antiguas prácticas de tumba y roza que necesitaba largos períodos de barbecho. Aunque existen vigorosos debates acerca de que tan extendidos estaban algunos de los métodos de producción intensiva (por ejemplo, la agricultura de zonas húmedas. Turner 1991), una considerable mayoría de los mayistas estaría de acuerdo en que los mayas debieron estar bajo una considerable presión para manejar adecuadamente las tierras y la producción de alimentos al momento de que su población llegó al máximo.

 

Si uno reconstruye, entonces, la situación del Clásico Tardío maya, las tierras baja del sur consistían en centros cuyas poblaciones alcanzaban los cientos de miles y cuyos sistemas de subsistencia estaban bajo una presión considerable. Estos centros parecen haber formado alianzas políticas y uno puede sospechar que también militares, a lo largo de distancias que se extendían por más de 1000 km. Me parece difícil imaginar que tales entidades políticas no se embarcarían en guerras cuya meta principal era ganar control sobre las tierras y sus recursos naturales. De hecho, si la meta principal de la guerra era capturar prisioneros para el sacrificio, como lo sugieren Schele y Mathews (1991: 245), los mayas serían un caso sin paralelo en la literatura histórica y antropológica en lo que se refiere a entidades políticas de tal complejidad y tamaño.

 

No contamos aquí, obviamente, con el tiempo suficiente para hacer una revisión de la literatura histórica de otras grandes civilizaciones tempranas, pero parece claro, aun sin tal revisión, que la tierra y sus recursos fueron frecuentemente la razón para las aventuras militares aún en casos tales como los de las ciudades-estado en Mesopotamia, donde las poblaciones de las entidades políticas eran substancialmente menores que aquellas que ocupaban las tierras bajas en el período clásico Maya.

 

Además, en áreas que surgen una escasez de tierras, donde la población amenaza con desbordar la capacidad de producción de las entidades políticas individuales, el ganar recursos adicionales a través de la conquista es un mecanismo que se ha reportado a menudo en la literatura histórica y antropológica, de aquí que una lista de tales ejemplos no es precisamente necesaria. Podemos preguntar, ¿Qué tan probable es que los mayas, en tiempos que sufrían una presión considerable, serían capaces de evitar un mecanismo tan utilizado como la guerra?

 

Aun mas, los tan citados ejemplos de las “guerras floridas” de los Aztecas pueden ser interpretados, a la luz de recientes contribuciones, no como ejemplo en el cual la captura de prisioneros era el objetivo primordial de la guerra, sino como un contra ejemplo en el cual las vestimentas ceremoniales habían sido superpuestas alrededor de objetivos que tenían un carácter meramente político. Aún si uno acepta las declaraciones del propósito de las guerras floridas, se debe admitir que éstas tenían un lugar secundario para los ejércitos Aztecas, cuya función principal era expandir el territorio conquistado y la zona tributaria. Más recientemente, sin embargo, se ha sugerido que las guerras floridas eran simplemente una estrategia militar para explorar las posibilidades de una eventual conquista, mientras que Isaac (1983), basado en una cuidadosa revisión de la literatura, clasifica la descripción Tenochca de sus guerras como un aparato propagandístico que servía para cubrir el fracaso cuando una acción de conquista no podía lograr su objetivo después de repetidos intentos.

 

Considero que es fácil caer en errores al interpretar el arte y las inscripciones mayas muy literalmente. Tanto el arte como la escritura fueron actividades altamente ritualizadas y propagandísticas. El gobernante Maya era una personificación de la identidad política. Es escasamente sorprendente que el gobernante sea mostrado como un líder que guía a sus tropas en la batalla y que es él quien aparece representado como que personalmente derrota a los enemigos y los toma cautivos. Los gobernantes han sido así mostrados a través de la historia, los casos son tan numerosos que sería difícil mencionarlos, pero, el alcanzar la conclusión de que los gobernantes mayas se enfrascaban en “un combate agresivo mano a mano”, como lo han sugerido recientemente Schele y Freidel (1990: 143), nos dice que ellos han creído demasiado literalmente lo que se representa en el arte y las inscripciones.

 

También es obviamente cierto que la guerra estaba, a través de las ceremonias, muy ligada a los rituales y a la legitimación de la autoridad. El sacrificio público de los cautivos (como realmente se llevaba a cabo) tenía dos resultados: Mantenía contentos a los dioses y mandaba un claro mensaje tanto a los amigos como a los adversarios. Esta era la forma en que los mayas expresaban sus acciones. Pero podemos preguntar, ¿significa esto que los contenidos rituales eran el motivo principal de las actividades militares? Yo considero que de ninguna manera es este el caso.

 

El hecho, creo yo que las interacciones a larga distancia son cruciales para entender la historia política de los mayas, al menos durante el Clásico Tardío y probablemente aún en épocas mas tempranas y aunado al hecho que yo continúo utilizando el término “estados‑regionales” sin ningún titubeo nos sugiere que me mantengo como un expansionista sin modificaciones.

 

No estoy sugiriendo, sin embargo, que la historia política maya fue una historia de capitales regionales monolíticas que permanecieron estables y cuyas dinastías se sucedieron uniformemente por largos períodos de tiempo. Más bien, quiero sugerir que la expansión regional fue un ideal de los Mayas del Clásico Tardío ‑un ideal que a menudo fue algo más bien inalcanzable que algo logrado en la realidad y un ideal que, aún cuando se logró ocasionalmente, fue de hecho algo efímero. La mayoría de los sitios mayas permanecieron como unidades básicas que se sostuvieron y que continuaron cuando las unidades políticas mayores se fragmentaron. Por ejemplo, Tikal, Copan y Ihaz hilan permanecieron como centros principales. Sus fortunas políticas subieron y cayeron; cuyas líneas dinásticas fueron ocasionalmente reemplazadas por otras.

 

Sus gobernantes soñaban con la gloria, el éxito y las conquistas. Ocasionalmente, cuando las circunstancias fueron favorables y cuando algún gobernante excepcionalmente hábil estaba en poder, los sueños de conquistas fructificaron por un rato, como es el caso del estado de Dos Pilas o el caso de la expansión de Caracol. Pero estos grandes dominios eran intrínsecamente inestables y el faccionalismo, las rebeliones y aún la incapacidad para administrar estas grandes entidades políticas resultó en la desintegración de tales configuraciones políticas regionales. Norman Hammond ha descrito la realidad política de los Mayas en las tierras bajas como un mosaico, este es un término que encuentro particularmente útil. Nos trae a la mente una imagen de una variedad de entidades políticas de diferente escala, en una variedad de relaciones que incluían desde la alianza hasta el antagonismo. De esta manera el mosaico, como un caleidoscopio, cambiaba continuamente. Y, aunque las ciudades fueron las unidades políticas mas duraderas y aunque las configuraciones políticas mayores fueron efímeras, el escenario político era uno a nivel regional en el cual la posición de las ciudades individuales era determinada principalmente por la forma en que éstas se ajustaban, en un momento dado, al caos político en que se encontraban las tierras bajas Mayas.

 

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