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Iglesias, María Josefa

1991     Nuevas interpretaciones sobre antiguos datos: El Alto Samala. En II Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 1988 (editado por J.P. Laporte, S. Villagrán, H. Escobedo, D. de González y J. Valdés), pp.98-103. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala. 

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NUEVAS INTERPRETACIONES SOBRE ANTIGUOS DATOS:

EL ALTO SAMALA

María Josefa Iglesias

Con frecuencia el arqueólogo se encuentra con que, debido a problemas diversos, sus investigaciones presentan unas limitaciones que debe tratar de solventar acudiendo a determinados modelos teóricos aun a sabiendas de que, aunque su aplicación es en buena medida tentativa, esta es una de las pocas formas de avanzar en el conocimiento de una zona.

En este caso, el área es la región de Quetzaltenango‑Totonicapán (el Alto Samala), y los problemas que limitan su estudio se derivan de la superpoblación de la zona y de la falta de estudios previos. Los trabajos de la Misión Hispano‑Guatemalteca a lo largo de solo tres temporadas han aportado una serie de datos básicos, pero a todas luces insuficientes, para llegar a tener un conocimiento integral de la arqueología de una zona tan importante y desconocida como es el Occidente de Guatemala.

En revisión de los datos que se obtuvieron ha llevado a la reconsideración del anterior proyecto, tratando de darle un enfoque más específico y centrándolo en la aplicación de un modelo teórico que lleve al conocimiento del tipo de asentamiento existente en el área a lo largo del periodo Formativo, así como de la integración política de las diferentes comunidades que lo componían; todo ello fundamentado en un minucioso estudio de la ecología de la región.

PERFIL ECOLÓGICO DEL ALTO SAMALA

El reconocimiento previo del área realizado entre los años 1977 y 1980 afectó a las Hojas Totonicapán y Quetzaltenango del mapa topográfico de Guatemala Escala 1:50.000, siendo sus límites geográficos: la ciudad de Quetzaltenango por el suroeste, los Llanos de Urbina por el este‑sureste, San Andrés Xecul por el oeste‑noroeste y San Miguel Totonicapán por el este‑noreste. Con posterioridad se ha reducido el área a unos límites que se muestran en la Figura 1, donde se han situado los lugares Formativos localizados en la exploración.

Un estudio ecológico del Valle de Totonicapán (Veblen 1975) sitúa estos sitios en una zona con un mosaico vegetativo diferenciado a causa de su altitud 2315 a 2420 m SNM. Sería la Zona II (2100‑2500 m). Los suelos encontrados en esta región se derivan de depósitos volcánicos terciarios y cuaternarios, con zonas de alto contenido orgánico. Los más abundantes en la región son los denominados Camancha y Quetzaltenango (Simmons, Tárano y Pinto 1958). Los primeros o Camancha ocupan la parte baja y media de las laderas que rodean la base de los valles principales, a unos 2350 m SNM. Los suelos Quetzaltenango se desarrollan sobre deposiciones cuaternarias de pumita, siendo muy fértiles y por ello intensivamente utilizados. La vegetación se centra en los bosques de pinos junto con ejemplares más limitados de encinos, abetos y cipreses. En el límite de los 2500 m se encuentran pajonales y praderas utilizadas para pastoreo.

Hidrográficamente es una zona con un alto grado de irrigación por el río Samala y diversos afluentes. En resumen, la zona posee en la actualidad un potencial ecológico muy alto, tanto en su utilización agrícola como de bosque.

 

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Figura 1  Los asentamientos arqueológicos del río Samala

Los datos de población en Totonicapán con que se cuenta para el siglo XVI, y más específicamente para 1520, son de 60,000 habitantes como mínimo y 150,000 máximo (Veblen 1975:302‑304) y con una cobertura forestal para dicho momento mucho mayor que la existente en la actualidad. Es evidente que la conquista española causó un enorme descenso en la población indígena a lo largo de todo el siglo XVI, y solo a partir del siglo XVI ésta empezó a recuperarse de una forma progresiva hasta la actualidad.

A pesar de la riqueza potencial de los suelos una progresiva insuficiencia de recursos de tierra empezó a darse ya en la época colonial, aun existiendo una población menor que en la etapa prehispánica. Una buena parte de los motivos que la van a provocar es el desequilibrio ecológico desencadenado por la introducción de ganado en el Nuevo Mundo, que por una parte hizo “disminuir la capacidad de la tierra para responder a las necesidades humanas” (Veblen 1982b:349), además de contribuir a una grave erosión del terreno.

Hoy en día el problema se ve agravado por la superpoblación, ya que el censo de 1973 reportaba unas 170,000 personas, un 13% más del máximo calculado a la llegada de los españoles, y todo ello en un marco de degradación ecológica importante.

Los trabajos de reconocimiento de la zona se centraron principalmente en el interior de los valles y las colinas circundantes, descartando en un primer momento la exploración de elementos orográficos de mayor importancia, infiriendo que las posibilidades de asentamientos formativos en tales lugares no parecería muy probable.

Dado que en una publicación anterior se describieron estos lugares de una forma más exhaustiva, parece procedente limitarse aquí a dar unos datos mínimos, pero suficientes para este tema.

L-1: CHOVICENTE

Consiste en dos cámaras funerarias, saqueadas, excavadas en el talpetate. Son de planta rectangular y techo abovedado. Restos cerámicos y líticos. Fechamiento: Formativo Tardío‑Protoclásico.

L-2: MONTE BELLO

Presenta un modelo de tumba similar a las anteriores. Fechamiento: Formativo Tardío‑Protoclásico.

L-3: TAX

Montículo de 2.75 m que se eleva aislado sobre la planicie de los Llanos de Urbina. Según informaciones es de carácter funerario‑ceremonial por los restos que de él se extrajeron. Fechamiento: Formativo Tardío.

L-4: CERRITOS

Montículo de unos 8 m de altura. Funcionalidad no determinada, aunque presumiblemente ceremonial. Fechamiento: Formativo Tardío‑Protoclásico.

L-6: CHECAJA-URBINA

Dos cámaras funerarias saqueadas, con las mismas características en cuanto a forma y situación que las ya definidas en L‑1 y L‑2. Fechamiento: Formativo Tardío‑ Protoclásico.

L-13: CHIQUILAJA

Pequeño montículo de altura inferior a los 2 m, situado en la cercanía del río Xequijel. Fechamiento: Formativo Tardío.

M-4: SAN CRISTÓBAL

Restos de dos grandes montículos en avanzado estado de desaparición. Se encuentran en un lugar estratégicamente situado como confluencia de los valles de San Francisco, Totonicapán y Quetzaltenango, el mayor de ellos presenta una secuencia que abarca desde el Formativo Tardío al Clásico Temprano y quizá el Tardío.

M-13: EL INSTITUTO

Lugar con tumbas de cámara similares a las anteriormente descritas. Fechamiento: Formativo Tardío‑Protoclásico.

M-14: LA CIÉNAGA

Pequeño sitio situado unos 200 m al sureste del anterior y a 20 m del río Samala. La única información que se tiene es la proporcionada por cerámica de superficie que data el yacimiento para el Formativo Tardío‑Protoclásico.

L-5: LAS VICTORIAS

Situado en la parte media de las laderas de un cerro próximo al río Curruchique, afluente del Samala. La información que se tiene es mucho mayor por haberse realizado excavaciones intensivas en las temporadas 1977 y 1978. Estas dieron como resultado el hallazgo de varias tumbas, algunas de ellas abovedadas y numerosos recintos circulares de forma abotellada con una funcionalidad aun no totalmente definida (Rivera 1978; Iglesias 1988).

Este breve resumen de los sitios explorados deja de manifiesto una serie de carencias entre la que destaca la ausencia de una “casa” siguiendo el modelo encontrado por Winter en Oaxaca para esta misma época. Esto puede deberse a factores de erosión que hayan hecho desaparecer los vestigios de la “casa” que debiera relacionarse con los pozos de almacenaje y los enterramientos, o bien que el recinto habitacional se encuentre situado en un lugar diferente.

La ausencia de un elemento tan importante no implica que no se puedan hacer inferencias basándonos en los modelos estudiados en otros lugares de Mesoamérica. Ya que se poseen los datos dados por los hallazgos de tipo funerario. La aparente centralización de varias sepulturas en una misma zona puede estar indicándonos una especie de “área funeraria cerrada”, que podría corresponderse con unidades habitacionales extendidas que englobarían a personas pertenecientes a un mismo grupo de parentesco. Esta zona puede haber servido de asentamiento en un primer momento y de ahí que existan pozos de almacenaje, para pasar con posterioridad a ser reutilizados para enterrar individuos con un pequeño ajuar funerario.

Es entonces cuando en el área comienzan a realizarse otro tipo de recintos ‑ unos pequeños para contener individuos sin apenas ofrenda, y otros amplios y poco profundos con mayor ajuar ‑ realizados ex‑profeso para contener la inhumación.

Aunque los enterramientos llevados a cabo en el sitio habitacional son una constante en la cultura Maya, también es cierto que las variaciones existentes son lo suficientemente grandes como para dar cabida a las conjeturas, que por otra parte se fundamentan en la existencia de una continuidad de “zonas específicas de enterramiento” en sitios cercanos, aunque para épocas posteriores. Tal es el caso del pequeño cementerio del asentamiento de Agua Tibia, que albergó los restos de personas supuestamente pertenecientes a un mismo grupo de parentesco asentado a una docena de metros del lugar de inhumación. El grupo habitacional se componía de una vivienda, un temascal y un horno de cerámica al aire libre. Está fechado para el Clásico Tardío.

Volviendo a Las Victorias, existiría un tercer momento en el que se construyen cámaras funerarias excavadas en el talpetate, lo que podría suponer un nuevo cambio en el entorno social de los grupos asentados en el Alto Samala, es ya el periodo Protoclásico. Se puede inferir, por medio de los ajuares que se poseen, la población agrícola del valle evoluciona a un sistema de mayor complejidad y así queda reflejado tanto en el avance técnico que supone la excavación de cámaras frente a los recintos superficiales, como en la variedad y riqueza de las ofrendas. Aunque estas no sufren cambios radicales en cuanto a calidad o técnicas de fabricación, si se constata la aparición de formas nuevas ‑ ciertas vasijas antropomorfas y zoomorfas, grandes platos tetrápodos de altas patas cilíndricos o mamiformes, etc. Rands y Smith lo definen como Complejo Salcaja‑Momostenango (1965:121).

Tomando en cuenta los trabajos de Sheets en El Salvador (1979a, b), quizá esa corriente inmigratoria procedente de la catástrofe del volcán Ilopango deja sentir sus efectos en los grupos de agricultores de estos fértiles valles, bien de forma directa por su estacionamiento o por la línea indirecta del intercambio comercial con asentamientos no muy lejanos.

Esta segunda posibilidad sería la más asequible, dando así explicación a una continuidad de relaciones en este momento con otros lugares del Altiplano tales como La Lagunita, donde el Protoclásico está excelentemente documentado por el ajuar encontrado en una gran cámara excavada en el talpetate. Si bien a Ichon y Arnauld (1985:183) le caben dudas de si lo encontrado en La Lagunita proviene de una intrusión directa de grupos salvadoreños o de buenas relaciones comerciales, con Kaminaljuyu de intermediario, tiene razón al decir que con los datos actuales es difícil decidirse por una o por otra opción, al menos en su caso.

A la vista de lo dicho no parece aventurado afirmar que el área del Alto Samala, por lo que se conoce en la actualidad, tuvo al menos en el Formativo Tardío y Protoclásico, un proceso de desarrollo progresivo y armónico como puede verse reflejado en las variaciones existentes en las costumbres funerarias.

Evidentemente el siguiente paso es el estudio de las formas de integración política que pudieron existir no sólo en la zona sino también en el ámbito regional (Ciudad s.f.) lo que aportaría una visión muy amplia de la vida del campesino Maya en tiempos tempranos.

REFERENCIAS

Ciudad Ruiz, Andrés

s.f.                 Asentamiento e integración política en el Alto Samala. En Espacio y Organización Social. Universidad Complutense, Madrid.

Ichon, Alain y Marie Charlotte Arnauld

1985               Le Protoclassique à La Lagunita, El Quiché, Guatemala. Centre National de la Recherche Scientifique, Institut D’Éthnologie, Editorial Piedra Santa, Guatemala.

Iglesias, María Josefa

1988               Las comunidades formativas del Alto Samala. Manuscrito.

Rands, Robert L. y Robert E. Smith

1965               Pottery of the Guatemalan Highlands. En Handbook of Middle American Indians, Vol.2: Archaeology of Southern Mesoamerica (editado por Gordon R. Willey), pp.95‑145. University of Texas Press, Austin.

Rivera, Miguel

1978               La primera temporada de excavaciones en Salcaja, Guatemala. Revista Española de Antropología Americana 8:111‑125. Madrid.

Sheets, Payson

1979a             Maya Recovery from Volcanic Disasters, Ilopango and Ceren. Archaeology 32 (3):32‑42.

1979b             Environmental and Cultural Effects of the Ilopango Eruption in Central America. En Volcanic Activity and Human Ecology (editado por P.D. Sheets y D.K. Grayson), pp.525‑564. Academic Press.

Simmons, C., J. Tárano y J. Pinto

1959               Clasificación y reconocimiento de los suelos de la República de Guatemala. Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala.

Veblen, Thomas

1975               The Ecological, Cultural and Historical Bases of Forest Peservation in Totonicapan, Guatemala. Tesis Doctoral, University of California, Berkeley.

1982a             Decline of the Native Population in Totonicapan, Guatemala. Mesoamérica 3:26‑66. CIRMA, Antigua Guatemala.

1982b             Forest Conservation in the Western Highlands of Guatemala. Mesoamérica 4:332‑355. CIRMA, Antigua Guatemala.