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Iglesias, María Josefa
1993 Reflexiones en torno a ciertos enterramientos en Tikal. En III Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 1989 (editado por J.P. Laporte, H. Escobedo y S. Villagrán), pp.152-164. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala.

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REFLEXIONES EN TORNO A CIERTOS ENTERRAMIENTOS EN TIKAL

María Josefa Iglesias

Dentro de las vivencias cotidianas de todo ser humano existe una que pasa por ser la más controvertida a la hora de asumirla: la muerte. Una buena parte de las realizaciones de una cultura están directa o indirectamente relacionadas con ella y las respuestas o rasgos funerarios son enormemente diversos. Lo cierto es que, como dice Thomas (1983:9), “… reparamos en los mitos, las creencias, las fantasías, la actividad creadora de los hombres de ayer y de hoy, comprobamos el papel privilegiado que desempeñó siempre la muerte…”

En la actualidad está claro que, en ciertos sectores, existe un enorme desprecio del hombre por el hombre en determinadas circunstancias y a muchos niveles, lo que hace que los conceptos sobre la muerte, al igual que sobre otros aspectos de la cultura, tiendan a distorsionarse.

Los procesos de cambio cultural no violento que en otras épocas se daban, eran ayudados en gran medida por la existencia de un tiempo determinado de absorción que concluía en una cristalización de esos cambios y su inclusión, al menos aparente, dentro de la propia cultura. Hoy en día, la cultura occidental ha entrado en una vorágine tal de cambio que el individuo y las comunidades se sienten desbordados e incapaces de asumir las transformaciones a la velocidad de vértigo que se le impone. No hay que olvidar que la introducción de alteraciones en cualquier sociedad trae consigo un efecto de reacción en cadena en la que otros rasgos culturales se ven implicados y esto lleva a la necesidad de un ajuste en sus valores para poder readaptar la cultura.

Puede parecer que esta introducción tiene poco que ver con este tema, pero a través de ella quiero dejar planteado un problema que atañe a todos los arqueólogos a la hora de efectuar las interpretaciones sobre los restos que se hallan en el campo; y es que la distancia cultural que separa es cada vez mayor y se carece de un cuerpo teórico que permita aproximarse con unas ciertas garantías a los procesos de cambio que se han producido en la cultura Maya a través del tiempo. Ciertamente se tiene el privilegio de contar con rasgos de esa cultura aún vivos pero, no hay que engañarse, tratar de extrapolar determinados datos actuales o incluso del momento de la conquista a etapas en que la cultura Maya estaba en fase de desarrollo, es como pretender ver afinidades entre los españoles actuales y los que existieron antes de la llegada de los árabes en el siglo VIII.

Hasta el momento el sistema funerario ha recibido un tratamiento muy convencional dentro de los proyectos arqueológicos y apenas ha servido para algo más que ser descrito, o en última instancia, para proporcionar datos sobre la supuesta pertenencia del individuo o individuos inhumados a un status determinado, reflejo de la complejidad de la sociedad a que pertenecía (Rathje 1970). Esto viene a ser más o menos evidente, pero pienso que es insuficiente.

Un repaso al concepto actual sobre la muerte y la complejidad de los contextos que implica, permite vislumbrar que el avance de los conocimientos va ligado al de otros rasgos de la cultura, algunos de los cuales se escapan al control arqueológico (ideas, valores, etc). Así de complicado se presenta el panorama.

Existe en Tikal, como en otros lugares del área Maya, a lo largo de sus siglos de historia una gama muy variada de sistemas de enterramiento. La diversidad es grande tanto en cuanto a localización como a forma de inhumación, posición, ajuar, etc; y por ello ha habido intentos de globalizar el sistema funerario, basándose en una recopilación de todos los datos arqueológicos existentes hasta el momento de las publicaciones de Ruz (1968) y de Welsh (1988). El intento de Ruz fue más general, ya que sus referencias están hechas basándose en evidencias existentes en toda el área Maya, mientras que Welsh se limita a las Tierras Bajas, aunque va más allá que Ruz a la hora de plantear determinados problemas; pero hay que tener en cuenta que a ambas publicaciones las separan 20 años.

Naturalmente que el tema ha sido tratado en muchísimas ocasiones más, pero solo se refiere a un reciente escrito de Marshall Becker (1989) en el que trata de abordar el problema desde un punto de vista diferente, al proporcionar una serie de ideas de interés, sobre todo de cara a explicar determinado tipo de ofrendas que no encajan en la estrecha definición de enterramiento.

A la vista de la gran variedad en las costumbres de inhumación, la explicación que prima es la de remitir todo a las diferencias de status que existían dentro de una sociedad tan jerarquizada como la Maya. Creo que esto, al ser la base de la explicación, justificaría solamente una parte del contexto; por ejemplo, localización, ajuar, diferencia en formas, pero no necesariamente la variedad, la falta de uniformidad.

Como sucede con otras muchas características culturales, el factor topográfico-ecológico ha debido tener una cierta importancia al menos en regiones con diferencias muy evidentes. Pero no debe ser así en zonas que comparten geología, clima, etc.

A pesar de que generalmente la muestra que se maneja en las investigaciones sobre sistemas funerarios, al menos en lo referente a las Tierras Bajas Mayas, está sesgada, parece más o menos evidente que la mayor parte de las formas funerarias se reparten por toda el área, sin que apenas pueda afirmarse que existan determinadas costumbres con limitaciones de carácter regional (Welsh 1988:232).

De forma habitual son las inhumaciones sencillas las que aparecen en mayor número y con una cierta continuidad temporal, e incluso ciertas variantes se repiten asiduamente en un mismo momento y lugar, como fue el caso de 20 entierros del Clásico Tardío (fase Imix) con las mismas características asociados a una misma estructura ubicada al este de un patio (Torres 1984), pero en este momento interesa más la existencia de enterramientos especiales por lo que entrañan de pauta original dentro de esta cultura.

De ahí que se trate de analizar dos enterramientos de Tikal que, aunque relativamente próximos en el espacio, en la forma y quizá en el contexto arquitectónico, se distancian en lo que se refiere a su relación temporal. La muestra presentada consiste en el Entierro 128 del Tikal Project y el Entierro 177 del Proyecto Nacional Tikal.

Ambos entierros fueron localizados en grupos situados en el cuadrante Corriental del mapa de Tikal elaborado por Carr y Hazard (1961), el 128 en el conjunto 6E-I y el 177 en 6D-V. Separados por el grupo palaciego 6D-XI, se encuentran colocados en línea a una distancia aproximada de 325 m (Figura 1). Esta coincidencia de localización posiblemente sea anecdótica, dada la distancia temporal entre ambos, pero a simple vista resulta curioso que se encuentren tan en línea.

A continuación se elabora una breve descripción formal de ambos enterramientos con el fin de conocerlos mejor.

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Figura 1 Vista general del centro de Tikal, con especial atención a los grupos referidos (tomado de Carr y Hazard 1961)

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Figura 2 Localización en detalle de los Grupos 6D-V y 6E-I, Tikal

ENTIERRO PNT-177

Ubicación: Chultun bajo la Estructura 6D-104 del grupo habitacional 6D-V (Figura 2).

Contexto: El enterramiento está colocado dentro de un chultun de 1.30 m de altura y 1.10 m de anchura máxima, tapiado en su cara este (Figuras 3 y 4). A su vez, está señalizado por una tosca construcción cuadrangular con cuatro niveles de piedras que, un poco pomposamente, se ha denominado como altar; ésta promedia 1.30 m diámetro y 0.94 m de altura máxima (Figura 5). Todo ello fue cubierto por dos pisos contiguos pertenecientes a la parte superior de la plataforma 6D-104. La profundidad total desde la superficie al lugar de asentamiento de la inhumación fue de 2.90 m. El chultun no fue rellenado y solo se advertía sobre los restos óseos y el ajuar una ligera capa de polvo calizo procedente de pequeños desprendimientos de la parte superior del chultun.

Tipo: Inhumación primaria, indirecta e individual, cuyo continente artificial es una urna de gran tamaño (0.70 m de altura), con boca ancha de borde reforzado y un diámetro máximo de 0.68 m, paredes rectas y base cónico truncada. La posición es claramente sedente con orientación oeste-este y cráneo que ve hacia el este (Figuras 6 y 7).

Restos: A falta de un estudio más detallado, se puede decir que se está frente a un individuo masculino adulto, del que aparentemente se conservan todos los huesos, aunque muchos de ellos aparecen fracturados, incluido el cráneo. Uno de los dientes presenta una mutilación dentaria del tipo B-5 (Romero 1986) y otro una incrustación circular, posiblemente de pirita, lo que junto a otras características parece apoyar un cierto status del personaje inhumado.

Ofrenda: En torno a la vasija contenedora se colocaron otras siete piezas cerámicas y en el interior, presumiblemente sirviendo de collar al muerto, se encontraron tres cuentas de jade y dos conchas:

1. Plato de base anular, pestaña basal, paredes recto divergentes y borde biselado hacia afuera (diámetro máximo 0.35 m). El interior está engobado totalmente en rojo y lleva un diseño rectangular esgrafiado. El borde es negro y el exterior presenta diseños en negro y rojo sobre fondo natural. Tipo cerámico: Caldero Ante Policromo (PNTA-385).

2. Plato trípode al que le faltan los soportes, base cóncava, pestaña basal, paredes recto divergentes y borde redondeado. El estado de conservación de la pieza es deficiente y solo se conservan algunos restos de engobe naranja en el interior y exterior de la pieza. Tipo cerámico: Águila Naranja (PNTA-386).

3. Cuenco trípode con soportes ovoides huecos de 3.4 cm de alto, base plana, paredes convergentes (9.5 cm de altura) y borde redondeado (25 cm de diámetro). Engobe naranja en el interior y exterior de la pieza. Tipo cerámico: Águila Naranja (PNTA-388).

4. Cuenco de base anular, paredes curvo convergentes (7.5 cm de altura) y borde redondeado (29 cm de diámetro máximo). Engobado en color naranja en interior y exterior. Tipo cerámico: Águila Naranja (PNTA-389).

5. Cuenco de base plana con un rehundimiento en la parte central, paredes curvo convergentes (9 cm de altura) y borde redondeado (diámetro de 20.5 cm). La pieza presenta una decoración exterior de línea incisa que recorre el contorno a 1.5 cm del borde, hay asimismo tres rehundimientos circulares de 4.4 cm que alternan con diseños incisos de forma trapezoidal. Está parcialmente engobado en color negro. Tipo cerámico: Lucha Inciso (PNTA-390).

6. Cilindro trípode con soportes rectangulares, losa o almena sólidos de 2.9 cm de altura, base plana, ángulo basal, paredes rectas (11.9 cm de altura) y borde redondeado (12.4 cm de diámetro máximo). Engobe naranja en interior y exterior con zonas oscurecidas que llegan al color negro. Tipo cerámico: Águila Naranja (PNTA-387).

7. Cilindro trípode con soportes rectangulares, losa o almena huecos de 3.9 cm de altura que presentan dos ranuras verticales en su frente, base ligeramente convexa, paredes rectas y suavemente divergentes en su parte superior (altura 15.8 cm) y borde redondeado (14 cm de diámetro máximo). La pieza está lo suficientemente erosionada como para hacernos dudar de si el engobe que la cubrió fue negro o naranja. Tipo cerámico: Balanza Negro o Águila Naranja (PNTA-391).

8. Tres cuentas de jade, dos de ellas de forma sub-esférica y una de rueda, todas ellas con perforación bicónica.

9. Pareja de valvas del género Spondylus, con perforación en su parte superior.

Cronología: La presencia de cilindros trípodes de la ofrenda hace que se le inscriba en el Clásico Temprano y más específicamente en la fase Manik 3-A.

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Figura 3 Perfil este-oeste que muestra la situación del Entierro PNT-177

ENTIERRO 128

La mayor parte de los datos sobre este enterramiento me han sido amablemente proporcionados por William Haviland (comunicación personal 1989).

Ubicación: Grupo 6E-I, en el relleno de la Estructura 6E-Sub 1 (Figuras 1 y 2).

Contexto: La inhumación está incluida en una especie de cista parcial con cinco lajas de piedra que forman dos de ellas pared en el lado oeste, apoyadas contra el enterramiento y las otras tres en horizontal, supongo que de tapa protectora (Figura 8). Promedia 1.40 m diámetro. Fue rellenado de tierra de manera intencional.

Tipo: Los restos están colocados en una urna (de la que se desconocen las medidas), que fue cubierta por una gran tapadera. Se trata de un enterramiento secundario o, como más específicamente le llama Haviland, en dos etapas, ya que están todos los huesos presentes (aunque completamente revueltos), cosa que, según Haviland, no suele suceder en las inhumaciones puramente secundarias, en las que se pierde una parte por diferentes causas.

Restos: Los restos pertenecen a una mujer adulta de mediana edad, de baja estatura y que presenta un axis (segunda vértebra cervical) más robusto que lo habitual en comparación con las pertenecientes a los restos de otras mujeres conocidas en Tikal. La preservación es francamente deficiente y, a pesar de que se han hallado todos los huesos, algunos de ellos se desintegraron antes de que pudieran ser consolidados. Se ha detectado un cierto grado de deformación craneana pseudo-circular.

Ofrenda: En la parte exterior de la urna hay un total de seis vasijas cerámicas con sus bocas colocadas en torno a ella. En el interior de la urna se hallaron los siguientes adornos: una orejera y 165 cuentas de piedra verde, 399 cuentas de concha completas y 15 fragmentadas, cuatro broches de hueso perforados para afianzar o separar hiladas de cuentas y tres valvas de almeja perforadas. Además se encontró un nódulo de pedernal, un hueso de ave sin trabajar, posibles espinas de manta raya, cinabrio distribuido por toda la urna y restos de estuco pintado.

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Figura 4 Entierro PNT-177, perfil que muestra el altar (1) y la pared que tapió el chultun (2)

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Figura 5 Planta del altar situado sobre el chultun

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Figura 6 Planta del Entierro PNT-177

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Figura 7 Perfil del Entierro PNT-177

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Figura 8 Planta del Entierro 128 del Tikal Project (W. Haviland, comunicación personal)

DISCUSIÓN

Las noticias que se tiene de los enterramientos en urnas en el área Maya indican que, en la Tierras Bajas, de un total de 33 analizados (Welsh 1988:64-66) al menos 23, casi un 70%, corresponden a infantes o niños, lo que hace que la presencia de los adultos sea aún más atípica. Así mismo, en algunos casos puede observarse de manera clara que ciertos enterramientos en urna pertenecen o bien a gentes sacrificadas en honor a otros inhumados importantes a los que acompañan, o bien son ofrendas de tipo dedicatorio. Este no es el caso, ya que se trata de inhumaciones individuales y valiosas aparentemente por sí mismas, no en función de otros personajes o circunstancias.

A pesar de que evidentemente la muestra no es fiable en sentido estadístico, alcanza los mayores niveles en Dzibilchaltun con doce casos, le siguen Altun Ha y Tikal con seis, Uaxactun con cinco y San José, Barton Ramie, Piedras Negras y Altar de Sacrificios con uno.

No existe una uniformidad temporal, en algunos lugares empiezan a darse en tiempos Preclásicos (Barton Ramie, Tikal (n= 6), Uaxactun (n= 2) y Dzibilchaltun (n= 3), otros en Clásico Temprano (San José, Altun Ha (n= 2), Uaxactun (n= 3), Piedras Negras y Altar de Sacrificios, e incluso en el Clásico Tardío (Altun Ha (n= 4) y Dzibilchaltun (n= 9).

Ciertamente también la palabra urna puede llevar a confusión, ya que se denomina como tal a cualquier vasija cerámica que haya sido usada para contener un enterramiento. En realidad se cree que grandes urnas como la descrita deben reducirse en las Tierras Bajas quizá a tres (San José y Tikal), ya que la mayoría, al ser de menores de edad, precisa un elemento contenedor relativamente pequeño y en otros casos de adultos, que al ser secundarios, tienen cabida en cuencos, jarras, etc. Las muestras más parecidas a la gran vasija del Entierro PNT-177 se han detectado en la Costa del Pacífico de Guatemala y pertenecen al Clásico Tardío (Shook 1949:11-12; 1965, Figura 3f; Thompson 1948:45; Parsons 1967:122-124), y la distancia tanto espacial como temporal es considerable.

También se debe apuntar la existencia de grandes contenedores cerámicos, parecidos al que se ha presentado, utilizados con una finalidad ritual en cuevas de Petén y Belice, e incluso en centros beliceños (Thompson 1931).

Como se puede ver, los muertos se muestran cada vez más distantes con respecto a las costumbres funerarias imperantes tanto en su hábitat como en su zona de influencia o al menos circundante.

Es de esperar que en una ciudad de gran tamaño como fue Tikal y abierta por relaciones comerciales desde épocas tempranas a otras áreas culturales, se pueda producir un intercambio de rasgos, aun en pequeño grado, que refleje costumbres ajenas a lo que se tiene por cultura Maya. También es cierto que las variaciones son mayores entre las gentes pertenecientes a status elevados de la sociedad, es un hecho bastante generalizado que las clases bajas admiten con mucha mayor lentitud los cambios y éstos deben venir refrendados por sus inmediatos superiores, que los habrán asimilado con mayor rapidez.

Dentro de la dinámica de una sociedad en desarrollo progresivo como la Maya, se debe también preguntarnos dónde tienen cabida los rasgos extraordinarios, en este caso funerarios. Ya se ha visto que en ciertos momentos o en ciertos lugares la uniformidad de las costumbres es un hecho (Barton Ramie, Tikal en el Clásico Tardío, etc) y convendría tener en cuenta qué mecanismos permiten que esto tenga lugar. Quizá la existencia de una religión muy diversificada en cuanto a las creencias de una vida en el más allá, haga que el modo de inhumación también pueda salirse de unas pautas demasiado prefijadas, una especie de liberalización de las costumbres que en un momento determinado quedan en manos de linajes o incluso de simples individuos.

La uniformidad puede, teóricamente, ser menos complicada de analizar, ya que quizá sería achacable a una sociedad inmersa en un mayor control de tipo político y religioso, como puede ser la del Clásico Tardío en Tikal o el Postclásico del Altiplano Guatemalteco (Mixco Viejo), en donde solo se dan tres variantes: jarras para los niños, enterramientos sedentes en pozos excavados en el talpetate para las gentes del pueblo y la cremación en jarras para la nobleza.

En cualquier caso, hoy por hoy no hay respuesta para el porqué un individuo de cierto status es introducido en un gran recipiente para que le acompañe a la otra vida. ¿Querían proporcionarle una mayor protección? ¿Tendría algo que ver con lo que fue su vida o su muerte? Se admite todo tipo de reflexión o aportación al respecto.

De lo que no cabe duda es que en ciertos momentos el tratar de realizar una arqueología personalizada como ésta, hace que se sienta algo que se escapa por momentos en la era de las computadoras: la necesidad de humanización de una ciencia que, como la arqueología, tiene su base principal en algo tan tópico y tan excepcional como es el hombre.

AGRADECIMIENTOS

La asistencia a este Simposio fue posible gracias a la financiación de la Agencia Española de Cooperación Internacional, dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores.

REFERENCIAS

Carr, Robert F. y James E. Hazard
1961 Map of the Ruins of Tikal, Peten, Guatemala. Museum Monographs Tikal Reports, No.11, University Museum, University of Pennsylvania, Philadelphia.

Becker, Marshall J.
1989 Caches as Burials; Burials as Caches: The Meaning of Ritual Deposits Among the Classic Period Lowland Maya. En Recent Studies in Pre-Columbian Archaeology (editado por N. Saunders y O. de Montmollin):117-142. BAR International Series 421. Oxford.

Parsons, Lee A.
1967 Bilbao, Guatemala: An Archaeological Study of the Pacific Coast Cotzumalguapa Region. Vol. 1.
Publications in Anthropology No.11. Milwaukee Public Museum, Milwaukee.

Rathje, William L.
1970 Socio-Political Implications of Lowland Maya Burials: Methodology and Tentative Hypotheses.
World Archaeology 1 (3):359-374.

Romero Molina, Javier
1986 Catálogo de la colección de dientes mutilados prehispánicos, IV Parte. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

Ruz Lhuillier, Alberto
1968 Costumbres funerarias de los antiguos Mayas. Universidad Nacional Autónoma de México, México.

Shook, Edwin M.
1949 Historia arqueológica del Puerto de San José, Guatemala. Antropología e Historia de Guatemala 1 (2):3-22.

1965 Archaeological Survey of the Pacific Coast of Guatemala. Handbook of Middle American Indians, Vol.2, Part 1. University of Texas Press, Austin.

Thomas, Louis-Vicent
1983 Antropología de la Muerte. Fondo de Cultura Económica, México.

Thompson, J. Eric S.
1931 Archaeological Investigations in the Southern Cayo District, British Honduras. Field Museum of Natural History, Anthropological Series, 17 (2). Chicago.

1948 An Archaeological Reconnaissance in the Cotzumalhuapa Region, Escuintla, Guatemala. Contributions to American Anthropology and History 9 (44):1-94. Carnegie Institution of Washington, Pub. 574. Washington, D.C.

Torres, Carlos Rolando
1984 Excavación de cinco grupos habitacionales al suroeste de Mundo Perdido. Tesis de Licenciatura, Área de Arqueología, Escuela de Historia, Universidad de San Carlos, Guatemala.

Welsh, W.B.
1988 An Analysis of Classic Lowland Maya Burials. BAR International Series 409. Oxford.